Sábado de cine

Viernes 9 de Febrero, 20:01, ciudad de Aurangabad (al noreste de Bombai).

Tras aceptar nuestro inevitable destino, quedar atrapados casi dos días sin posibilidad de tomar transporte alguno hasta nuestro siguiente destino, nos disponemos a acomodarnos sobre uno de los bancos de la estación de tren local.

Pese a que los indios no son famosos por su puntualidad ni por ser demasiado estrictos ante cualquier tipo de legislación, la red de ferrocarriles nacional tiene un sistema sumamente cuadriculado. Tan sólo es posible utilizar su conexión de red entre ordenadores de distintas estaciones de 08:00 a 20:00, por lo que no nos queda otra que esperar hasta mañana para comprar nuestros billetes.
De todas maneras, nos han asegurado que no es posible tomar ningún tren hasta el domingo, pero siempre es buena idea tener los tickets de antemano.

La noche, lejos de ser una situación poco habitual, se torna mucho más tranquila que de costumbre. El resto de madrugadas en las que tratamos de descansar en alguna estación de ferrocarril no pudimos evitar atestiguar alguna que otra pelea a puñetazo limpio entre locales.
En esta ocasión, salvo por el echo de tener que dormitar con un ojo en fase REM y el otro clavado sobre nuestras mochilas, todo estubo bastante tranquilo.

Con las primeras luces del alba, entre frío y legañas, nos levantamos vislumbrando una imagen cuanto menos interesante: dos indios duchándose en plenas vías. Bajo el chorro de una de las mangueras que normalmente se usan para darle un lavado de cara a los vagones, los dós jóvenes se refrescan sin apenas preocupación por la posible aparicíon de una locomotora.

Dos horas despúes, ya con los boletos en el bolsillo, las mochilas seguras en una consigna y el desayuno revolucionando en el éstomago, nos diponemos a disfrutar de nuestro día de estancamiento de la mejor manera posible.

Paseamos con un pañuelo sobre el rostro tratando de filtrar torpemente la gran cantidas de polución que expulsa la pequeña urbe. Con empaparnos de la cultura ya tenemos más que suficiente.
Aun así, los químicos penetran en nuestro aparato respiratorio hasta quebrarnos ligeramente la voz y llenarnos las fosas nasales de negras mucosidades.

La caminata se resume de forma tan sencilla como: “Hi!” -Hi. “Where you go?” -No, thank you. “Rig shot?” -No, thank you. “Which country?” -Spain. “Give me money” o “kana” (comida en hindi) -No, sorry. Solo basta con tomar varios de estos ingredientes y combinarlos a placer, sin importar orden o contexto, las veces que uno desee para prepar el “Coctel India” perfecto.

Una vez cansados de chupar humo, asfalto y conversaciones con finalidades ecónomicas, de movimientos monetarios en sentido externo, de lo más variadas, decidimos cambiar un poco de aires. Nunca mejor dicho.

El lugar elegido es un pequeño edificio cuya fachada no da demasiadas pistas del negocio que alberga, un cine. Con apenas dos salas y un pequeño espacio para una maquina de palomitas y una barra de bar, el lugar da la impresión de ser algo de lo más humilde.
A pesar de todo, no puedo evitar sentirme como de vuelta al cine de al lado de mi casa, o al menos de vuelta a occidente.

Tras echar un rápido vistazo a la escueta cartelera, a penas tres películas, nos decantamos por ver la que llevamos vislumbrando semana tras semana anunciada en todos los carteles de publicidad del país, Padmaavat.

Parece ser que nuestra elección trata sobre la vida de una mujer, real o ficticia, cuya vida en la actual Afganistán es descrita en varios poemas del siglo VIII. No suena mal, al menos no parece ser típico drama amoroso propio del cine bollywoodiense.

Una vez en la sala, sentados en nuestros asientos, las luces se apagan y da comienzo la clásica retaila de anuncios varios ya clásico de cualquier cine de alrededor del globo.
Sin embargo, pasados varios de ellos, algo raro pasa. La pantalla, y por lo tanto la sala al completo, se tiñen de un negro absoluto.Y el silencio se hace dueño del momento.

De pronto, la sala vuelve a iluminarse de un azul cielo que se ve quebrado por el salpicado de nubes proyectadas sobre la gran tela. Varios segundos después, tras una lenta transición, una bandera rayada horizontalmente hace acto de presencia.

Todo el público se levanta de sus asientos firmemente, con la barbilla alta y los brazos rígidos, adheridos a los laterales de su tronco. Y entonces, el himno nacional comienza a escucharse.

Ante la inesperada situación y su extrañeza, la cual hemos seguido al dedillo por consejo de uno de los locales cercano a nuestros asientos, una sonrisa de incredulidad comienza a dibujarse en nuestro rostro.

Nos encontramos tiesos como estacas, igual que ellos, mirando a la ondeante bandera, sin tener muy claro qué está ocurriendo. Cuando uno de los dos, opta por crucarse de brazos mientras espera a que todo pase.
La reprimenda no tarda en llegar. El mismo hombre que nos instó a levantarnos con él vuelve a recomendarnos la postura estándar que todos siguen. Una imagen peculiar cuanto menos.

Tras unos largos treinta segudos, el evento llega a su fín y los títulos de crédito comienzan a aparecer en pantalla. Parece que la película va a dar comienzo.

Puede que para nosotros no sea algo demasiado común, pero a nosotros nos extraña demasiado ver tanto nombre desde un principio, si por algo se caracterizan los indios no es precisamente por su paciencia.

Sin entrar demasiado en detalles, la trama se desenvuelve o principalmente en torno a dos hombres, uno persa y otro hindù y una mujer, tambien india. Ambos individuos terminan por convertirse en grandes líderes que no tardan demasiado en hacerse enemigos, echo que podemos ver en la mayor lucha de “quién la tiene más grande” jamás presenciada a lo largo de mi vida.

El ambiente de la salta en torno a cada mofa lanzada de personaje a personaje era más propio de una pelea de gallos (a ritmo de rap) que al de una sala de cine. Los gritos, carcajadas y silbidos, todos ellos masculinos, no paraban de repertirse cada varios minutos de metraje.

