Escapada armenia, parte 2

Una vez ubicados en la nueva localidad y con la mente más despejada, comenzamos a explorar la población con el objetivo de encontrar un escondite donde ocultar nuestras pertenencias. El desgaste provocado por el exceso de equipaje pronto llama a nuestra puerta, por lo que encontrar un lugar apropiado se convierte en una prioridad. Siempre es más sencillo reconocer el terreno sin la casa a cuestas.

A pesar de la clásica quema de hojas otoñal propia del paisaje rural,
la localidad resulta ser extremadamente turística, debido mayoritariamente al templo grecoromano que descansa en uno de sus acantilados. Lo cual dirige el foco de atención popular en dicho punto, y a su vez, convierte el resto del pueblo en un lugar extremadamente tranquilo.
Por suerte, la frase “ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos” encaja a la perfección con el lugar, ya que junto al templo encontramos una pequeña cueva totalmente oculta del paso de turistas y locales.

Con las mochilas ya en lugar seguro, nos decidimos a explorar. El día no puede salir mejor. Después de un agradable paseo a lo largo del valle que rodea al pueblo, encontramos un lugar en el que pasar la noche así como una ruta a traves de la cual acceder de forma totalmente gratuita al templo.

Tras un día como turistas standar, o algo por el estilo, recogemos nuestras mochilas y nos dirigimos al lugar anteriormente escogido para pernoctar. Se trata de una enorme casona familiar de dos plantas rodeada de nogales, perfectamente arrancada de las páginas de un álbum fotográfico del siglo XIX. La estampa otoñal, con el suelo totalmente lleno de hojas, nos brinda una importante pista acerca de la ocupación de la vivienda, por lo que no dudamos ni un momento en saltar el vallado que la rodea.

La construcción, pese a ser de construcción simple, salta a la vista que algún día perteneció a gente con amplia comodidad económica. Sin demasiada decoración pero de porte elegante, la edificación se divide en una sala central con conexión a las dos alas laterales reservadas para los dormitorios. Tal habitación nucléica, da paso a un enorme balcón que se extiende a lo largo de toda la fachada, con vistas al gigantesco valle sobre el que descansa la casa. El resto de habitaciones, situadas en el piso inferior, albergan una cocina, varias salas de trabajo y lo que algún día pareció ser una despensa.

Pese al evidente abandono, la casa se conserva en un estado más que decente, incluso aún manteniendo la instalación eléctrica propia de los años setenta. Todo parece indicar que se trató del hogar de veraneo de varias generaciones, quienes con el paso de las décadas, irían modernizando poco a poco la estructura de la casa. Desde la letrina exterior al edificio (casi referencial a la usada por el carismático ogro verde), pasando por las distintas infraestructuras eléctricas que podían encontrarse por la casa, hasta los modernísimos plomos de la misma.

Con la casa explorada por segunda vez, establecemos el campamento en el corazón del edificio, de tal forma que las entradas de acceso a las habitaciones adyacentes queden totalmente bloqueadas del paso del viento. Sin puertas ni ventanas, salvo en el hall de ingreso al edificio, hace tiempo que aquel lugar quedó a merced de vendavales. Y no nos gustaría que estos descendieran la temperatura del refugio.

Cual película apocalíptica, nos disponemos a taponar con colchones y somieres los puntos débiles, así como a bloquear la puerta de entrada para no ser sorprendidos en mitad de la noche. Una vez sellado todo, desplegamos la tienda, sin ser amarrada al suelo por supuesto.

A varias horas aún para el anochecer, es demasiado pronto para cenar pero tarde como para salir en busca de más aventuras, por lo que permanecemos sin abandonar nuestro escondite el resto del día. Las horas pasan mientras nos entretenemos jugando al ajedrez o charlando tranquilamente, hasta que el sol comienza a desaparecer entre los riscos y con él su calidez. Por lo que nos vemos obligados a hacer un poco de ejercicio para entrar en calor, así como para mantenernos activos y en forma.

Con la luna ya en su zenit y la cena revolucionando en nuestros estómagos, desplegamos los sacos y nos disponemos a dormir un poco, más por tratar de calentarnos que por tomar descanso. No hemos tenido un día excesivamente duro, pero al menos fue lo suficientemente excitante como para sacarnos de la rutina en la que estabamos sumergidos desde hacía días…

Acurrucados ya en nuestro habitáculo por excelencia,
somos oyentes en palco de primera fila
del rubor del arroyo en su afluencia,
banda sonora para el duelo que se libra
en el firmamento entre luna y tiniebla.
Más tal contienda no se prolonga demasiado,
pronto la luz es devorada por un pozo
de negro silencio que se posa sobre el tejado.
Establecido el portal capaz de ofrecer comunicación con el otro lado,
brota del inmenso vacío cósmico
una densa niebla que, a modo de abrigo,
nos arropa bajo un abrazo húmedo y congelador.

Sumidos en aquel oscuro paisaje de susurros y gélidas caricias,
no tardamos en poner anclaje en nuestras mareas mentales de sueño y somnolencia,
quedando profundamente dormidos en aquel decorado propio de historia ficticia.
El pálido sonido del arroyo que pasea bajo el balcón
es el único elemento que, lejos de tornarse estremecedor,
se convierte en guía y bastón
en el que ampararse entre cavilaciones de órgano elucubrador.

Con el cuerpo más relajado y el foco celeste un poco más bajo,
el frío sucumbe ante la calidez de los alientos y los ovillos emplumados,
la oscuridad pierde fuerza al verse ignorada por temores y espantos.
Todo yace sosegado entre neblina y frescura de madrugada.

De pronto y sin motivo aparente,
las pestañas abandonan su entrecruzado,
las pupilas se dilatan buscando la causa de su desvele,
más nada más que dos inquietas mentes es lo único que se ha alterado
entre la calma y el relente.
Tras reparar en ello, sin mover un solo músculo,
permanecemos inertes sobre el suelo
mientras pasan los minutos,
envueltos cual crisálidas de pies a cabello.

Con una pierna ya hundida en tierras soporíferas,
nos debatimos entre la vigilia y el sueño
en condiciones paupérrimas.
La materia gris multiplica su masa por momentos,
el cuerpo se siente cada vez más pesado
hasta pegarnos por completo al pavimento.
Todo se entumece hasta sentirnos
guiados por el globo en su movimiento.

Insconciente aún de mi adormilada consciencia,
creo escuchar el crujir de la hojarasca
siendo suavemente arrastrada con paciencia.
Gradualmente el viento se levanta,
hasta reunir la fuerza
para ahogar el fluir del arroyo
e incluso sacudir las visagras de la puerta.

