Un café

No escribo mis experiencias, no escribo mi vida.

Será por qué no existen palabras que definan una vida y yo no soy lo suficientemente habilidoso para que, articulandolas, expresen el momento recogido en un segundo.

Yo soy actor, yo expreso un momento con otro momento, yo trabajo con equivalencias de tiempo. Revivo el momento viviendolo de nuevo, no lo escribo para que otro lo viva al leerlo (no soy tan bueno). Yo re-vivo el momento para que otro lo viva conmigo. Dicho esto. Si alguien quiere conocer qué estoy viviendo… Que me invite a un café cuando vuelva y se lo re-vivo.

Ascendiendo en la memoria, parte 3

Alertado por nuestra presencia, el delicado repiqueteo cesa, para ser sustituido por un sonado mugido que rebota de ladera en ladera. A éste, pronto le siguen unos cuantos más, emitidos por los semejantes del gran animal que nos observa confundido, como si acabase de presenciar una aparición ante sus nubladas retinas. Junto a la bestia, descansa un cartel indicando la dirección a tomar para alcanzar nuestro destino, debemos rodear el vedado en toda su extensión.

Tras circundar varios metros la parcela, brota de entre las fauces de una brumosa criatura el tejado de una pequeña casa, situada tras el cercado pero contenida en otra pequeña división de tierra delimitada por alambre. El monstruo serpentea entre el humo de la chimenea colocada sobre la construcción, fuente de una fuerza que le hiere y de la que huye pero por la cual se ve tentado a abrazar. Debido a su constante recular y al avance de nuestros pasos, el cuerpo de la criatura comienza a descubrir la techumbre de varios emplazamientos más cercanos a la humeante morada.

De pronto, el camino abandona su forma envolvente para penetrar de lleno en el vallado, cuyo alambre se ve sustituido por dos pequeñas puertas de madera frente a la desembocadura del sendero.
Parece ser que el letrero que dejamos atras no era conocedor de la extensión de tierra que convive junto al mismo, como si su vecino se hubiese instalado recientemente en mitad del camino sin ni siquiera otorgar saludo alguno.

No teniendo demasiado claro que hacer a continuación, deambulamos por la zona con la esperanza de que algún residente menos peludo y más letrado se deje ver para poder disolver nuestras dudas. El azar llama a nuesta puerta, o a la del hogar que mantiene a raya a las neblinosas bestias, el caso es que del pórtico de la vivienda se asoma un rostro cuyo mirar está fijo en nosotros.

Tras el correspondiente intercambio de saludos, un individuo se materializa entre la niebla. Nuestros pasos se encuentran e introduzco mi mano en uno de los bolsillos de mi abrigo, extraigo el preciado cuaderno y realizo la búsqueda pertinente. Con el escrito en las manos, una estampida de gesticulaciones tiene lugar en la faz del hombre conforme éste avanza en su lectura. La guía con un curtido dedo índice, amigo de numerosos inviernos y conocedor de la dureza de su compañía en horas de trabajo. Cuando la yema ya descansa sobre las últimas palabras, devuelve la libreta a mis manos y recorre el vaporoso paisaje con la mirada.

Para mi sorpresa, tras cruzar su mirada con la mía, comienza a explicar el rumbo a seguir en un notable inglés, el cual pese a su marcado acento turco, resulta facilmente comprensible. Sin embargo. el granjero no dispone del vocabulario necesario para hacerse entender apropiadamente. Por lo que tras pedirnos algo con lo que poder escribir, le entrego de nuevo el cuaderno donde, varios tachones después, dibuja un esquemático mapa del camino a seguir.

A veces lo imposible se hace más que probable. En apenas unos segundos, la pesadez del pasado que flotaba en aquel mar de nubes naufragaba, para reflotar un sentimiento añejo desligado de cualquier acontecimiento acontecido.
Una descarga eléctrica recorría mi cuerpo hasta la supercie más minúscula sin hallar opisición alguna, renovando el ánimo decaido, sanando los fríos y doloridos dedos de nuestros piés.

Jamás imaginé que él guardaría una última excursión a la que aventurarse…

Ascendiendo en la memoria, parte 2

A cada quiebro del camino, las gigantescas banderas coloradas parecen menguar su tamaño, hasta incluso desvanecerse entre la translucidad de un horizonte perdido desde hace varios minutos. El océano nuboso arrastra paulatinamente bestias marinas que devoran todo a su paso, desde su estómago la visibilidad está limitada a poco más que las paredes del propio órgano. Su paso es silencioso, salvo por el chocar de sus escamas con nuestros impermeables, los cuales provocan pequeñas hemorragias que llenan nuestros abrigos de minúsculas gotas cristalinas.