Es curioso que a pesar de la atmósfera generada, casi toda la ruidera era ocasionada por las vurlas proferidas por el “pícaro e irrespetuoso” persa hacia el “noble y educado” hindú, imágenes que la película vendía. A pesar de que nosotros hallamos conocido a ambos pueblos y encontremos las descripciones totalmente invertidas…

Pero de todas formas, el decantamiento por el coetãneo amigo de punto en la frente por parte de la sala era más que evidente, por mucho que disfrutasen de las múltiples picardías persas.

Cabe destacar también que, mientras la cultura hindú es mostrada a todo color a golpe de Holi, sus enemigos son presentados como bestias sin ritos ni tradiciones. Pero perdonamos aquel detalle debido al mensaje que acompañaba a los títulos de crédito: “Esta obra no intenta representar de forma filedigna echos o acontecimientos históricos…”.

Tras el clásico interludio del cine indio, una vez desarrollada y casi finalizada la historia, la película nos muestra a uno de los protagonistas vencido, y por lo tanto, uno de los reinos a merced del enemigo.

Nuestros ojos de increduilidad no podían ni pestañear mientras veiamos como el hombre que nos indicó que hacer en cada instante clave del “momento himno”, abandonaba la sala junto con su grupo de amigos debido a la derrota del personaje caido. Eso y el echo de que la película comenzaba a abrir paso a la acción de la mujer mencionada anteriormente, la cual no apareció en pantalla ni una cuarta parte de veces que los otros dos protagonistas.

Literalmente, se marcharon cuando la mujer comenzaba a cobrar más peso en la historia y la sangre que tenía que correr ya habīa sido derramada.

Con el habitual fundido negro propio del final de cinta, acompañado por una voz de narrador, las luces de la sala volvieron a encenderse de nuevo. A nadie parece importar que la película haya finalizado totalmente, una vez mostrada la última imagen de metraje ya no hay nada más a lo que prestar atención según el público.

Con el buén sabor de boca de haber presenciado un espectáculo único, tanto fuera como dentro de la pantalla, abandonamos las intalaciones en busca de un lugar en el que poder cenar.

Ya con el éstamago lleno y el hambre saciada, nos disponemos a volver a la estación.
Sin embargo, nuestro apetito aun está juguetón y nos hemos quedado con ganas de ver algo más.

Una vez informados de donde se encuentra el cine más cercano y revisada su cartelera, más escasa aun que la anterior, compramos entratadas para la siguiente película de la noche: Underworld, rise of the lycans.

En efecto, una película americana. Tenemos curiosidad por ver como tratan el cine extranjero aquí, por conoced la calidad del doblaje, si existe censura, lo que sea.

El aspecto de este segundo edificio es muy distinto al anterior. Pese al gran tamaño de su única sala de proyección, la construcción luce mucho más antigua y descuidada. Posee incluso un gran palco de butacas, donde nuestros asientos estan situados, pero las texturas desgastadas y deshechas de paredes, embellecedores y cubretelas son más que notorias.

Más las diferencias no sólo son superficiales, la primera de ellas aparece nada más apagarse las luces del lugar. En lugar de anuncios pertenecientes a otras oelículas próximas a estar en cartelera como es costumbre, el fundido de la iluminación se ve precedido, sin aviso previo, por la propia cinta en sí.

Parece ser que aquí solo se repara en promocionar el producto nacional.

El metraje, filmado en el año 2009, pronto deja ver su gran vagaje. La calidad de los colores es pésima, las líneas y destellos danzan a placer de aquí a allá y de vez en cuando el sonido se ve acompañado por algún que otro molesto zumbido. Casi parece que hemos entrado a un cine de los años 80.

Sin embargo, para mi sorpresa, el doblaje esta bastante a la altura. Salvo por el echo de que el hindí es un lenguaje extremadamente veloz y abundante en palabras por frase, las elecciones de tonos y timbres son muy edecuadas.

Durante la duración del metraje, no tardan en aparecer los primeros planos de desnudos y besos. Lo cierto es que se hacen extraños de ver y no aportan absolutamente nada a la trama. Me pregunto que pensaran al respecto los cuatro indios que nos aconpañan.

El aforo también es un factor a destacar, no es para nada comparable al lleno total del metraje que visionamos hace unas horas. Sin embargo, pese a casi haber equidad de extranjeros y locales en la sala (dos a cuatro), hay tradiciones que no cambian.
De pronto, sin volver a darse aviso ninguno, las luces se encienden y la cinta es cortada en mitad de una escena importante. Es el momento del interludio…

El desarrollo del film se produce tras la pausa sin ningún evento demasiado remarcable, hasta alcanzar el final del mismo. Nada más saltar los títulos de crédito las luces iluminan la sala y el zumbido del viejo proyector cesa.

Todos pa’ fuera, ya no hay nada más que ver.

Restos del camino

18 de enero de 2018, región de Kerala (India)

Hoy partimos desde Kochi en dirección sur, nuestro destino, la ciudad de Alappuzha. Con una nueva adicción a nuestro grupo, Lior, una joven israelí.

Tras alcanzar nuestro objetivo, mochilas al hombro, recorremos las calles de una extraña ciudad costera llena de canales fluviales y lagos. O eso damos por supuesto pues la vegetación es demasiado espesa como para confirmarlo. Los nenúfares tienen todo aquello que es húmedo tomado por completo.

Tras reconocer la zona física y satelitalmente, nos damos cuenta de que no va a ser tarea sencilla encontrar un lugar en el que acampar esta noche. Es el momento de poner en práctica una nueva arma.

Perdidos entre estrechas callejuelas, el sendero nos guía hasta unos campos de cultivo de lo más variados. Arrozales y patatales conviven con pocos metros de separación, tan sólo varias viviendas colocadas en fila los distancian.

Sin pensárnoslo dos veces nos adentramos entre las parcelas hasta llegar a la última de ellas. Allí, un hombre descamisado nos saluda acompañando el bailoteo de su mano con un rostro de expresividad neutra.

Tras el clásico Namasthé, nos dirigimos a aquel individuo en inglés. Sin dar rodeo alguno, le pedimos permiso para acampar en los alrededores de su domicilio. Como respuesta, un veloz cabeceo de lado a lado. Tenemos su aprobación.

Con la tranquilidad de saber que disponemos de un lugar en el que descansar, proseguimos a conocer su seguridad. El hombre nos menciona la existencia de serpientes y cobras por la zona, pero no le da demasiada importancia. Según él, la zona es segura.

Para aumentar nuestra tranquilidad y evitar problemas con sus vecinos, se dirige hacia la parte trasera de su hogar. Resulta que su edificación no es la última de la fila.