Tras la débil embestida del ariete etéreo,
la brisa abandona su unilateral calma
para atacar el refugio en todo su hemisferio.
Un bullicio ensordecedor envuelve la casa,
más permitiendo auscultar unas pisadas
que depositan su carga
en la fronda que yace sobre la entrada.
Los chasquidos se suceden restallando
cada vez con mayor sonoridad,
sin duda algo trata de acceder al ojo del huracán.

Ante la misteriosa situación,
sin siquiera haber mentado palabra
mutuamente entre compañeros de acción,
intercambiamos palmadas,
tratamos de averiguar si nos hallamos inmersos en análoga ficción.
Una estampida plásmática nos caldea
los hieráticos troncos clavados al entablado,
nuestros cuerpos se preparan
más insistimos en permanecer inertes,
fingiendo que el habitáculo se encuentra desolado.

El ensordecedor sonido se acrecenta
en ciertos lugares de la habitación,
pareciera actuar como sombra de la presencia
que mora a nuestro al rededor.
De súbito, los pasos se vuelven tácitos
hasta desaparecer sin dejar huella,
sólo se escucha a la estruendosa galerna,
que gira en rápidos círculos
sobre la maltrecha vivienda.
Sumergidos en aquel vociferoso océano,
aguardamos a la calma que no llega,
seguimos sin noticias del posible aldeano
ni sus pisadas que nos mantuvieron en vela.

El suspense se rompe sin aviso previo,
una sucesión de impactos recorren los tabiques
hasta detenerse en su punto medio,
abriendo ventanas y postigos
que se flagelan sin nada que lo evite.
La construcción es un festival de mamporros y soplidos
en total anarquía,
un caos desmedido
que escupe sobre lo sublime y su terminología.
El tamaño no importa, sino la fuerza desmedida.

La exhibición de mamporros se prolonga por varios segundos
hasta que el silencio impacta en el ambiente,
el ciclón se pierde en lo más profundo
del valle y su torrente.
Música fluvial de nuevo tras el tumulto.

Sí, esto que estas leyendo ahora mismo es un repentino corte en la narración de acontecimientos que, muy probablemente, te haya sacado del clímax aflorado por lo expuesto anteriormente. Y no, no es que la desidia me haya podido a la hora de poner un punto final acorde con las sensaciones generadas. Sino todo lo contrario. Creo que ésta es la forma más adecuada de transmitirte nuestro desconcierto en aquellos instantes.

No es solo que aquel torbellino de eventos se detuviera de golpe. Lo que realmente nos extrañó y fue blanco de conversación en los días posteriores, fue el hecho de que aquella serie de acontecimientos transcurriera en un lapso de aproximadamente cuarenta segundos. Eso, exáctamente eso, es lo que nos dejó grabado a fuego la experiencia en la memoria.

Para los que sientan curiosidad por saber qué ocurrió tras el atípico suceso, lo único que aconteció en aquella deshabitada vivienda fue oscuridad y silencio. No tardaríamos demasiado en caer profundamente dormidos tras comprobar las consecuencias de aquel ventoso incidente. Ni siquiera ser testigos de nuestras pertenencias desperdigadas por el habitáculo nos privaría el sueño en absoluto.

Si lo paranormal se dió cita en aquella casa, lo hizo acompañado de fuerzas naturales, cuya manifestación puede probar una explicación racional. Más eso no me reconforta en absoluto. Precisamente es lo que más me perturba.

Hay fuerzas en este mundo capaces de provocar vivécdotas propias de otro cosmos.

Escapada armenia, parte 1

Astiados de esperar a la tramitación del visado que nos abra las puertas de Persia, decidimos abandonar la tranquilidad de nuestro campamento base. A pesar de haber conseguido lo imposible: estabilidad económica (gasto nulo) en un lugar tranquilo (y gratuito) en el que acampar con fuentes de recursos cercanas, decidimos aventurarnos en territorios menos fructíferos pero con un paisaje más inspirador. Cierto es que el parque botánico en el que nos hemos acomodado goza de cierto carácter salvaje. Tal vez se deba a lo descuidado que está, así como a la presencia del zorro y múltiples canes que se pasean por las inmediaciones. Sin embargo, todo se queda monótono en comparación con los recuerdos de aventuras pasadas entre humo y asfalto. De echo, puede que ese sea el problema, que todas estas historias empiecen a parecer lejanas memorias después de casi tres semanas de sedentarismo.

A pesar de lanzarnos de nuevo a la carretera, somos conscientes de que no nos conviene demasiado alejarnos de la capital armenia. En unos cinco dias estará forjada la llave que nos abra paso a desiertos y otras zonas indómitas, y no queremos posponer el cambio de frontera. No más de lo impuesto por la lenta burocracia y los numerosos trámites de un país que no parece esforzarse demasiado en falicitar la visita a sus vecinos, tanto lejanos como cercanos.

Con el despliegue habitual recogido y las mochilas al hombro, un tanto más pesadas que de costumbre debido a la gran recolecta basurera de los días anteriores, dejamos atrás nuestro pintoresco escondite para volver a caminar entre ajetreo y contaminación.

Pese a la falta de costumbre, no tardamos mucho en volver a sentirnos en nuestra salsa. Tras pocos minutos con cartel y pulgar en alza, un amable muchacho estaciona su vehículo frente a nosotros, para colmo hasta habla inglés. Varios minutos de conversación después y percatados de que más del cincuenta por ciento del tráfico de la zona está conformado por taxis, el joven se ofrece a llevarnos a un punto más alejado de la urbe desde el que poder seguir haciendo dedo.

Una vez realizado el favor, al poco de que el rugido del motor del buen samaritano se aleje, aún colocando nuestras mochilas para acomodarnos en el lugar, otro utiliario aparca en nuestras narices. Se trata de un modelo antiquísimo, de marca irreconocible, de cuyas ventanillas brota el sonriente rostro de un hombre de mediana edad. Tras preguntarnos, en armenio por supuesto, por nuestro lugar de destino y mostrarle el cartel como respuesta, abandona su asiento para ayudarnos a colocar las mochilas en su maletero.

Mientras ubicamos los bártulos, vislumbramos a groso modo el interior del vehículo, va a volver a tocarnos sentarnos sobre el metal de la carrocería, más no nos importa en absoluto. Dos simples palabras acompañadas de un gesto nos hacen compartir sonrisa con aquel caballero: “Niet taxi”. Es la primera vez que nos avisan de antemano de que se trata de un gesto desinteresado, sin ni siquiera tener que recurrir a preguntar o tener que analizar la situación para salir de dudas.