De pronto, una de las criaturas nos escupe y abandona el lugar. La vista se aclara y frente a nosotros se presenta una pequeña agrupación de casas, estando algunas aun en costrucción. La más cercana es un conjunto de vigas de madera y metal en la que un anciano trabaja de forma pausada pero decidida, como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacer un buen trabajo. Salvo aquel peculiar albañil, la población parece vacía y conserva el mismo callar al que el camino nos tenía acostumbrados.

Pocos metros despúes de superar el esqueleto de hierro y leño, los primeros indicios de haber escogido la senda correcta se hacen patentes. Un letrero en forma de flecha indica que nos encontramos cerca del Monte Pilav. Más por si quedaba espacio para la duda, un turco se materializa de la nada y nos pregunta por nuestro destino. Tras darle respuesta, nos señala el cartel y trata de explicarnos la forma que adopta el camino más adelante así como el tiempo que podría tomarnos recorrerlo, unas cuatro horas. Tras esto, nos informa de que podemos tomar un taxi hasta la cima, a lo que no tardamos en menear la cabeza de lado a lado y darle las gracias. Sorprendido, nos desea buena suerte y nos despedimos. Aunque la sorpresa no es solo suya, pues acabamos de entender todo lo que aquel amable caballero nos había dicho sin conocer más de tres palabras en turco. Al menos supimos decirle “hola”, “gracias” y “adios”.

Superamos el pueblo y el verde y el gris vuelven a apoderarse del decorado, aunque no por mucho tiempo ya que el camino vuelve a descubrirnos, tras una curva, un par de viviendas más.

De pronto, el eterno silencio se ve roto por el eco de una voz que resuena en todo el valle y que llega a nuestros oidos como un lejano susurro. Más la vibración no se limita a recorrer nuestros tímpanos, sino que viaja por la nuca, el cuello y la espalda hasta provocarnos un placentero escalofrío. La llamada a rezo ha comenzado y los cantares suenan al unísono por toda la montaña, como un coro que trata de contactar con su dios. Pero el mágico momento dura bien poco, ya que una chirriante y desafinada voz comienza a retransmitir desde un amplificador escondido en algún lugar entre los árboles. Caminamos un poco más entre la extraña conversación creada en apenas unos instantes, hasta que descubrimos el escondite de la fuente de aquel horrible sonido. Entre las copas de los árboles acaba de emerger un minarete desde el que varios altavoces acoplados vibran debido a la mala calidad del audio y a los altos decibelios del mismo.

Con el pueblo ya a nuestras espaldas, el estruendo vuelve a convertirse en susurro y, a pesar de no enmendar el mal sabor de boca del momento, los últimos cantos nos devuelven al estado de calma del que anteriormente disfrutábamos. De echo, se acrecenta, el asfalto comienza a convertirse gradualmente en un húmedo terreno pedregoso entre el verde y el naranja de la flora, que cada vez va tomando un aspecto más salvaje. Tras varios minutos caminando, cualquier rastro de vida humana en la zona desaparece. A nuestro al rededor unicamente pueden observarse espesas hileras de árboles, así como los arbustos que descansan a los pies de los mismos, todo ello adornado por un ambiente neblinoso que juega con las perspectivas a placer.

Tras el cambio de paisaje, el trayecto no varía demasiado, tampoco lo hacen nuestras sensaciones. Los únicos acontecimientos a destacar son el encontronazo con dos cazadores cocinando parte de su botín y un alto en el camino, durante el que aprovechamos para comer algo de fruta y admirar aún más el paisaje.

Los carteles indicando la dirección a seguir para alcanzar el monte en cuestión, se van sucediendo a lo largo del sendero, pero el dichoso momento de alcanzar el lugar parece no llegar nunca. Ni siquiera es posible vislumbrar un atisbo de cercanía a cumbre alguna, las esponjosas bestias siguen sin soltar a su presa y, por lo tanto, nosotros sin tener referencia de la meta.

De nuevo, el oleaje vuelve a arrastrar el cuerpo de una de sus criaturas, cubriendo por completo la zona e impidiendo ver más allá de unos pocos metros a la redonda. Caminamos prácticamente a ciegas, usando el sendero que pisamos cual bastón, es nuestra única referencia a confiar. Tras varios minutos caminando, la marea vuelve a fluir, apartando del camino al animal varado y permitiéndonos recobrar nuestro sentido robado de nuevo.