Tras seguirle, nos presenta a sus dos vecinos, quienes dan su visto bueno al improvisado plan. Volvemos a reparar en el tema de la fauna, pero vuelven a asegurarnos que no existe peligro alguno.

Tras una breve conversación, nos despedimos y abandonamos el lugar para explorar un poco la ciudad y buscar algo de comida. Volveremos más tarde para acampar.

Durante el paseo, visitamos varios templos en los que somos muy bien recibidos por los locales que los frecuentan. Además de ampliar nuestro bestiario personal: murciélagos del tamaño de águilas sobrevuelan nuestras cabezas mientras volvemos al campamento base. Incluso agitan las alas lentamente cual poderosas aves.

Una vez de vuelta en el recinto, nos dividimos como de costumbre, pero esta vez por parejas. Una se encargará de montar el campamento mientras la otra se marcha para buscar comida. Es decir, comprarla.

Cuando nos volvemos a encontrar, ambos grupos contrastamos historias. Sin lugar a dudas la más remarcable es la de la pareja que aguardó en aquel terreno.

Nuestros amigos nos cuentan cómo fueron visitados por varias personas residentes en los alrededores, todos ellos alertándoles por el tremendo peligro que correrían si permaneciesen allí toda la noche. Parece ser que la presencia de cobras no es ninguna leyenda.

Para colmo, la manera de dar ánimo de aquellas gentes no fue del todo aliviadora: “There are cobras, but don’t worry. Nothing happens today” (mientras nuestros compañeros son persignados por uno de los lugareños). “Jesuschrist is here”.

Pero ese hombre no iva a quedar como una anécdota más de un día cualquiera, no. Poco más tarde se convertiría en el protagonista de una de las noches más inquietantes del viaje.

Tras sus bendiciones, la pareja al cargo del campamento no podía parar de pensar en su inseguridad ante los reptantes reptiles, por lo que mencionaron algo sobre pedir asilo al hombre de la casa de enfrente, el descamisado.

A pesar de no entender español, aquel cristiano entendió perfectamente a qué se referían. Y no tardaría en dejar clara su opinión.

Con un drástico cambio en la expresión de su rostro, el devoto comenzó a dirigir su mirada en todas direcciones, como si buscara algo desesperadamente.

Una vez cerciorado de no haber encontrado aquello que ansiaba. Coge aire para acercarse lentamente a los incrédulos ojos de nuestros amigos y, entre susurros, lanzar el siguiente aviso:
“Nooo, no go with the black man. Nooo”.

Casi sin saber qué hacer, totalmente mudos, siguen prestando atención a aquel hombre. -Nooo, the black man nooo. Drug dealer, drug dealer – añadió el cristiano.

Después de estos comentarios, la conversación transcurre como si se tratase de cualquier otra charla con otro hindú cualquiera: nacionalidad, edad, estudios, estado civil…

Ante la situación de encontrarnos ya en plena noche, rodeados supuestamente de silenciosos y mortales reptiles, acampados junto a una especie de versión racista (cabe destacar que aquel devoto era tan oscuro como el descamisado en cuestión) del coco mafioso, por no hablar del cristiano paranoico, las dudas comienzan a aparecer.

No es demasiado seguro abandonar el lugar puesto que ya es demasiado tarde para desplazar el campamento. La alternativa sería buscar un hostal. Sin embargo, a estas horas de la noche somos presa fácil para las pirañas hosteleras además de que nos encontramos bastante alejados de la zona residencial.

Más las dubitación no se prolonga demasiado. El miedo de algunos se siente arropado por la excitación de otros que llevaban buscando una aventura así desde hacía semanas. Somos unos masocas, y parece que a la gente que nos sigue les va la marcha…

Varios minutos más tarde, nos encontramos llamando a la puerta del buen samaritano lleno de fé y puede que algún que otro prejuicio. La puerta se abre y somos recibidos por un sorprendido rostro que pronto dibuja una sonrisa en su cara.

Tras pedirle permiso para acampar en su azotea y darnos cuenta de que ésta es inexistente, el hombre se queda pensativo, sin saber muy bien qué hacer. De pronto, cual revelación divina, se ve poseido por una energía pasmosa. Me toma la mano, la acerca a su corazón y alza la cabeza.

– You are christian. I help you! – añade el hombre tras asociar nuestra nacionalidad a nuestra supuesta fé.

Tras lo cual, sale corriendo y vuelve con una rafia sobre la que colocar nuestra tienda. Va a dejarnos acampar frente a la puerta de su casa, un área totalmente segura.

Una vez establecidos, el devoto nos abre las puertas de su casa para mostrarnos orgulloso la capilla que tiene instalada en su hogar. Ocupa casi la mitad de la vivienda.

Ante la mirada de aquel hombre, no nos queda más remedio que desempolvar un movimiento que hacía décadas que no poníamos en práctica. En una actuación genial, miramos sorprendidos hasta el último rincón del lugar persignándonos de vez en cuando, una verdadera muestra de fé no demasiado verdadera.

Tras intercambiar varios “goodnight’s”, hablamos sobre lo ocurrido en el exterior, junto a la tienda y las mosquiteras bajo las que repartiremos parejas de nuevo. Mientras comentamos los mejores momentos del surrealista final de jornada, nos dedicamos a estirar, escribir o simplemente revisar nuestros teléfonos móviles.

Al darse cuenta de que seguimos despiertos, el hombre se asoma de nuevo desde la puerta, por si necesitamos algo. Tras darle las gracias y volverle a desear que tenga una buena noche, volvemos a nuestros quehaceres.

Poco tardaría el cristiano en volver a aparecer, esta vez desde la otra puerta de la casa. Repetida la misma historia, decimos ponernos a estirar todos juntos, costumbre que mantenemos y que extendemos entre nuestras amistades a lo largo del viaje.

El hombre vuelve a asomarse a los pocos minutos, de nuevo usando un acceso distinto al anterior. En esta ocasión una puerta trasera de la que no éramos conocedores.

Despedidos una vez más de aquel extraño individuo, decidimos abandonar toda actividad y simplemente acomodarnos en nuestros lugares de descanso. No queremos que piense que estamos llevando algún tipo de ritual pagano o cualquier acto supersticioso.

Incluso ya bajo mantas y sacos de dormir, volvemos a presenciar la aparición. El lugar escogido esta vez es una ventana.