El viaje transcurre ameno y entrañable con la ya clásica conversación a base de gestos e intercambio de palabras clave, como aquel concurso televisivo… Una vez presentados, conocedores de la nacionalidad de ambos, así como nuestras edades y situación amorosa, la conversación decae hasta aposentarse en un apacible silencio. Con la hermosa postal de las montañas nevadas de fondo y el suave vaivén del vehículo, no tardo demasiado en sentir pesadez en los párpados y la desconexión mental típica de la modorra.
-Respira por la ventanilla. – las palabras de Victor me sacan repentinamente de mi breve estado de letargo. Sin decir más y pese a mi nefasto sentido del olfato, entiendo perfectamente a que se refiere. Como bien resumiríamos más tarde: “A aquel coche le quedaban dos telediarios…hace treinta…”

Salvando los pequeños detalles, como las roncas tosidas del motor, el viaje es un tranquilo paseo entre las nevadas cumbres. Ni siquiera el pésimo estado del asfalto es capaz de estropearnos la magia del momento, tal vez la escasa cilindrada del vehículo sea un factor a tener en consideración.

Después de una larga subida, las primeros descensos hacen acto de presencia, convirtiendo la calmada travesía en una montaña rusa de subidas y bajadas. Cambio al que, Simón, el conductor del transporte, no queda impasible, jugando con los desniveles del terreno a golpe de arranque y apagado de maquinaria.

Una vez alcanzado nuestro destino, la despedida es sobria pero sentida. Nos estrechamos la mano, a modo de agradecimiento mutuo por el favor y el momento compartido. Sin siquiera tener en mente el peligro corrido o la poca seguridad del carro. Pues, pese a las condiciones del mismo, la confianza y buen obrar de su conductor no nos habían echo sentir en mejores manos desde hacía semanas. O eso o el escape de gas nos había dejado un poco atontados…

Por amor al (moj)arte

Un rugido en los cielos se alza. Tras él, un suave repiqueteo comienza a rodear las inmediaciones del habitáculo. Pese al madrugón, llego tarde. O tal vez no.

Una vez vestido y con todo en la mochila, me cuelgo todo de hombros y cuello y cubro mi cuerpo y pertenencias con el abrigo. Acabo de coger “varios kilitos de más”.

La descarga de agua es incesante y parece encontrarse en su apogeo. Tardo poco en experimentarla en mis propias carnes tras abandonar la cobertura del aportalado hostal.

Una combinación de calor y condensación tardan poco en darse cita por todo mi cuerpo. Pese a la impermeabilidad de la vestimenta, la humedad alcanza mi piel. No tengo del todo claro cuál de los enveses está más empapado.

El adoquinado revela su pésimo estado de conservación haciendo de las aceras una suerte de archipiélagos. Rememorando programas televisivos de antaño, salto de baldosa en baldosa tratando de evitar el peligro. Pero la escasa luz provoca que evitar mojarse pierda el sentido.

El paisaje a mi al rededor muta por momentos. Cambio las calles escasamente iluminadas por oscuros túneles llenos de miradas, para poco después estar ciego en una especie de valle. Tratando de buscar el río y un puente que lo cruce, desciendo la ladera, casi en picado, apenas distingo los escalones de bajada.

Superada la hondonada, un enorme estadio brota de entre las sombras gracias al pasar de vehículos. Según el mapa y mi memoria, el camino a seguir hacia el ansiado destino no se encuentra muy lejos.

El tímido eco de las gotas de lluvia es lo único que permite orientarse en la penumbra. Aunque éstas no solo caen sobre el asfalto. Las lentes de mis gafas son un mosaico de perlas, tanto de lluvia como de cosecha propia.

Al girar una curva, el luminoso cartel de una gasolinera descubre un cruce de carriles. Tengo claro cual he de tomar, más la limitada visibilidad de la zona genera tal confusión que termino sin saber la dirección escogida.

Trato de aclarar la vista con la parte inferior de mi jersey, más la escasa iluminación no consigue sacarme de dudas. Pocos segundos más tarde, deslumbrado por los faros de un transeunte, compruebo que la lluvia ha vuelto a apoderarse de la transparencia de mis gafas.

Deambulando de farola en farola, trato de alcanzar el final de una calle que no vislumbro. La cordura baja por momentos, hasta hallarme cual tripulante a la deriva de un barco sin compás ni planisferio.

El evitar mojarme no es el único sin sentido, a éste se le suman otros cinco que no guardan mayor utilidad que la de no acabar estampado contra lo único que otorga referencia.

Hace lustros que superé el pavor que sentía hacia las tinieblas de la noche. Pensaba que dominaba sus artimañas y que incluso me resultaba cómodo su abrazo, más esta carta jamás la había descubierto antes.

No es la privación de poder ubicar mi cuerpo en el espacio lo que me abruma. Ni tampoco las posibles amenazas externas que puedan surgir. Sino la venda que, lejos de no permitirme otear, redirige el sentido de mis pupilas hacia mi interior. Hasta sentirme una llama atosigada por la humedad del aire de mi celda y la porosidad de sus paredes, las cuales impiden el paso de la tempestad pero dejan sentir su gélida caricia. Como un fuego fatuo que se desorienta a si mismo con su danzar, pero debe bailar tratando de iluminar su camino como única via de escape. Sintiéndose impotente ante la adversidad con las herramientas que dispone.

La introvisión es total, sin mayor referencia que la de mi consciencia, camino por una larga avenida que parece no terminar nunca. De pronto, la lluvia cesa. Y la borrasca recoge el manto nuboso que llevaba extendido en el cielo varias horas. Con la tregua, recupero la visión, no solo la de mis alrededores, sino también la del horizonte.

En una de las elevaciones de tierra colindantes a la ciudad, la luminosidad de una gran antena destaca entre la devoradora oscuridad de una ciudad que supera el millón de habitantes.

Por fín con algo a lo que atenerme como referencia, dibujo mentalmente un mapa mental con mi posición y el camino a tomar. Toca retroceder sobre los pasos andados.

Con la visión restablecida, el camino de vuelta se torna apacible y de una duración sorprendentemente corta. Pronto me hallo frente al cruce de mi desdicha, siguiendo a la sombra dibujada con mi cuerpo por la luz de la gasolinera.

De pronto, lo entiendo todo. Aún creyéndome conocedor de la luz y sus jugarretas, no fui capaz de evadir uno de sus más famosos trucos: sólo es posible ver entre las sombras cuando uno se ha sumergido en ellas.

Atraido cual polilla por la luna, no pude evitar acelerar mi paso la primera vez que vislumbré el aparentemente amparante fulgor del negocio. Lo cual ocasionó mi posterior estravio.

Situado en el mismo punto desde el que había advertido por primera vez la estación de servicio, esta vez de espaldas al resplandor, advierto el camino a seguir. Entre las sombras que ocultan el empedrado del muro que sigue a una ascendente calzada, el juego de perspectivas se produce y, fila a fila, las baldosas se van desplazando hasta conformar unos escalones.

Una vez sabido ver el sendero, la excitación y tormento de la aventura se transforman en un plácido paseo. El ascenso es duro, más no se trata de una dificultad desconocida, por lo que el ascenso dura más bien poco.