Sin embargo, antes de recuperar por completo la visión, algo llama la atención de otro de nuestros sentidos. Comienza a escucharse a lo lejos el tintineo de unas campanas que, debido a la suave brisa que sopla a nuestro favor, suena de forma intermitente y amortiguada, como si saltase de ventolera en ventolera cual niño entre camas elásticas. El inquietante sonido mantiene su carácter misterioso hasta que, conforme la niebla se disipa, la fuente de su origen se va revelando ante nuestros ojos. Unos pequeños cuernos se asoman sobre los arbustos contenidos tras un cercado de alambre de espino. Justo cuando ya dábamos por seguro que no tendríamos más compañía en lo que quedaba de camino.

Ascenciendo en la memoria, parte 1

31 de Octubre de 2017,

ayer acompañamos al sol en su búsqueda de descanso hasta llegar al recóndito pueblo, perdido entre nubes y montañas, de Maçka. Tras explorar un poco el lugar y hablar con algún que otro lugareño sobre nuestro lugar de origen, así como mentir sobre gustos deportivos que no compartimos, clavamos piquetas y desplegamos esterillas. Debemos esperar a que nuestro compañero de viaje despierte de su sueño. A eso de las seis de la mañana, su fulgor atraviesa la fina superficie de lona de la tienda de campaña, hay que ponerse en marcha.

Con todo recogido y la mochila llena, a diferencia de nuestro estómago, nos disponemos a encontrar un establecimiento en el que poder saciar nuestro apetito y el de nuestros seres queridos. Hace un par de días que no damos señales de vida. En plena búsqueda, una voz turca nos insta a detenernos, se trata de un militar que nos llama desde un puesto de vigilancia. Para nuestra sorpresa, es el quién se acerca a nosotros para entablar conversación, o al menos intentarlo, como ya es costumbre. Tras frustrarse al tratar de hacerse entender en su lengua materna, saca su teléfono móvil del bolsillo y da comienzo entre nosotros un chat en línea, de su mano a la mía y viceversa. Tras varias preguntas, saco mi cuaderno de la mochila y le muestro el pequeño escrito que el bueno de Ahmet transcribió hacía ya varios días. Siendo ya conocedor de nuestros motivos para visitar la población, nos advierte del temporal y nos facilita el número de emergencias del país. Un apretón de manos después, proseguimos a tratar de saciar nuestras necesidades.

Tras un breve paseo, el lugar elegido es un pequeño establecimiento regentado por una entrañable señora de cabello ya cano y oleaje en la piel. El plato más barato es una sopa cuyos ingredientes no nos quedan muy claros cuales son, pero igualmente le pedimos dos y nos acomodamos en una mesa. Varios minutos después, los humeantes cuencos descansan frente a nosotros. Antes de probar bocado, le mostramos a la mujer la pantalla de nuestro teléfono para que nos facilite la contraseña que nos separa de nuestra última tarea a tachar de la lista. Con el líquido ya apenas caliente y las huellas de varios trabajadores del local en nuestros celulares, por fin conseguimos comunicarnos con nuestras familias.

Tras varias flotas de barquitos de pan a la deriva, me dispongo a mostrarle el texto a la mesera. Al verme cuaderno en mano, llama a uno de los muchachos que previamente nos había ayudado a conectarnos a la red, quién no tarda mucho en acercarse. El joven lee un par de oraciones en voz alta hasta que, llegado cierto momento, la mujer le arrebata el cuaderno de las manos. Con los dedos mojados de estar cocinando y cierto temblor en los brazos, trata de leer lo descrito en unas páginas ya no tan blancas. Tras levantar la vista del papel, realiza varios gestos brúscamente con su mano izquierda y el trabajador abandona el establecimiento. A los pocos segundos, se asoma por la puerta y nos hace señas para que le sigamos. Sin dudarlo ni un segundo, recogo el cuaderno de manos de la señora y seguimos los pasos de su ayudante.

El muchacho nos lleva a una escaleras metálicas, las cuales rodean el local y suben hasta lo que parece el bar en el que se reunen gran parte de los pueblerinos. Entendemos que nos presenta al dueño y tras comunicarle nuestra nacionalidad le acerco el manoseado manojo de páginas. Cuando finaliza la lectura, dirige su mirada hacia una mesa que hace esquina entre dos grandes ventanales, la cual esta llena de varios caballeros disfrutando del clásico çai turco. Profiere varias palabras hacia los mismos y éstos pronto asienten con cierta pena en los rostros. Nuestro guía nos invita a acercarnos al grupo de hombres mientras estos añaden dos sillas más a la mesa.

Nos sentamos y tras presentarnos mutuamente, comienzan a narrarnos lo que creemos que es la crónica de lo sucedido hace ya catorce años.