Ya no podemos aguantarlo más. La tensión es demasiada. Comenzarnos a reirnos ahogadamente mientras comparamos a quel tipo con los topos del clásico juego de salas recreativas. Solo nos falta el martillo para atizarle cada vez que saca su rostro al exterior.

Con un extraño cóctel de adrenalina y sudor, nos vamos finalmente a la cama, acalorados por las risas y la tensión de una noche llena de extraños momentos.

Echaba mucho de menos días como éste.

Karta a mi mismo (Letter to myself)

Covered by cold and emptyness,
a child woke up this morning
in a jungle of huge cypress.
He is not ill
but still he is not feeling right,
his stoned mind tries to guide
a soul which got lost on the past night.

Like a vehicle without driver,
searching for the warmness
stolen by his nightmares,
a corps walks at dawn
until its found by the river’s sound.
Beside the water stream,
his body starts a ritual
niether dance or scream,
just a perpetual movement
like the waves of the sea.

The ceremony last for minutes
drawing circles with his feet,
wandering and spinning
against his will.
He wants to sit down
and listen to his thoughts,
but his muscles are numb
surrounded by a cold fog.
Excercising for warming up
is the best choise.

Convinced by the evidence,
the boy decides to continue
the walk somewhere else,
the rock avenue
is not wide enogh to cease
the pain of the meaningless.
A red path devored by the plants
looks like the perfect alternative
to get lost into someone’s past.

After a few steps,
the sun rises over the green hills,
the cold kept
is realesed in a thin
layer of freezing sweat.
But the journey has started
and the heart
is way too excited
to be put apart from his live motiv.

The way, the way is the poisson
and the cure for the lost,
the engine in motion
which leaves behind the past
and allows to forget the grasp
of time.
Only the way makes you feel alive
when everything is dead.
Only the way makes naive
the adult and mature the brat.

The only way of knowledge
is knowing that the wisest decission
is to ignore the edge
and jump into the illusion
of being exposed to everything that
surrounds you… but there’s not only one way.
The way is one for each region
and unique for each person.
You only need to take out
your mask and go for it… but there’re masks that can not be removed.

Sometimes the way is not the only way of confronting the problems. Sometimes the problem is the way. Sometimes the way was long ago finished and its difficult to find the way back home. Sometimes is better to enjoy being lost…

This travel has taken us far from everythimg that was clear before. It has made us be dirty in the cleanest places and shine in the darkest ones. But still, we were always able to follow our way and be victorious thanks to the goldhearted ones.

Meaby is time to face our reality, meaby is time to use everything that we learned to change another’s one… the only thing I know is the travel is finished, at least as we knew it.

Cars wont be stopped anymore. Trash is burnt in every corner or eaten by flies. Even camping could be dangerous sometimes.

But we have our experience and our childish illusion to take over control of any situation. Like children excited by the simplest things but concerned of what does it takes to be enjoyed, we will continue our way. No matter the difficulties.

This is just the end of a phase.

 

Sign: A man who woke up as a brat with an adult’s mask, or meaby just another man trying to pretend being a child.

Karta a Dubai (Letter to Dubai)

Parks under bridges,
heliports in each building,
something doesn’t smell good
and I don’t mean my nose,
even the streets are perfumed
to eliminate what its pure.

Cars for partying,
cars for going to work,
ads beside the road
are the only grafitties
soiling the stoll.
Buy a house and get a car,
buy my product cause it’s brand,
publicity doesn’t even tries to convince you,
everyone here is alreay part of the crew.

I could wonder,
Where are the homeless?
Where are the beggers?
Where are the blind ones and their labrador retrievers!?
But it’s stupid thinking about it,
all of them know the truth,
this amusement park is for the players
who can put apart every clue.

I guess this is not my place,
I guess I don’t belong here,
but still I can understain
why they live like this.
Seeing all that money
wasted in unuseful things,
could be painful and even mean,
all this meaningless philosphy of enjoying over all,
belongs to the rich ones that are still poor.

But then you meet them,
and all the negativitie disappears
with a plate of rice and chicken.
One can not change the world, not even two,
but still something is going well
once you realized thoes ones can be other numbers too.

Diario de Irán, día 17

27 de Diciembre de 2017 (Barco rumbo a Dubai)

Un punto y final perfecto para una historia de aventuras.

Nada más despertarnos con los primeros rayos del sol, abandonamos nuestra tienda y preparamos un macro-desayuno con todas las sobras de la cena anterior, hasta agotar existencias.

Una vez saciados, mientras prolongamos la conversación nacida entre bocado y bocado, escuchamos cómo una motocicleta se acerca hasta nosotros. Sin darle mayor importancia, seguimos charlando con unos pedazos de pan aún entre los dedos.

De pronto, el vehículo aparece de entre los secos matojos que envuelven al claro en el que nos instalamos la tarde anterior. Y aparca frente a nosotros.

Tras preguntar sobre nuestra procedencia, el conductor se queda observándonos sin decir palabra, de forma un tanto amenazante. Casi observándonos por encima del hombro, como si esperara a que abandonáramos el lugar.

Ante la incomprensible situación, decidimos recoger nuestras cosas mientras blandimos nuestro humor, como de costumbre. Desmontamos la tienda y embolsamos todo entre risas, tratando de hacer ver a aquel hombre que no nos molesta su presencia, pero en ningún momento de forma burlesca.

Alrededor de quince minutos después, con todo ya en su lugar, aquel mudo rompe su voto de silencio. Quiere que le demos dinero.

Trato de explicarle que no tenemos dinero; que la comida que hemos comido no era más que pan duro sacado de la basura; que dormimos en una tienda porque nuestro poder adquisitivo no es el que cree. Pero no le importa, nada ni nadie es capaz de quitarle la imagen de turista que ha proyectado sobre nuestros rostros.

Hartos de su falta de compresión y de su comportamiento chulesco, decidimos darle la espalda e irnos.
Todo queda ahí, ni repercusiones negativas ni ningún tipo de reacción violenta, tampoco le convenía. Hubiera sido peor para él a juzgar por su embergadura.

Una vez de vuelta a la civilización, encaminamos ruta hacia nuestra última parada en el país, situada a unos cinco kilómetros de la ciudad costera.

La caminata se hace dura bajo un sol aún más abrasador que el del día anterior. Pero tras otra gran sudada y algún que otro incidente con la marina nacional (pasamos junto a unas instalaciones y no son muy amigos de las personas con cámaras), llegamos a nuestro destino. Sólo queda esperar nueve horas hasta el momento del embarque.