En la cima, el recibimiento es frío, silencioso y sutil. Un delicado paisaje de de luces artificiales me rodea hasta perderse, con la brisa, en el horizonte. En las proximidades, todo es oscuridad a excepción de una pequeña llama. El objetivo de mi búsqueda. Un fuego inextingible capaz de soportar cualquier temporal.

Pese a la belleza del momento, no puedo evitar pensar en lo vivido hasta llegar allí. En como lo que estaba pensado ser una experiencia relajante y meramente contemplativa puede llegar a exigir tal implicación. En como una sencilla excursión de apenas varios kilómetros, puede llegar a triplicar su extensión y llenarse de adversidades más allá del plano físico. En como fuerzas tan antiguas pueden seguir manipulándonos a su antojo, hasta sacar a la luz nuestras debilidades supuestamente superadas para recordarnos la indefensión que encierran. En como unos elementos tan simples albergan tamaña potencia, siendo más que suficientes para entrar en la psique humana y suscitar en ésta cualquier tipo de mensaje o emoción.

Vine buscando arte y arte fue lo que encontré. Estoy empezando a cansarme un poco de esa cita que dice: “Lo importante no es el destino, sino el camino”. Puede que se deba a que resulte ser cierta en la gran mayoría de ocasiones que es puesta a prueba. ¿A quién quiero engañar? No me canso de llenar mis piés de callos, en ambos sentidos.

La oscuridad y la máscara (The darkness and the mask)

Curiosa la idea de que hay preguntas que solo uno puede contestar. Pero ante la angustia de adentrarse en uno mismo, por la facilidad de conseguir parches temporales con respuestas ajenas o por mera incapacidad de escucharnos con un órgano atrofiado nos imposibilitamos el hallar una respuesta.
Observo que cosas me alejan de mi mismo y cuales me acercan. Cuando la gente “se encuentra a sí misma” en un viaje como el mío, no es por el viaje, sino porque se extirpan todos los estímulos que te distraen de lo que sientes y por lo tanto comienzas a buscar los causantes de tus sentimientos en lugar de enmascararlos con placebo tecnológico y social.
El viaje del Arte es el que realmente me conecta a cada momento conmigo. Para generar arte, para crear, debo ser vulnerable y sincero. Sobretodo con uno mismo (que es lo más duro de todo). Escucho mi oscuridad, eso que me aterra reconocer ante mi mismo y cuando consigo verlo como una parte igual de bella y creadora de mi existencia, la abrazo.
“Dejo que los demás contemplen mi máscara mientras yo me contemplo a mi mismo”
SUGAR

It’s curious how some questions can only be answered by oneself. However, due to the pain that can occur from looking within, the ease with which we can readily use the answers of others as a crutch, and the inability to actually listen when looking within, we prevent ourselves from finding that answer.

I notice which things keep me away from myself and which ones bring me closer. When people “find themselves” on a trip like the one I’m on right now, it is not because of the travel, but because they remove all the stimuli which distract them from hearing their feelings, and therefore they begin to search for the causes of their feelings instead of masking them with technological and social placebo.

The journey of art is the one that really connects me with myself in each moment. To generate art, in order to create, I should be vulnerable and sincere. Especially with myself (which is the hardest thing). I listen to my darkness what terrifies me to recognize about myself. When I am able to see it like a part of me as beautiful and creative as my existence, I embrace it.

“I let others contemplate my mask meanwhile I contemplate myself”

El chiringuito

La siguiente narración hace referencia a una experiencia (Dos sombras en Georgia) vivida tan solo 24 horas antes de los sucesos aquí relatados, por lo que se aconseja leerla en primer lugar.

 

Una vez más, huyendo del yugo del metal,
más por gusto que por necesidad,
dos sombras deambulando por georgia
en búsqueda de algo que llamar hogar,
aunque solo sea de forma temporal.
Cargados con el ya habitual peso,
caminamos entre chiringuitos y otros bares varados,
junto al salitre, el viento arrastra ecos
a la deriva que ya creimos olvidados.
Pasito a pasito, suave suavecito,
la brisa se va izando, poquito a poquito.
Y aunque en este puzzle falten piezas
no hay hueco para dos rompecabezas.

Las bajas temperaturas se alzan, el cielo se tiñe de fuego,
la noche nos alcanza y nosotros seguimos sin velo.
El negro del mar se remarca junto al paseo,
entre éstos, un océano de cantos
sobre los que ruedan los pies entre tintineos.
Agua a nuestra izquierda,
al otro lado, el error aun la memoria,
tragados por la tierra
nos vemos embarcados en la misma historia.

Tras un exhaustivo rastreo entre luces de patrulla,
los voluminosos turistas se salen con la suya,
uno de los locales costeros desolados tras el estío
parece el lugar perfecto para resguardarse del frío.
El chiringuito es una de las muchas víctimas
de la sequía anual propia de septiembre,
cables y vasos sobre el suelo de láminas
son prueba del abandono a la servidumbre.

Bajo la barra por la que soliese correr la cerveza
hallámonos dos gusanos de saco de pluma,
quietos, ahogando hasta la más picante carraspera,
inhalador en mano cuando la humedad satura
y se torna pesada la atmósfera.
Encajados cual baterías de juguete
que no quiere ser usado,
aguardando temerosos del ariete
que desmorone nuestro descanso.

Es sábado y el jolgorio festivo no tarda en invadirnos,
la juventud rie y corre por el paseo
cuasando alboroto, jugando como niños,
tratando de alejarse del estrés y el ajetreo
propio de los estudios o la vida laboral.
Hasta hace bien poco compartíamos mismo percal…

Con la aparición de nuestros coetáneos
algo cambia en el ambiente,
no solo se rompe el silencio,
con la mera presencia de aquella gente
nos transportamos a un universo aparte,
el chiringuito transmuta menguante
hasta cambiar su madera por roca punzante.
La luz proyectada por las farolas
se ve interrumpida por ebrias sombras
que danzan burlonas por las paredes del refugio.
Temerosos ante sus movimientos,
rogamos porque este no sea el preludio
a otra noche huyendo del viento.

Acostumbrados ya al desfile de siluetas,
descubrimos que la supuesta amenaza
no era amenaza sino treta.
El inclinado de la iluminación pública,
convinado con la localización
de nuestros compañeros de quinta,
empequeñece la gran separación
que realmente nos separa.
No es buena idea llenar siempre la taza
con el manantial de los sentidos.

Aun sin hallar descanso pero con el miedo apaciguado,
permanecemos congelados, la mirada en el techo,
con la gotera haciendo de segundero
mientras tratamos tregua con el lecho.
Más la negociación es cosa compleja,
cada centenar de gotas dos agentes
merodean la zona, alimentando la congoja.
Incluso retrasando nuestro reposo
con despreocupados cánticos y silbidos,
como si supieran de nuestro escondite en el foso
y tratasen de pasar desapercibidos.