Pese a la distancia que nos separa el idioma, sentimos extremádamente cercanas a aquellas personas y, si bien las palabras no nos aclaran nada, sus miradas y sus gestos nos sobran como explicación de lo que tratan de transmitirnos. Echo el silencio, procedemos a tratar de preguntarles si conocen a alguien que pueda llevarnos al lugar, traductor en mano, por supuesto. Nos cuentan que el lugar se encuentra a unos quince quilómetros de la población, pero que un taxi puede acercarnos a la zona sin problemas. Volvemos a preguntarles, esta vez acerca de que tal está el acceso a pie y las dificultades que pueda entrañar tal travesía. La respuesta es física antes que verbal, con el ceño fruncido profieren las primeras palabras en lengua sajona: “water”, “rain”. Y las acompañan de varios aspavientos con los brazos para hacernos entender que es una zona de niebla sumamente densa.
Damos el último sorbo al té que nos habían servido y les damos las gracias uno por uno, antes de levantarnos del asiento y despedirnos con un gesto de agradecimiento. Bajamos las escaleras metálicas y nos disponemos a recoger nuestras mochilas del local de la mesera, hay una excursión que preparar.

Tras contrastar la información recibida con nuestros mapas digitales y los datos que algunas páginas web reflejan, vemos más que necesario rebajar el peso de nuestras mochilas. Una ruta de casi treinta kilómetros (quince de subida y quince de bajada) con un peso de números similares es una locura que, aunque estoy dispuesto a llevar a cabo, no quiero arrastrar a mi amigo hacia la misma. Por lo que rebusco entre el contenido de mi mochila hasta dar con un manojo de bolsas de basura “tamaño contenedor”. Decidimos guardar en una de éstas todo lo que no sea comida, agua o material de acampada y escondemos nuestras pertencias entre unos arbustos. Con todo el material ya listo y colgado a nuestras espaldas, procedemos al ascenso.

Apenas dados los primeros pasos, comenzamos a sentir como músculos y tendones entran en calor y se preparan para la travesía que nos aguarda. Incluso nuestro compañero de viaje perdido, emerge entre el mar de nubes en el que las cumbres se hallan sumerguidas, saludándonos con una cálida caricia. Tan cálida que nuestra temperatura corporal se eleva de tal manera que no tardamos ni cinco minutos en rebajar el número de capas de abrigo. Sudores aparte, continuamos caminando por la gran calzada que sube montaña arriba, asfaltada en perfectas condiciones pero sin un quitamiedos que impida una caida tan impresionante como las vistas capaz de brindar. La escasa brisa que parece empujarnos montaña arriba, ondea las mastodónticas banderas nacionales repartidas a lo largo y ancho del valle. Si no fuera por su constante visión a lo largo del trayecto, perféctamente pudiera confundirse tal paisaje con el de la cordillera cantábrica o incluso con los Pirineos.

Los cúmulos nubosos quedan cada vez menos lejanos y la tímida brisa pasa a convertirse en un soplido que congela hasta la última gota de sudor. De pronto volvemos a quedarnos sin nuestra única compañia y la luminosa mañana se ve sumido en una gris tarde de domingo. La soledad es literal, somos las únicas almas que transitan por la zona a excepción de los pocos gatos que dormitan en los tejados. Tan solo algunos vehículos hacen el esfuerzo de ascender por la serpenteante carretera de montaña.

Curva a curva, la montaña nos regala una vista mejor que la anterior, permitíendonos tener cierta referencia de la distancia recorrida. A pesar de la hermosa panorámica, apenas puedo despegar la mirada del asfalto. Sigo sin creerme que estoy pisando la tierra que piso. Pero algo se encarga de sacarme de mi ensimismamiento, el rojo anaranjado de unos pequeños tomates creciendo al borde de la carretera llaman mi atención. Sin dudarlo un segundo, los recogemos, los lavamos y les damos el primer bocado. Llevábamos casi un mes sin probar un tomate fresco. A saber cuando volveremos a comer el próximo…

Necesidades y necesitados

Tras una larga mañana tratando de abandonar la mastodóntica ciudad de Tibilisi, no a dedo, sino buscando un bus para poder hacer autostop a las afueras, nos dirigimos a la estación central de tren. Tras una pesada caminata únicamente amainada por las múltiples paradas realizadas para buscar comida, en la basura claro está, llegamos llenos de bolsas a la edificación que parece albergar nuestro ansiado transporte.