A pesar del prolongado tiempo de aguarde, el día transcurre de forma rápida y apacible. En el puerto conocemos a dos familias que recorren el mundo con sus hijos en autocaravana, así como a un joven colombiano que conocimos en aquella tienda de alfombras de Esfahan. Incluso los matrimonios, a pesar de su prodecencia francesa, dominan el castellano de forma alucinante.

Pasamos el día de conversación en conversación con otros viajeros como nosotros, hacía tiempo que no nos sentíamos tan bien acompañados durante el viaje.

A eso de la media noche, el barco zarpa y con él nuestro paso por el país persa. Ha sido un país de altibajos bien contrastados; de frío helador y calor sofocante, tanto en el clima como en sus ciudadanos. Desde luego que ha sido un país que ha merecido la pena ser visitado.

 

Muchísimas gracias una vez más por seguirnos a lo largo de esta aventura. Lo cierto es que perdería parte del significado que posee si no fuera por todo lo que volcamos, y que a su vez, vosotros también recibís. Esperamos seguir a la altura del apoyo que demostrais de cara al futuro.

Un abrazo bien cálido desde tierras árabes en estos fríos días navideños.
Feliz año nuevo.

Diario de Irán, día 16

26 de Diciembre de 2017 (descampado a las afueras de Bandar Abbas)

2×1, extenuación y sudor por ración doble. Una de las jornadas más duras del viaje con diferencia.

Por suerte o por desgracia, el autobús llegó a su destino a eso de las 6 y media de la mañana. Tras un ininterrumpido sueño no muy reparador, abrimos los ojos entre un gentío que se disputa el abandonar el autobùs.

Medio dormidos, nos deshacemos del ya clásico banco de pirañas de chasis amarillo. Con el estómago revuelto por el hambre y los mamboleos del viaje, tratamos de ubicarnos en un ambiente húmedo y pegajoso mientras picamos algo.

El plan de hoy consiste en encontrar la agencia que la mayoría de usuarios de foros de mochileros recomienda para comprar los billetes del barco. Conocemos la calle y tenemos una fotografía de la fachada, pero los buscadores no se ponen de acuerdo en ubicarla en una dirección en concreto.

Tratamos de preguntar a varias personas, pero no sirve de nada, ni siquiera escuchan lo que tratamos de decirles. Somos turistas y claro, lo que nos indicarán son hoteles o dónde hay taxistas a los que preguntarles la dirección. Si al menos éstos conociesen sus propias ciudades y la puñalada monetaria sirviese para llegar a nuestro destino…

Decidimos jugar sobre seguro. Recorreremos la calle entera de lado a lado, hasta topar con el lugar. Alrededor de dieciseis km en línea recta, más los cinco o seis que ya llevamos a cuestas.

Volvemos a las típicas infraestructuras iraníes inaccesibles para peatones. Ciudades como Yadz o Shiraz nos habían malacostumbrado. Volvemos a caminar por arcenes y arenosas tierras, entre gritos de taxistas y demás conductores que encuentran divertido saludar a unos extranjeros. Odio sentirme a veces como un alienígena, pero es la misma baza que en otras ocasiones brinda momentos positivos. La mochila es una pesada carga que nos unde y nos alza en volandas según el observador.

Después de varias horas, llegamos a la calle principal, donde en teoría se encuentra el negocio en el que adquirir los tickets. El contraste de aquella avenida con el de cualquier otra de otros rincones del país es abrumador: mujeres vistiendo de forma super colorida, pieles marrones tirando al negro, gente agolpada alrededor de tiendas de campaña…hasta los gatos lucen distintos.

Teorizamos con que aquella gente sean inmigrantes pakistaníes, pero es tan solo eso, una mera suposición. Sin embargo, hay algo que nos choca por encima de todo lo demás: algunas mujeres llevan, además del ya común hiyab (lo que nosotros conocemos como burka pero sin cubrir por completo el rostro), una máscara totalmente lisa que llega desde los ojos hasta por debajo de la nariz. Con una superficie rectilínea que sobresale a la altura del entrecejo a lo largo de toda la careta.

Conforme recorremos las aceras de la gran avenida, la novedad acaba por convertirse en algo cotidiano, hasta pasar a ser algo anecdótico. Conforme nos adentramos en el centro de la ciudad, volvemos a ver aquellos elementos más típicos de una estampa iraní: hiyab negros, taxistas, imágenes de las figuras más importantes del país, banderas nacionales y por supuesto, ciudadanos que se dirigen a nosotros con una extraña curiosidad.

Tras un eterno mirar aquí y allá, por fin vislumbramos el deja vú en una de las fachadas. Hemos encontrado la oficina de turismo, despúes de ocho horas de sudor y cansancio bajo el sol abrasador.

Una vez dentro, consultamos el precio del ticket, parece que ha variado un poco en relación a la referencia que encontramos. Saco el fajo de billetes que nos acompaña desde la ciudad de Qom, donde sacamos dinero por segunda y última vez. Pese al encarecimiento, podemos costearnoslo con la cantidad que calculamos, hemos conseguido recorrer Irán en quince días con apenas cien euros.

Una vez entregada la suma, nos quedamos en nuestras carteras con lo sobrante, casi a modo de recuerdo.

Hemos recorrido el país entero sin gastar un rial en comida y, casi como una medalla invisible que solo nosotros somos capaces de ver, pensamos llevar tales méritos hasta el final.

Con los tickets ya en nuestra mochila, decidimos dirigirnos hasta el puerto desde el cual desembarcaremos mañana. Preferimos pegarnos la sudada hoy que ya estamos totalmente embotados y pegajosos a tener que posponer la caminata para más adelante.

Mientras caminamos, nos topamos con una tienda que vende bombonas de camping gas con la misma boquilla que la que nosotros utilizamos. Ya tenemos una excusa en la que invertir el dinero sobrante. Sin embargo, nuestro afán consumista se ve hundido por el sorprendentemente bajo precio del producto: alrededor de un euro, siete veces menos que en Europa. A saber de qué gas están rellenas…

Tras la adquisición, prolongamos la marcha haciendo algún que otro alto en el camino para descansar. En una de estas paradas, ante la ausencia de baños públicos de la zona, decido adentrarme en unas estrechas callejuelas para orinar.

Una vez inmerso en mis asuntos, acurrucado en una esquina, vislumbro a un hombre tumbado sobre el suelo al otro lado de la calle. Sin lugar a dudas se trata de un “sin techo”.