Gota a gota, la madrugada vacía su caudal,
cual losa en la nuca, el sueño nos golpea distorsionando la realidad.
A veces dormitando, a veces traspuestos,
vislumbramos siluetas de ciudadanos dispuestos
a interrumpir nuestra descabezada.
Pese a tener experiencia dormitando
en los peores lugares de acampada,
aquel suelo que una vez fue cómodo,
se convierte en motivo de dolencias de espalda.

Llegado el momento, perdemos la consciencia
en el regazo del ser mitológico
cuya presencia tanto anhelamos.
Más el abrazo pronto se hace finta,
la madre al hijo reclama,
la noche llega a su final
y con ella la labor de ambos termina…

Yo tengo un chiringuito
a orilla de la playa
allí es donde dormito
sobre el suelo sin toalla.

Un café

No escribo mis experiencias, no escribo mi vida.

Será por qué no existen palabras que definan una vida y yo no soy lo suficientemente habilidoso para que, articulandolas, expresen el momento recogido en un segundo.

Yo soy actor, yo expreso un momento con otro momento, yo trabajo con equivalencias de tiempo. Revivo el momento viviendolo de nuevo, no lo escribo para que otro lo viva al leerlo (no soy tan bueno). Yo re-vivo el momento para que otro lo viva conmigo. Dicho esto. Si alguien quiere conocer qué estoy viviendo… Que me invite a un café cuando vuelva y se lo re-vivo.

Ascendiendo en la memoria, parte 3

Alertado por nuestra presencia, el delicado repiqueteo cesa, para ser sustituido por un sonado mugido que rebota de ladera en ladera. A éste, pronto le siguen unos cuantos más, emitidos por los semejantes del gran animal que nos observa confundido, como si acabase de presenciar una aparición ante sus nubladas retinas. Junto a la bestia, descansa un cartel indicando la dirección a tomar para alcanzar nuestro destino, debemos rodear el vedado en toda su extensión.

Tras circundar varios metros la parcela, brota de entre las fauces de una brumosa criatura el tejado de una pequeña casa, situada tras el cercado pero contenida en otra pequeña división de tierra delimitada por alambre. El monstruo serpentea entre el humo de la chimenea colocada sobre la construcción, fuente de una fuerza que le hiere y de la que huye pero por la cual se ve tentado a abrazar. Debido a su constante recular y al avance de nuestros pasos, el cuerpo de la criatura comienza a descubrir la techumbre de varios emplazamientos más cercanos a la humeante morada.

De pronto, el camino abandona su forma envolvente para penetrar de lleno en el vallado, cuyo alambre se ve sustituido por dos pequeñas puertas de madera frente a la desembocadura del sendero.
Parece ser que el letrero que dejamos atras no era conocedor de la extensión de tierra que convive junto al mismo, como si su vecino se hubiese instalado recientemente en mitad del camino sin ni siquiera otorgar saludo alguno.

No teniendo demasiado claro que hacer a continuación, deambulamos por la zona con la esperanza de que algún residente menos peludo y más letrado se deje ver para poder disolver nuestras dudas. El azar llama a nuesta puerta, o a la del hogar que mantiene a raya a las neblinosas bestias, el caso es que del pórtico de la vivienda se asoma un rostro cuyo mirar está fijo en nosotros.

Tras el correspondiente intercambio de saludos, un individuo se materializa entre la niebla. Nuestros pasos se encuentran e introduzco mi mano en uno de los bolsillos de mi abrigo, extraigo el preciado cuaderno y realizo la búsqueda pertinente. Con el escrito en las manos, una estampida de gesticulaciones tiene lugar en la faz del hombre conforme éste avanza en su lectura. La guía con un curtido dedo índice, amigo de numerosos inviernos y conocedor de la dureza de su compañía en horas de trabajo. Cuando la yema ya descansa sobre las últimas palabras, devuelve la libreta a mis manos y recorre el vaporoso paisaje con la mirada.

Para mi sorpresa, tras cruzar su mirada con la mía, comienza a explicar el rumbo a seguir en un notable inglés, el cual pese a su marcado acento turco, resulta facilmente comprensible. Sin embargo. el granjero no dispone del vocabulario necesario para hacerse entender apropiadamente. Por lo que tras pedirnos algo con lo que poder escribir, le entrego de nuevo el cuaderno donde, varios tachones después, dibuja un esquemático mapa del camino a seguir.

A veces lo imposible se hace más que probable. En apenas unos segundos, la pesadez del pasado que flotaba en aquel mar de nubes naufragaba, para reflotar un sentimiento añejo desligado de cualquier acontecimiento acontecido.
Una descarga eléctrica recorría mi cuerpo hasta la supercie más minúscula sin hallar opisición alguna, renovando el ánimo decaido, sanando los fríos y doloridos dedos de nuestros piés.

Jamás imaginé que él guardaría una última excursión a la que aventurarse…

Ascendiendo en la memoria, parte 2

A cada quiebro del camino, las gigantescas banderas coloradas parecen menguar su tamaño, hasta incluso desvanecerse entre la translucidad de un horizonte perdido desde hace varios minutos. El océano nuboso arrastra paulatinamente bestias marinas que devoran todo a su paso, desde su estómago la visibilidad está limitada a poco más que las paredes del propio órgano. Su paso es silencioso, salvo por el chocar de sus escamas con nuestros impermeables, los cuales provocan pequeñas hemorragias que llenan nuestros abrigos de minúsculas gotas cristalinas.

De pronto, una de las criaturas nos escupe y abandona el lugar. La vista se aclara y frente a nosotros se presenta una pequeña agrupación de casas, estando algunas aun en costrucción. La más cercana es un conjunto de vigas de madera y metal en la que un anciano trabaja de forma pausada pero decidida, como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacer un buen trabajo. Salvo aquel peculiar albañil, la población parece vacía y conserva el mismo callar al que el camino nos tenía acostumbrados.

Pocos metros despúes de superar el esqueleto de hierro y leño, los primeros indicios de haber escogido la senda correcta se hacen patentes. Un letrero en forma de flecha indica que nos encontramos cerca del Monte Pilav. Más por si quedaba espacio para la duda, un turco se materializa de la nada y nos pregunta por nuestro destino. Tras darle respuesta, nos señala el cartel y trata de explicarnos la forma que adopta el camino más adelante así como el tiempo que podría tomarnos recorrerlo, unas cuatro horas. Tras esto, nos informa de que podemos tomar un taxi hasta la cima, a lo que no tardamos en menear la cabeza de lado a lado y darle las gracias. Sorprendido, nos desea buena suerte y nos despedimos. Aunque la sorpresa no es solo suya, pues acabamos de entender todo lo que aquel amable caballero nos había dicho sin conocer más de tres palabras en turco. Al menos supimos decirle “hola”, “gracias” y “adios”.