Como ya es costumbre, nos abrimos paso entre una marea de gente cuyas miradas se ven imantadas por nuestras mochilas. Conforme nos acercamos a la construcción, nuestras dudas sobre si nos dirigimos al lugar indicado se acrecentan, la edificación esta llena de carteles publicitarios y letreros luminosos de conocidas marcas. A su vez, las personas que entran y salen a través de las cristalinas puertas deslizantes, portan todas ellas grandes bolsas con la misma tipografía que los neones de la fachada. Todo apunta a que nos encontramos frente a un centro comercial.

Sin nada que perder, nos dirigimos a la entrada y, una vez dentro, nos dividimos para reconocer rápidamente el lugar. Pronto encontramos un cartel con un esquemático mapa del edificio, en el que se muestra cómo la parte exterior está conformada por tiendas y en la interior se alberga la verdadera estación. En lugar de adentrarnos en el costructo, decidimos dejar las mochilas junto a unos asientos, así uno podrá ir sin carga en busca de información mientras el otro custodia las pertenencias de ambos.
Puede que ésta sea la estrategia estrella o al menos una de las más utilizadas en todo el viaje, hasta ahora ha probado funcionar a las mil maravillas.

Sentado junto a nuestras mochilas, observo como mi compañero se aleja para explorar la zona y recopilar información, aguardo ensimismado ante el constante ir y venir de personas. Poco tiempo pasa hasta que mi mirada se ve arrastrada por un niño de apenas diez años de edad, al que no puedo evitar quitar mi foco de encima. El infante, de a penas metro veinte, camina de forma despreocupada pero con paso confiado, vistiendo vaqueros, chaqueta de piel (o imitación) y boina. Pareciera todo un hombrecito en miniatura si no fuera por un detalle delatador, la mochila de spiderman que lleva a la espalda.

De pronto, el muchacho dirige sus andares hacia mi posición. Una vez frente a frente, se dirige a mi en un idioma que no comprendo, pero a pesar de la confusión mi instinto me roba el habla y me impulsa a menear la cabeza de lado a lado, muy lentamente. Estamos ya más que acostumbrados a ver niños pidiendo dinero en la calle, por lo que no sería ninguna novedad que éste fuera el caso. Ante mi respuesta, el joven palidece de golpe y de su rostro brota una combinación de vergüenza y lástima con una expresividad pasmosa.
Tras ésto, baja la mirada y gira su cuerpecito con intención de marcharse. Le freno, un poco afectado por su reacción y por mis propios impulsos acusivos, vuelven las palabras a mi boca, justo antes de dar el primer paso. Recurro al sajón para tratar de averiguar cuales eran sus intenciones pasadas, pero el niño, aun sin levantar cabeza, lanza un “okey” al suelo y se aleja caminando, como si pateara la palabra cual balón.

Un frío y rígido índice me señala de forma acusiva, el peso de la conciencia me sopesa y no puedo evitar sentirme extremadamente cruel. Aquel chico no era merecedor de mi desconfianza ni de tal pasividad. Me siento orgulloso del estado de alerta que he desarrollado con los años y que evita que se me coga con la guardia baja, pero no me agrada tanto que mi defensa sea el mejor ataque.

El remordimiento comienza a distorsionar mi visión de la realidad, provocando que lo que apenas serían treinta segundos se conviertan en un lapso de tiempo desesperantemente largo. Pasado dicho medio minuto, el chico vuelve a aparecer ante mis ojos, emisor de la misma energía que yo creía haber fulminado. Con paso confiado y rostro alegre, deambula por las inmediaciones del parking situado frente a la estación, cual fantasma de otro tiempo.

La idea de acercarme a él de nuevo se desliza en reiteradas ocasiones entre mis pensamientos, más no actúo. En su lugar, me quedo observando desde mi puesto de vigía, como si no quisiera arruinar aquella delicada imagen que se proyecta frente a mí. Diapositiva a diapositiva, el mocete se aleja y sigo sin poder apartar la mirada de su inocente semblante.

De pronto, en uno de los fotogramas advierto algo extraño, la mirada del chico cambia, como si tratase de buscar algo de forma disimulada. Para poco después volver a mostrar inocencia en sus cristalinos y vuelta a la posición anterior. El suceso se repite en varias ocasiones en tan solo un par de segundos, por lo que desconcertado, sigo la dirección de aquel mirar intermitente. Para mi sorpresa, me topo con otro muchacho de envergadura y edad similares, aunque sin guardar una apariencia tan adorable como el primero. El chico se encuentra estático, con las manos en los bolsillos y apoyado contra una columna, pero también realiza el mismo cambio de máscaras que su semejante.