Con aquella imagen en mi mente, no paro de pensar en la ilusión y el ánimo experimentado cuando, estando en el extranjero, alguien autóctono nos ha echado una mano. Sensación que me encantaría compartir con el individuo en cuestión. Pero mi mente no hace más que encontrar escusas para no ayudarle: solo tienes comida de la basura, seguro que encuentra comida igual que lo hice yo…

Sigo dándole vueltas al asunto mientras vuelvo al banco sobre el que Victor descansa esperándome. Y, de pronto, nada más tomar asiento, mi memoria proyecta un flashazo de los billetes sobrantes después del pago del ticket de barco.
Llevo tanto tiempo sin depender del dinero que he olvidado que lo tengo, y ahora mismo, ni siquiera lo necesito.

Sin embargo, mi mente vuelve a llenarse de más escusas. Desde verlo como un premio a los esfuerzos que unicamente mi compañero y yo nos hemos ganado, hasta como algo tan insulso como un depósito para las posibles emergencias venideras. Las que puedan acontecer de hoy a mañana, claro está, después esos billetes serán tan inservibles como una servilleta de bar empapada.

Mientras sigo haciendo malabares con mis buenas intenciones y mis ridiculas escusas, una voz se dirige hacia nosotros. Se trata de un joven iraní, que tras sonreirnos nos muestra una bolsa de papel. Se trata de un regalo.
Cuando oteo el interior del cubículo, no puedo ver más que la respuesta a mis dudas en forma de pistachos.

Tras darle las gracias y estrecharle la mano, le vuelvo a pedir a Victor que me espere. Hay algo que tengo que hacer.

Vuelvo a recorrer el laberinto de callejuelas hasta reencontrarme con mi peculiar huella. Todo sigue en su sitio, menos mal.

Sin dudarlo un instante me acerco a aquella figura recostada, hasta percatarme de que no descansa sola. Se trata de dos hombres que duermen apretados contra una esquina, una escena extremadamente familiar para mí de estos últimos meses. Sin lugar a dudas he hecho bien en volver.

Pese a lo que me duele haberlos despertado, creo que ha merecido la pena para ambos. Lo que a mí me sobraba va a hacer bien a alguien.

Tras lo vivido a lo largo de la mañana, los acontecimientos vividos durante la búsqueda de descanso no tienen la menor importancia. Además, el cansancio comienza a hacerse más que palpable, por lo que la travesía está marcada por la pesadez mental y la somnolencia.

En un descampado a las afueras establecemos campamento, esta vez sin cubrir la tienda con la tela impermeable. El calor es inaguantable, pero la necesidad de descanso es aún más fuerte…y nos vence.

Diario de Irán, día 15

25 de Diciembre de 2017 (autobús Shiraz-Bandar Abbas)

Una despedida prolongada.

Debido a que nuestra siguiente parada requiere de tomar un barco, un bus y por último un avión, nuestro abandono del país se está convirtiendo en algo lento, prácticamente eterno. Cuadrar todas las fechas y horarios nos obliga a llevar a cabo una retirada de casi una semana.

Hoy toca tomar un bus desde Shiraz hasta Bandar Abass, pero primero hay que llegar a la estación. Después de hora y media, entre recogida y recogida de pan, arroz y otros regalos que la suerte nos brinda diariamente, llegamos al lugar.

Una vez en las taquillas, nos enteramos de que el viaje es un trayecto de nueve horas y no hay autobuses hasta la llegada de la noche. Llegaremos el martes 26 a eso de las siete de la mañana, lo cual nos deja un solo día para encontrar la agencia que vende los tickets para el barco y desplazarnos hasta el embarcadero.
Son las dos de la tarde, el transporte sale a las 22:00…

La supervivencia nos llama, no nos queda mucha comida y aún nos quedan muchas horas de espera.
Volvemos a optar por dividirnos: Victor lee y vigila, yo salgo a buscar algo que llevarnos a la boca.

Me encanta cómo nos hemos dividido los roles según las habilidades de cada uno. Él es el relaciones sociales (hablando con los distintos contactos que vamos recopilando), yo el que cubre las necesidades básicas de ambos (basurear la mayor parte de las veces).

Llegado el momento, subimos al transporte, comidos y con una bolsa de treinta litros llena de alimentos varios. Nos aguarda un viaje largo, es el momento pertecto para escribir, editar y demás quehaceres.

Diario de Irán, día 14

24 de Diciembre de 2017 (Habitación de hostal, Shiraz)

“Noches buenas” las hay en todas partes, puede que no al uso, pero cándidas igualmente.

Nuestra jornada da comienzo en el piso de un host bastante distante, cuya hospitalidad no llega mucho más allá de varias caladas a un porro. Igualmente agradecemos el alojarnos en su casa mientras estrechamos nuestras manos, antes de dejar el lugar.

Mientras descendemos las calles que recorrimos la noche anterior, no puedo parar de pensar en lo distinto que se ve todo desde una motocicleta con casi trescientos kilos de peso encima. Desde luego que el paisaje parece otro.

Ya en la marquesina de autobús, aguardamos a que el vehículo haga acto de presencia. El reflejo de uno de los cristales de la parada muestra una instantánea casi increible, estamos a punto de tomar un transporte público en Irán. Para nada algo habitual en el país.

Tras una hora de viaje, llegamos a la ciudad de Shiraz. Hemos quedado en cierto punto con Mohsen, el hombre que conocimos en el bus desde Yazd a Persépolis hace un par de días. Al parecer, está encantado de que le contactásemos tras nuestra extraña despedida. Estaba preocupado de que nos hubisiemos bajado en medio de aquella oscura carretera.

Después de una caminata de unos diez kilómetros hasta encontrarnos con él, nos recibe con una sonrisa y un apretón de manos. Y nos guía hasta el hostal que nos ha reservado. Nos va a pagar una noche allí ya que no puede alojarnos en su piso.

Tras mostrarnos la habitación, que él mismo se había molestado en buscar hotel por hotel el día anterior, nos encaminamos a recorrer la ciudad.

Entre monumento y monumento, historia e historia, endulzamos cada tiempo muerto con zumo de frutas o dulces típicos de la ciudad, acompañados de largas y tendidas conversaciones. Incluso le acompañamos a rezar durante el paseo. Dos minutos le son más que suficientes: “Dios está en cada uno de los actos del día a día, repetir palabras y gestos no te hace mejor persona ni te acerca más a el”.