Superamos el pueblo y el verde y el gris vuelven a apoderarse del decorado, aunque no por mucho tiempo ya que el camino vuelve a descubrirnos, tras una curva, un par de viviendas más.

De pronto, el eterno silencio se ve roto por el eco de una voz que resuena en todo el valle y que llega a nuestros oidos como un lejano susurro. Más la vibración no se limita a recorrer nuestros tímpanos, sino que viaja por la nuca, el cuello y la espalda hasta provocarnos un placentero escalofrío. La llamada a rezo ha comenzado y los cantares suenan al unísono por toda la montaña, como un coro que trata de contactar con su dios. Pero el mágico momento dura bien poco, ya que una chirriante y desafinada voz comienza a retransmitir desde un amplificador escondido en algún lugar entre los árboles. Caminamos un poco más entre la extraña conversación creada en apenas unos instantes, hasta que descubrimos el escondite de la fuente de aquel horrible sonido. Entre las copas de los árboles acaba de emerger un minarete desde el que varios altavoces acoplados vibran debido a la mala calidad del audio y a los altos decibelios del mismo.

Con el pueblo ya a nuestras espaldas, el estruendo vuelve a convertirse en susurro y, a pesar de no enmendar el mal sabor de boca del momento, los últimos cantos nos devuelven al estado de calma del que anteriormente disfrutábamos. De echo, se acrecenta, el asfalto comienza a convertirse gradualmente en un húmedo terreno pedregoso entre el verde y el naranja de la flora, que cada vez va tomando un aspecto más salvaje. Tras varios minutos caminando, cualquier rastro de vida humana en la zona desaparece. A nuestro al rededor unicamente pueden observarse espesas hileras de árboles, así como los arbustos que descansan a los pies de los mismos, todo ello adornado por un ambiente neblinoso que juega con las perspectivas a placer.

Tras el cambio de paisaje, el trayecto no varía demasiado, tampoco lo hacen nuestras sensaciones. Los únicos acontecimientos a destacar son el encontronazo con dos cazadores cocinando parte de su botín y un alto en el camino, durante el que aprovechamos para comer algo de fruta y admirar aún más el paisaje.

Los carteles indicando la dirección a seguir para alcanzar el monte en cuestión, se van sucediendo a lo largo del sendero, pero el dichoso momento de alcanzar el lugar parece no llegar nunca. Ni siquiera es posible vislumbrar un atisbo de cercanía a cumbre alguna, las esponjosas bestias siguen sin soltar a su presa y, por lo tanto, nosotros sin tener referencia de la meta.

De nuevo, el oleaje vuelve a arrastrar el cuerpo de una de sus criaturas, cubriendo por completo la zona e impidiendo ver más allá de unos pocos metros a la redonda. Caminamos prácticamente a ciegas, usando el sendero que pisamos cual bastón, es nuestra única referencia a confiar. Tras varios minutos caminando, la marea vuelve a fluir, apartando del camino al animal varado y permitiéndonos recobrar nuestro sentido robado de nuevo.

Sin embargo, antes de recuperar por completo la visión, algo llama la atención de otro de nuestros sentidos. Comienza a escucharse a lo lejos el tintineo de unas campanas que, debido a la suave brisa que sopla a nuestro favor, suena de forma intermitente y amortiguada, como si saltase de ventolera en ventolera cual niño entre camas elásticas. El inquietante sonido mantiene su carácter misterioso hasta que, conforme la niebla se disipa, la fuente de su origen se va revelando ante nuestros ojos. Unos pequeños cuernos se asoman sobre los arbustos contenidos tras un cercado de alambre de espino. Justo cuando ya dábamos por seguro que no tendríamos más compañía en lo que quedaba de camino.

Ascenciendo en la memoria, parte 1

31 de Octubre de 2017,

Ayer acompañamos al sol en su búsqueda de descanso hasta llegar al recóndito pueblo, perdido entre nubes y montañas, de Maçka. Tras explorar un poco el lugar y hablar con algún que otro lugareño sobre nuestro lugar de origen, así como mentir sobre gustos deportivos que no compartimos, clavamos piquetas y desplegamos esterillas. Debemos esperar a que nuestro compañero de viaje despierte de su sueño. A eso de las seis de la mañana, su fulgor atraviesa la fina superficie de lona de la tienda de campaña, hay que ponerse en marcha.

Con todo recogido y la mochila llena, a diferencia de nuestro estómago, nos disponemos a encontrar un establecimiento en el que poder saciar nuestro apetito y el de nuestros seres queridos. Hace un par de días que no damos señales de vida. En plena búsqueda, una voz turca nos insta a detenernos, se trata de un militar que nos llama desde un puesto de vigilancia. Para nuestra sorpresa, es el quién se acerca a nosotros para entablar conversación, o al menos intentarlo, como ya es costumbre. Tras frustrarse al tratar de hacerse entender en su lengua materna, saca su teléfono móvil del bolsillo y da comienzo entre nosotros un chat en línea, de su mano a la mía y viceversa. Tras varias preguntas, saco mi cuaderno de la mochila y le muestro el pequeño escrito que el bueno de Ahmet transcribió hacía ya varios días. Siendo ya conocedor de nuestros motivos para visitar la población, nos advierte del temporal y nos facilita el número de emergencias del país. Un apretón de manos después, proseguimos a tratar de saciar nuestras necesidades.

Tras un breve paseo, el lugar elegido es un pequeño establecimiento regentado por una entrañable señora de cabello ya cano y oleaje en la piel. El plato más barato es una sopa cuyos ingredientes no nos quedan muy claros cuales son, pero igualmente le pedimos dos y nos acomodamos en una mesa. Varios minutos después, los humeantes cuencos descansan frente a nosotros. Antes de probar bocado, le mostramos a la mujer la pantalla de nuestro teléfono para que nos facilite la contraseña que nos separa de nuestra última tarea a tachar de la lista. Con el líquido ya apenas caliente y las huellas de varios trabajadores del local en nuestros celulares, por fin conseguimos comunicarnos con nuestras familias.

Tras varias flotas de barquitos de pan a la deriva, me dispongo a mostrarle el texto a la mesera. Al verme cuaderno en mano, llama a uno de los muchachos que previamente nos había ayudado a conectarnos a la red, quién no tarda mucho en acercarse. El joven lee un par de oraciones en voz alta hasta que, llegado cierto momento, la mujer le arrebata el cuaderno de las manos. Con los dedos mojados de estar cocinando y cierto temblor en los brazos, trata de leer lo descrito en unas páginas ya no tan blancas. Tras levantar la vista del papel, realiza varios gestos brúscamente con su mano izquierda y el trabajador abandona el establecimiento. A los pocos segundos, se asoma por la puerta y nos hace señas para que le sigamos. Sin dudarlo ni un segundo, recogo el cuaderno de manos de la señora y seguimos los pasos de su ayudante.