Observando la escena cual partido de tennis, soy testigo de la conversación que los dos chicos mantienen sin hacer uso de palabras ni gestos, sus habilidades están a años luz del lenguaje al que más recurrimos en este viaje. Pero la exhivición no dura demasiado, el muchacho de la columna abandona su apoyo para acercarse hasta un hombre que disfruta de su aparetivo, un hojaldre de queso típico del país. A continuación, la diminuta mano en forma de cuenco aparece entre los cuerpos de ambos, entiendo al instante lo que está ocurriendo.

La escena termina con un intento fallido de robo y una retirada inmediata por parte de los chicos. Cuánto me alegro de ser un jodido desconfiado…

A los pocos intantes del cierre de telón del suceso anterior, mi compañero aparece con una sonrisa de oreja a oreja, ha encontrado un trasporte y más barato de lo que esperábamos. Ambos recogemos las mochilas del suelo para volver a cargarlas a la espalda, no sin antes soltar un pequeño gruñido por el esfuerzo, y nos dirigimos a la dársena del bus a tomar.

Mientras nos sumergimos de nuevo en el océano humano, una chica extremadamente alta y esbelta, al menos para su edad (unos quince años), comienza a seguirnos de cerca. La muchacha no tarda ni un instante en revelar sus intenciones cuando, tan pronto como puede, estira su brazo para tratar de alcanzar la carga de mi compañero. En su mano derecha, éste porta el manojo de bolsas en las habíamos guardado los alimentos recolectados durante el trayecto del día, botín que no para de sacudir.

Tras escuchar los quejidos que acompañan a cada meneo, el muchacho se gira y sin saber muy bien que decir, trata de calmar a la chica. Ésta no cesa en su insistente ruego e, incluso frente a los atónitos ojos de mi compañero, continua zarandeando las bolsas. La situación se mantiene sin cambios durante varios segundos, hasta que por fín él consigue que la chica se calme y atienda a lo que tratan de transmitirle. El muchacho recurre a la lengua de siempre para hacerse entender, pero esto no gusta a la muchacha, quien reanuda su incesante demanda.

Mi compañero, desesperado, trata de cruzar su mirada con la mía en búsqueda de aprobación, pero yo me hayo ya tratando de preguntar al conductor del automóvil por el lugar a guardar nuestras mochilas. Con el intento de comunicación fallido, vuelve a tratar de establecer conversación con la joven, la cual sigue en sus trece.

Un tanto molesto, el más que increpado muchacho, recurre a su último recurso, la mímica. Con lo que comienza a señalar al suelo, seguídamente a las bolsas de basura, para culminar la actuación con un gesto de llevarse alimento a la boca.

La performance se repite numerosas veces, alternando en algunas ocasiones el suelo por un cubo de basura cercano. Puede que debido a la constante aliteración, en determinado momento la muchacha abandona su postura encorbada y demandante, y se queda totalmente hierática observándo el espectáculo. Su gesto cambia de forma brusca cuando entiende el mensaje de la obra, a lo que mi compañero aprovecha para confirmarle a la chica su sospecha.

Una vez conocida la verdad, la actitud insistente y constante de la flaca parecen cosa del pasado. Realiza un gesto de desinterés y se da media vuelta para alejarse, perdiéndose poco después entre la multitud.

Las necesidades de los necesitados no son siempre tan necesarias ni éstos tan necesitados. No tiene más el que menos necesita, pero puede que el que menos tiene menos necesite, o menos lo demande.

Dos sombras en Georgia

De noche llegamos y de noche nos perdimos,
dos sombras en la noche caminando sin camino,
buscando lugar tan barato como el aire
en el que descansar y cerrar punto y aparte.
Anhelando tierra y campo, tratamos de abandonar la urbe,
más sólo cambiamos el hierro por la herrumbre,
el cemento por la piedra y la sirena por el ladrido,
todo aparentaba abandono o tener dueño desconocido.

Andubimos de barrio en barrio sin mayor testigo que la luna,
quién brillaba bien saciada en el firmamento.
De pronto, luz fría y cálida en la tiniebla oscura,
nuestras caras se iluminan y no es de alegría,
un vehículo se aproxima raudo desde la lejanía,
no son los cannes los únicos guardianes nocturnos.
El bólido amaina su marcha y estaciona frente a nosotros,
sus ocupantes profieren palabras que desconozco
y ante la confusión recurro al sajón para dar saludo.
Caras frustadas es lo único que recibo,
a continuación un gesto de indiferencia,
pedal a fondo y acelerar hasta perder nuestra presencia,
seguimos en la misma situación y para colmo en mayor estado de alerta.
Nos disponemos a reanudar búsqueda
cuando de pronto la oscuridad huye de nuevo,
el carro se acerca dando tumbos por los huecos del pavimento.
Deja vu que se repite y misma respuesta,
esta vez nos ofrecen un teléfono que acerco a mi oreja.
Por fín recibo saludo de vuelta,
el hombre del otro lado trata de conocer el rumbo de nuestra senda
a lo que escondo intenciones y tiendo una treta:
buscamos colchón en el que apaciguar ideas
más erramos y la noche nos cubrió con su tela.
A continuación, devuelvo el dispositivo a su propietario
para que su traductor informe sobre lo transmitido.
La voz ronca susurra en su oido mientras
el comisario
no nos quita ojo, siempre con el ceño fruncido.