Mientras visitamos uno de los complejos religiosos más grande de la ciudad, somos alertados por un agente de “asuntos exteriores”. Nos informa de que no podemos acceder sin un guía por ser turistas, a pesar de que Mohsen sea musulmán.

Tras esperar a que alguien nos escolte durante varios metros, para luego abandonarnos sin mediar palabra, hablamos sobre lo sucedido. Nuestro amigo no está para nada de acuerdo con que se nos restringa el acceso a no-musulmanes (que no turistas) a enclaves de alto valor religioso.

Algo en mi interior entiende el por qué de tales medidas, no paro de pensar en lo intolerantes que son algunos conocidos míos. Trato que yo no he sentido en ningún rincón del país por no compartir mismas creencias religiosas.

Al parecer es todo cosa del gobierno, quien trata de evitar posibles conductas indebidas en los santos lugares. Pero no puedo estar más de acuerdo con nuestro particular guía.

Una vez fuera del recinto, nuestro amigo se abre revelándonos la fuente de la que bebe cuando está falto de sentido o felicidad. Nos explica cuánto le llena acudir a edificaciones como en la que nos encontrábamos hace unos momentos. Y a mi cabeza viene una imagen, naturaleza.
Entonces le explico una de las diferencias que percibo entre “nuestro mundo” y el suyo, cómo los occidentales tendemos más a la soledad y a acudir a lugares tranquilos cuando percibimos cierto desequilibrio emocional. Y cómo ellos buscan refugio en el calor de la fraternidad que ofrecen sus enclaves religiosos.

La conversación evoluciona y da mil vueltas hasta terminar por hacernos pensar en hasta qué punto la religión nos influye, aunque creamos vivir al margen de ella. Cómo profesiones como la de motivador ocupacional, sólo tienen sentido en un mundo en el que la confesión hace tiempo que dejó de servir a muchos de guía espiritual.
Para los musulmanes, este acto es algo más negativo que positivo. “No hay mejor guía que seguir uno mismo la senda de Dios”.

Tras varias horas de debate, decidimos hacer un alto en el camino para cenar. Mohsen nos lleva hasta un restaurante situado en el bajo de un edificio. Y entonces el milagro navideño se produce. Nuestro amigo nos invita a una de las mejores cenas del viaje.
Hasta acompañamos los bocados de unas buenas dosis de humor negro, algo que agradezco sobremanera estando en este país.

La velada es maravillosa, hasta somos invitados a varios platos de forma totalmente gratuita. Pero lo importante es con quién la compartimos.
Una Noche Buena para el recuerdo.

Diario de Irán, día 13

23 de Diciembre de 2017 (Piso a las afueras de Ghalat, Shiraz)

Tal vez, tan solo tal vez, el día de hoy fue demasiado intenso. Trataré de dejar la subjetividad aparte para que cada uno saque sus propias conclusiones.

Comenzamos la jornada con los primeros rayos del sol, despertándonos frente a las tumbas de algunos de los reyes persas más importantes. Hemos pasado la noche durmiendo al raso por lo que se agradece que el astro rey nos salude con su calor.

Tras recoger nuestras pertenencias nos dirigimos a ver el primer enclave histórico. Como es costumbre, somos recibidos con una puñalada económica. El precio de la entrada para “turistas extranjeros” es casi siete veces el del ticket para locales. Por mucho que nos duela, decidimos pagar la entrada. No siempre se puede viajar a Irán para ver algo tan importante, culturalmente hablando.

Una vez finalizada nuestra visita, nos cubrimos la cabeza con pañuelos y demás coberturas, tratando de eludir de alguna manera los rayos del sol. Nos espera una caminata de unos ocho kilómetros hasta Persépolis.

Una hora después, estamos en las inmediaciones de la antigua ciudad persa, guardando nuestras mochilas en el guardaropa. Como ya es costumbre, nos destacan el gran peso de los tremendos macutos, frente a lo cual respondemos con una sonrisa y un leve cabeceo.

Llega el momento de atravesar las puertas de seguridad, donde observamos que todos los locales sacan su ticket. Al tratar de acceder, nos llaman la atención y nos informan de que no podemos comprar la entrada allí. Nos redirigen a las consignas.

De camino a las taquillas, nos encontramos por el suelo un papel con palabras y números escritos en pharsi. Se trata de un boleto usado, el cual tomamos de referencia para tratar de no ser engañados. El precio impreso indica 30.000 riales.

A la hora de pagar y, pese a haberle mostrado el papel al trabajador, nos saca un boleto totalmente distinto, completamente escrito en inglés. El precio de éste es de 200.000 riales.

La discusión tiene lugar, pero de poco sirve. Al menos sabemos que el precio está establecido y no se trata de una estafa con números aleatorios. Igualmente, el sabor agridulce permanece en nuestras papilas gustativas durante toda la visita.

Después de casi cuatro horas rondando la zona, abandonamos las instalaciones en busca de nuestras pertenencias. Hemos disfrutado muchísimo el lugar, pero la discriminación que hacen algunos locales con los turistas empieza a amargarnos cada vez más. Podría considerarse incluso racismo a como algunos iraníes nos hablan y se ríen simplemente por ser extranjeros.

Tras comer un poco de pan junto con una lata de sardinas con tomate que compramos en armenia, proseguimos camino. Aún tenemos que llegar al pueblo de Marvdasht para poder tomar desde allí un autobús hasta Shiraz, nuestra próxima ciudad destino.

Mientras andamos en dirección a la localidad próxima el atardecer nos sorprende con sus bellos tonos cálidos. Asomándonos un poco entre los árboles del camino, conseguimos presenciar una puesta de sol preciosa. Pero eso no es todo, unos lugareños reunidos en torno a una fogata nos saludan y nos invitan a tomar té juntos. Ante proposiciones así no se puede decir que no.

No solo nos llevamos un dulce recuerdo de aquella invitación, sino que además uno de los hombres nos acerca en su vehículo a la población. Una vez allí, tras ser atosigados por una manada de taxistas, conseguimos montarnos en un vehículo dirección Shiraz. Hemos vuelto a hacer autostop sin levantar un dedo, hacía tiempo que esto no ocurría.