El muchacho nos lleva a una escaleras metálicas, las cuales rodean el local y suben hasta lo que parece el bar en el que se reunen gran parte de los pueblerinos. Entendemos que nos presenta al dueño y tras comunicarle nuestra nacionalidad le acerco el manoseado manojo de páginas. Cuando finaliza la lectura, dirige su mirada hacia una mesa que hace esquina entre dos grandes ventanales, la cual esta llena de varios caballeros disfrutando del clásico çai turco. Profiere varias palabras hacia los mismos y éstos pronto asienten con cierta pena en los rostros. Nuestro guía nos invita a acercarnos al grupo de hombres mientras estos añaden dos sillas más a la mesa.

Nos sentamos y tras presentarnos mutuamente, comienzan a narrarnos lo que creemos que es la crónica de lo sucedido hace ya catorce años.

Pese a la distancia que nos separa el idioma, sentimos extremádamente cercanas a aquellas personas y, si bien las palabras no nos aclaran nada, sus miradas y sus gestos nos sobran como explicación de lo que tratan de transmitirnos. Echo el silencio, procedemos a tratar de preguntarles si conocen a alguien que pueda llevarnos al lugar, traductor en mano, por supuesto. Nos cuentan que el lugar se encuentra a unos quince quilómetros de la población, pero que un taxi puede acercarnos a la zona sin problemas. Volvemos a preguntarles, esta vez acerca de que tal está el acceso a pie y las dificultades que pueda entrañar tal travesía. La respuesta es física antes que verbal, con el ceño fruncido profieren las primeras palabras en lengua sajona: “water”, “rain”. Y las acompañan de varios aspavientos con los brazos para hacernos entender que es una zona de niebla sumamente densa.
Damos el último sorbo al té que nos habían servido y les damos las gracias uno por uno, antes de levantarnos del asiento y despedirnos con un gesto de agradecimiento. Bajamos las escaleras metálicas y nos disponemos a recoger nuestras mochilas del local de la mesera, hay una excursión que preparar.

Tras contrastar la información recibida con nuestros mapas digitales y los datos que algunas páginas web reflejan, vemos más que necesario rebajar el peso de nuestras mochilas. Una ruta de casi treinta kilómetros (quince de subida y quince de bajada) con un peso de números similares es una locura que, aunque estoy dispuesto a llevar a cabo, no quiero arrastrar a mi amigo hacia la misma. Por lo que rebusco entre el contenido de mi mochila hasta dar con un manojo de bolsas de basura “tamaño contenedor”. Decidimos guardar en una de éstas todo lo que no sea comida, agua o material de acampada y escondemos nuestras pertencias entre unos arbustos. Con todo el material ya listo y colgado a nuestras espaldas, procedemos al ascenso.

Apenas dados los primeros pasos, comenzamos a sentir como músculos y tendones entran en calor y se preparan para la travesía que nos aguarda. Incluso nuestro compañero de viaje perdido, emerge entre el mar de nubes en el que las cumbres se hallan sumerguidas, saludándonos con una cálida caricia. Tan cálida que nuestra temperatura corporal se eleva de tal manera que no tardamos ni cinco minutos en rebajar el número de capas de abrigo. Sudores aparte, continuamos caminando por la gran calzada que sube montaña arriba, asfaltada en perfectas condiciones pero sin un quitamiedos que impida una caida tan impresionante como las vistas capaz de brindar. La escasa brisa que parece empujarnos montaña arriba, ondea las mastodónticas banderas nacionales repartidas a lo largo y ancho del valle. Si no fuera por su constante visión a lo largo del trayecto, perféctamente pudiera confundirse tal paisaje con el de la cordillera cantábrica o incluso con los Pirineos.

Los cúmulos nubosos quedan cada vez menos lejanos y la tímida brisa pasa a convertirse en un soplido que congela hasta la última gota de sudor. De pronto volvemos a quedarnos sin nuestra única compañia y la luminosa mañana se ve sumido en una gris tarde de domingo. La soledad es literal, somos las únicas almas que transitan por la zona a excepción de los pocos gatos que dormitan en los tejados. Tan solo algunos vehículos hacen el esfuerzo de ascender por la serpenteante carretera de montaña.

Curva a curva, la montaña nos regala una vista mejor que la anterior, permitíendonos tener cierta referencia de la distancia recorrida. A pesar de la hermosa panorámica, apenas puedo despegar la mirada del asfalto. Sigo sin creerme que estoy pisando la tierra que piso. Pero algo se encarga de sacarme de mi ensimismamiento, el rojo anaranjado de unos pequeños tomates creciendo al borde de la carretera llaman mi atención. Sin dudarlo un segundo, los recogemos, los lavamos y les damos el primer bocado. Llevábamos casi un mes sin probar un tomate fresco. A saber cuando volveremos a comer el próximo…

Necesidades y necesitados

Tras una larga mañana tratando de abandonar la mastodóntica ciudad de Tibilisi, no a dedo, sino buscando un bus para poder hacer autostop a las afueras, nos dirigimos a la estación central de tren. Tras una pesada caminata únicamente amainada por las múltiples paradas realizadas para buscar comida, en la basura claro está, llegamos llenos de bolsas a la edificación que parece albergar nuestro ansiado transporte.

Como ya es costumbre, nos abrimos paso entre una marea de gente cuyas miradas se ven imantadas por nuestras mochilas. Conforme nos acercamos a la construcción, nuestras dudas sobre si nos dirigimos al lugar indicado se acrecentan, la edificación esta llena de carteles publicitarios y letreros luminosos de conocidas marcas. A su vez, las personas que entran y salen a través de las cristalinas puertas deslizantes, portan todas ellas grandes bolsas con la misma tipografía que los neones de la fachada. Todo apunta a que nos encontramos frente a un centro comercial.

Sin nada que perder, nos dirigimos a la entrada y, una vez dentro, nos dividimos para reconocer rápidamente el lugar. Pronto encontramos un cartel con un esquemático mapa del edificio, en el que se muestra cómo la parte exterior está conformada por tiendas y en la interior se alberga la verdadera estación. En lugar de adentrarnos en el costructo, decidimos dejar las mochilas junto a unos asientos, así uno podrá ir sin carga en busca de información mientras el otro custodia las pertenencias de ambos.
Puede que ésta sea la estrategia estrella o al menos una de las más utilizadas en todo el viaje, hasta ahora ha probado funcionar a las mil maravillas.