Minutos más tarde tachamos otro reto de nuestra lista,
la policía nos invitan a subir,
quieren hacerle un favor a un par de turistas.
El viaje es corto, la conversación más aun,
el silencio no se rompe hasta que nos piden el pasaporte,
sacamos el documento sin esperar un segun-
do-tado de ello, el conductor para el transporte.
Tras revisarlo, somo invitados a salir,
diría con amabilidad pero más
amable hubiera sido un puño en la nariz.

Frente a nosotros, una calle abarrotada de hostales,
decidimos dividirnos para llamar de puerta en puerta,
el lugar nos da igual solo queremos la mejor oferta.
Ambos somos recibidos por ojos somnolientos
colocados entre rasgos singulares,
frentes respingonas, parpados victimas de hinchamiento,
labios carnosos de proporciones colosales.
Tras ser tasado nuestro reposo,
volvemos a encontrarnos en el asfalto,
los precios no nos convencen
y discutimos sin llegar a un trato.
Hace horas que la oscuridad se esparce
y una habitación ya no suena rentable,
tres horas no separan del amanecer
y ninguna opción parece aceptable.
Es necesaria la intervención de un tercero
para salir del atolladero,
la puerta del hostal más cercano se abre
y brota de ella uno de los caseros.
Su penetrante mirada nos deja sin habla,
esperamos intervención más
interjece sin uso alguno de palabra.
Libera de sus manos unos gruesos dedos
que se despliegan lentamente
cual planta carnívora al tender cebo,
más no trata de echarnos el anzuelo,
de echo él es quién está bajo las redes
y nosotros manejamos el barco pesquero.
En breve entenderímos la propuesta,
su hostal se hallaba completamente vacío
y la única visita del día sería la nuestra.
Con el cerebro ya sobre la almohada
y los ojos en dirección al techo,
poco tardaríamos en caer en la nada
y encontrar profundo descanso en el lecho.

Anagnórisis viajerístico

Que placer. Estoy disfrutando muchísimo, sin embargo no siento que sea una persona renovada catharticamente, eso de “Me ha cambiado la vida” (Que es un poco lo que la gente esperaba de mí viaje, quizás yo también).

La catharsis experimentada por un viaje interior lo he realizado miles de veces durante la carrera, quebrándome a mi mismo para montarme a continuación. Me he escuchado tanto que he llegado a acabar exhausto de estar conmigo mismo.

Este viaje no es para conocerme, es para conocer el mundo. Para estar en escucha con el otro.

“Es un viaje físico-espiritual porque mi alma va con mi cuerpo, aunque alguna vez viaje a casa”

 

Víctor MB (Tibilisi, in a Rainbow house)

En el desierto

El amor de una madre acariciando el pensamiento de un crío.

El placer del tiempo detenido, ignorado, y la mente creciendo vorazmente, volando.

Ansiedad arraigada en tierra desconocida, que se alimenta del miedo a perder una parte de lo que soy por una de lo que seré.

Miedo a que el mundo gire sin mi.

Terror a la fecha de caducidad de la juventud, miedo a perder una pieza irremplazable.

La brisa perturba mis pensamientos, llevándolos lejos, dejando paz, calma, armonía… Dedicarme tiempo en silencio, tiempo en brisa, como mecanismo para llegar a mi mismo.

 

Víctor MB en un desierto entre Goreme y Uchisar

Pánico en el autobús (un relato de Halloween)

-¡Jodo Diego! Lo tuyo ya no es ni media normal. Solo encuentras dulces.
-Será por todos los que no me he comido durante años en España…  – Ambos comenzaron a reir.

Y vaya que si encontraría, vaya que sí…

Tras pasar varios dias en Estambul y no tener demasiado éxito haciendo dedo para salir de la ciudad, el autobús se convirtió en nuestro as en la manga al que recurrir. Por lo que nos dirigimos a la estación de buses, compramos los billetes y esperamos varias horas hasta la llegada del mismo. La espera se prorrogaría más de lo esperado hasta que finalmente conseguimos abandonar las urbanitas puertas de asia a eso de la media noche.