Ya en el centro de la ciudad, un mar de posibilidades comienza a embravarse hasta azotarnos con su oleaje. Sin estar muy seguros de por qué, decidimos dirigirnos a un pueblo a las afueras de la ciudad donde un contacto de un contacto nos asegura que nos espera una habitación en la que descansar. Ante ninguna oferta mejor, hacemos lo impesable para nosotros, tomamos un taxi hasta el lugar.

Después de unos momentos bastante extraños en los que no hacemos más que ver oscuridad a nuestro alrededor, por fin llegamos a la población. Allí nos encontramos con que el precio del taxi se ha doblado según lo acordado y no hay nadie esperándonos.

Varias llamadas telefónicas después, nos informan de que un amigo de nuestro supuesto host está en camino. Va a guiarnos hasta la casa. Finalmente el hombre aparece, conduciendo una clásica motocicleta iraní.
Aquí es cuando llegamos a uno de esos momentos en los que deseas que el día hubiese acabado hace horas. O no, o simplemente sonríes y no haces más que pensar en todas los posibles caminos a los que podía haberte arrastrado el día en lugar de estar montado en una moto junto con dos personas más y dos mochilas de treinta kilos. Para colmo es el primer paseo en moto de mi vida.

Después de volcar dos veces, una haciendo un caballito debido al gran peso de las mochilas y otra en la que el conductor acabó de medio lado contra el suelo, llegamos a la casa. De no ser por nuestras mochilas, los accidentados sucesos hubieran acabado con un final mucho peor para nosotros.

Una vez en el domicilio, conocemos a nuestro host, un joven de unos veinticinco años sumamente colocado. Vive junto con varios amigos más entre porro y porro, en una casa con jardín increiblemente grandes. Pero ya todo nos da igual, tenemos una habitación y una historia acojonante que contar.

Es la última vez que confiamos ciegamente en este tipo de contactos. La primera y la última.

Diario de Irán, días 11 y 12

21 y 22 de Diciembre 2017 (Casa abandonada frente a la Necrópolis de los reyes persas)

En efecto, otra vez tomándome la licencia para juntar varios días en una sola entrada.
Pero lo cierto es que no hay demasiado que contar sobre la jornada de ayer. Tal vez lo único remarcable sea que, debido a los estrujones que le dí a la ropa después de lavarla cuando trataba de secarla, tengo las palmas de las manos llenas de llagas. Fue un día extremadamente tranquilo.

Tras desayunar abundantemente y dejar las llaves del apartamento sobre la mesa del mismo, partimos rumbo a la estación de autobuses de la ciudad. Hemos pasado tres noches en aquel piso y a penas conocimos a su dueño, tan solo compartimos unos minutos cuando nos entregó las llaves.

Después de casi tres horas caminando bajo el sol, conseguimos llegar a la terminal, donde comienza nuestra pesadilla rutinaria: lidiar con el enjambre de taxistas y vendedores de billetes de autobús.

Nada más poner un pie sobre la acera circundante al edificio, comienzan a escucharse los primeros zumbidos. Varios hombres comienzan a enumerar ciudades iraníes mientras otro nos sigue preguntándonos, en un inglés deconstruido, por nuestro destino.
Cometemos el error de revelarlo, ante lo cual otro hombre nos pide que le sigamos.

Aquel individuo nos lleva hasta la oficina de una agencia, cosa extraña ya que lo más común es que esta clase de empleados te meta en los transportes apresuradamente. Allí podemos ver a varias personas discutir con los recepcionistas, no es buena señal en absoluto.

Teniendo en cuenta que  ya realizamos un kilometraje similar al que nos vamos a enfrentar hoy hace varios días, preguntamos por el precio del billete. Pretenden cobrarnos más del doble del precio que tenemos como referencia.

Tras mostrar nuestro descontento, uno de nosotros abandona el lugar en busca de otra empresa de viajes. Mientras, el otro presencia cómo uno de los trabajadores, tras tratar de contactar por teléfono con la agencia de enfrente, corre hacia ella rápidamente. Con competencia no hay timo que llevar a cabo.

Con un precio un tanto más razonable entre manos, nos dirigimos los dos hacia la compañía ofertante, seguidos muy de cerca por el primer hombre que nos guió en primer lugar. En cuanto llegamos allí, nuestro “amigo” se encarga de que el precio del billete se alce incluso más que antes. Pretenden cobrarnos una suma descomunal.

Es entonces cuando el regateo comienza. Tras varios posibles precios, el ticket desciende hasta casi la mitad de la primera cifra. Sin embargo, poco tardan en arrepentirse y actuar como que se han equivocado de número. Ante lo cual, vuelvo a proponer la suma anterior mirando seriamente a los ojos a uno de los trabajadores. Puedo ver en sus ojos, esquivos constantemente, la culpa que siente un estafador no muy orgulloso de su engaño, uno consciente de que lo que hace no es lo correcto.

Hartos de tanto malabar, decidimos sacar todos los billetes que hay en nuestras carteras, con un valor un poco superior a la oferta que defendemos. Les explicamos que no tenemos más dinero, lo cual no es cierto, y que o lo toman o nos buscamos otro transporte.

Acceden a regañadientes a subirnos al autobús, sin embargo, cuando ya estamos guardando las mochilas vuelven a pedirnos más dinero. Tras una larga discusión, un local se acerca y, tras explicarle el problema, accede a tratar de convencer al vendedor. Terco como él solo, sigue sin estar contento, e incluso vemos cómo aquel iraní le entraga un billete al trabajador. Penoso…

Al menos nos llevamos una buena conversación y un buen amigo de todo aquel embrollo. El hombre que nos pagó el resto del billete (muy a nuestro pesar) resulta ser una persona majísima de la que nos llevamos varias curiosidades:

-Hasta las playas estan divididas por sexo en Irán.
-En verano las mujeres pueden cambiar sus habituales ropas negras por otras de tonos más claros. Qué detalle…
-Musulmanes o no, la mayor parte de los iraníes repele la ciudad de Qom debido a su fervor religioso.

Para terminar bien el día, culminamos con una jugada maestra. En lo personal, un pequeño sueño cumplido después de muchos años: Parar un bus en el lugar en el que te quieres bajar a pesar de que no exista parada. Despúes de lustros viendo mi casa (situada en las afueras) pasar al entrar en mi ciudad logroñesa, lo he conseguido. Estos iraníes sí que saben, haciendo honor a sus estadísticas de índices de accidentes de tráfico…esta vez animados por españoles.

Esta decisión nos ahorraría al día siguiente caminar alrededor de quince kilómetros. Creo que mereció la pena el riesgo.