Sentado junto a nuestras mochilas, observo como mi compañero se aleja para explorar la zona y recopilar información, aguardo ensimismado ante el constante ir y venir de personas. Poco tiempo pasa hasta que mi mirada se ve arrastrada por un niño de apenas diez años de edad, al que no puedo evitar quitar mi foco de encima. El infante, de a penas metro veinte, camina de forma despreocupada pero con paso confiado, vistiendo vaqueros, chaqueta de piel (o imitación) y boina. Pareciera todo un hombrecito en miniatura si no fuera por un detalle delatador, la mochila de spiderman que lleva a la espalda.

De pronto, el muchacho dirige sus andares hacia mi posición. Una vez frente a frente, se dirige a mi en un idioma que no comprendo, pero a pesar de la confusión mi instinto me roba el habla y me impulsa a menear la cabeza de lado a lado, muy lentamente. Estamos ya más que acostumbrados a ver niños pidiendo dinero en la calle, por lo que no sería ninguna novedad que éste fuera el caso. Ante mi respuesta, el joven palidece de golpe y de su rostro brota una combinación de vergüenza y lástima con una expresividad pasmosa.
Tras ésto, baja la mirada y gira su cuerpecito con intención de marcharse. Le freno, un poco afectado por su reacción y por mis propios impulsos acusivos, vuelven las palabras a mi boca, justo antes de dar el primer paso. Recurro al sajón para tratar de averiguar cuales eran sus intenciones pasadas, pero el niño, aun sin levantar cabeza, lanza un “okey” al suelo y se aleja caminando, como si pateara la palabra cual balón.

Un frío y rígido índice me señala de forma acusiva, el peso de la conciencia me sopesa y no puedo evitar sentirme extremadamente cruel. Aquel chico no era merecedor de mi desconfianza ni de tal pasividad. Me siento orgulloso del estado de alerta que he desarrollado con los años y que evita que se me coga con la guardia baja, pero no me agrada tanto que mi defensa sea el mejor ataque.

El remordimiento comienza a distorsionar mi visión de la realidad, provocando que lo que apenas serían treinta segundos se conviertan en un lapso de tiempo desesperantemente largo. Pasado dicho medio minuto, el chico vuelve a aparecer ante mis ojos, emisor de la misma energía que yo creía haber fulminado. Con paso confiado y rostro alegre, deambula por las inmediaciones del parking situado frente a la estación, cual fantasma de otro tiempo.

La idea de acercarme a él de nuevo se desliza en reiteradas ocasiones entre mis pensamientos, más no actúo. En su lugar, me quedo observando desde mi puesto de vigía, como si no quisiera arruinar aquella delicada imagen que se proyecta frente a mí. Diapositiva a diapositiva, el mocete se aleja y sigo sin poder apartar la mirada de su inocente semblante.

De pronto, en uno de los fotogramas advierto algo extraño, la mirada del chico cambia, como si tratase de buscar algo de forma disimulada. Para poco después volver a mostrar inocencia en sus cristalinos y vuelta a la posición anterior. El suceso se repite en varias ocasiones en tan solo un par de segundos, por lo que desconcertado, sigo la dirección de aquel mirar intermitente. Para mi sorpresa, me topo con otro muchacho de envergadura y edad similares, aunque sin guardar una apariencia tan adorable como el primero. El chico se encuentra estático, con las manos en los bolsillos y apoyado contra una columna, pero también realiza el mismo cambio de máscaras que su semejante.

Observando la escena cual partido de tennis, soy testigo de la conversación que los dos chicos mantienen sin hacer uso de palabras ni gestos, sus habilidades están a años luz del lenguaje al que más recurrimos en este viaje. Pero la exhivición no dura demasiado, el muchacho de la columna abandona su apoyo para acercarse hasta un hombre que disfruta de su aparetivo, un hojaldre de queso típico del país. A continuación, la diminuta mano en forma de cuenco aparece entre los cuerpos de ambos, entiendo al instante lo que está ocurriendo.

La escena termina con un intento fallido de robo y una retirada inmediata por parte de los chicos. Cuánto me alegro de ser un jodido desconfiado…

A los pocos intantes del cierre de telón del suceso anterior, mi compañero aparece con una sonrisa de oreja a oreja, ha encontrado un trasporte y más barato de lo que esperábamos. Ambos recogemos las mochilas del suelo para volver a cargarlas a la espalda, no sin antes soltar un pequeño gruñido por el esfuerzo, y nos dirigimos a la dársena del bus a tomar.

Mientras nos sumergimos de nuevo en el océano humano, una chica extremadamente alta y esbelta, al menos para su edad (unos quince años), comienza a seguirnos de cerca. La muchacha no tarda ni un instante en revelar sus intenciones cuando, tan pronto como puede, estira su brazo para tratar de alcanzar la carga de mi compañero. En su mano derecha, éste porta el manojo de bolsas en las habíamos guardado los alimentos recolectados durante el trayecto del día, botín que no para de sacudir.

Tras escuchar los quejidos que acompañan a cada meneo, el muchacho se gira y sin saber muy bien que decir, trata de calmar a la chica. Ésta no cesa en su insistente ruego e, incluso frente a los atónitos ojos de mi compañero, continua zarandeando las bolsas. La situación se mantiene sin cambios durante varios segundos, hasta que por fín él consigue que la chica se calme y atienda a lo que tratan de transmitirle. El muchacho recurre a la lengua de siempre para hacerse entender, pero esto no gusta a la muchacha, quien reanuda su incesante demanda.

Mi compañero, desesperado, trata de cruzar su mirada con la mía en búsqueda de aprobación, pero yo me hayo ya tratando de preguntar al conductor del automóvil por el lugar a guardar nuestras mochilas. Con el intento de comunicación fallido, vuelve a tratar de establecer conversación con la joven, la cual sigue en sus trece.

Un tanto molesto, el más que increpado muchacho, recurre a su último recurso, la mímica. Con lo que comienza a señalar al suelo, seguídamente a las bolsas de basura, para culminar la actuación con un gesto de llevarse alimento a la boca.

La performance se repite numerosas veces, alternando en algunas ocasiones el suelo por un cubo de basura cercano. Puede que debido a la constante aliteración, en determinado momento la muchacha abandona su postura encorbada y demandante, y se queda totalmente hierática observándo el espectáculo. Su gesto cambia de forma brusca cuando entiende el mensaje de la obra, a lo que mi compañero aprovecha para confirmarle a la chica su sospecha.

Una vez conocida la verdad, la actitud insistente y constante de la flaca parecen cosa del pasado. Realiza un gesto de desinterés y se da media vuelta para alejarse, perdiéndose poco después entre la multitud.

Las necesidades de los necesitados no son siempre tan necesarias ni éstos tan necesitados. No tiene más el que menos necesita, pero puede que el que menos tiene menos necesite, o menos lo demande.