El destino, el pequeño pueblo de Göreme (en plena Capadoccia), distaba a unas nueve horas de trayecto, por lo que el viaje iba a estar más bien ligado al sueño y el descanso. Sentados ya en nuestros asientos (los del final del vehículo, donde suele haber cuatro) y con las luces internas del transporte apagadas, no tardamos demasiado en acomodarnos y sellar nuestros párpados.

Aún despierto, intuyo un sonido entre el ruido del motor y el vibrar de las ventanillas. Son los pasos del azafato. Sí, viajamos en autobuses de bajo coste con azafato, Turquía es así. El muchacho se aproxima tratando de manetener el equlibrio mientras se va parando pasajero por pasajero para entregarles algo. Con la escasa luz no consigo ver de que se trata hasta que se encuentra frente a mi, mostrándome en una de sus manos el emboltorio de un bollito de fresa. No tengo demasiado apetito y menos aun para ese tipo de empalagosidades (ya probamos uno en un viaje anterior, no fue como para repetir), por lo que dirigo mi mirada hacia Victor. Busco averiguar si a el le apetece comer el dulce, pero ya se encuentra arropado por Morfeo. Ante la duda, vuelvo a mirar al azafato y le cogo el paquete de la mano acompañando la acción con un gesto de agradecimiento.
Me guardo la nueva adquisición en el bolsillo. Vuelvo a cerrar los ojos y recuesto la cabeza en el asiento.

Pasado cierto tiempo, el automóvil pega un pequeño bote provocado por un bache. Victor y yo despertamos y nos miramos desconcertados, como si uno de los dos hubiera levantado al otro por algún motivo. Tras un instante y sin mediar palabra, nos damos cuenta de lo ocurrido y nuestras miradas hacen llegar al otro que hemos damos por entendido el suceso. Tras esto, palpo en mis pantalones buscando el bollo, cuando lo encuentro, introduzco la mano en mi bolsillo y le ofrezco el dulce a mi compañero de viaje.

Varios minutos después, lo único que queda del dulce son unas pocas migas repartidas por el suelo del transporte. Finalizado el aperitivo, Victor vuelve a cerrar los ojos como si nada hubiera ocurrido. Poco tiempo despúes, le imito y caigo profundamente dormido.

De pronto, noto una presencia junto a mi acompañada de un golpe en mi pierna izquierda, abro los ojos súbitamente, sin estar muy seguro de si lo que he sentido era físico o no. Para mi sorpresa, veo como el azafato me sonrie desde el asiento de mi lado, parece que se ha sentado para descansar el también. No le doy demasiada importancia y prosigo descansando. No vuelvo demasiado a caer profundamente dormido, al fín y al cabo, habíamos tenido un día muy largo.

Más desconcertado que la vez anterior, vuelvo a despertarme notando algo sobre mi pierna izquierda. Tardo bastante en poder aclarar la vista entre la oscuridad que inunda el vehículo, por lo que parpedo numerosas veces antes de conseguir discernir algo. Con la mente y la visión un poco más frescos, por fin consigo ver que es lo que había sentido con mi tacto. Para mi sorpresa, el muchacho de los bollos de fresa se encuentra acomodado, en su asiento, en posición fetal de espaldas a mi. Hasta ahí ningún problema, nada fuera de lo común. Hasta el momento en el que me percato de que se ha colocado con sus nalgas apoyadas en mi pierna izquierda, a la altura de mi pelvis. Ante tal situación, no se muy bien como reaccionar, ya que no me apetece despertar a nadie. Ni al muchacho, ni a Victor, ni a ninguna de las personas que descansan a mi al rededor, por lo que permanezco en silencio varios segundos. No tengo demasiado tiempo para pensar en que hacer, ya que vuelvo a sobresaltarme de nuevo por algo. Noto el rozar de unos dedos en mi mano izquierda, la cual había quedado entre mis piernas tras quedarme dormido hacía ya cierto tiempo. Sigo sin reaccionar, la situación me desconcierta y no se muy bien que hacer, pero no quiero despertar a nadie, por lo que sigo mudo en la oscuridad del autobús.

Permanezco estático en mi asiento, hasta que noto algo que me confirma que no soy el único que permanece despierto en el autobús. El suave tacto de unos dedos pasa a convertirse en una mano que tira de la mia. Pronto, ambas chocan contra algo, las posaderas del inesperado pasajero de mi asiento aledaño. Ahora sí que reaccionó sin lugar a dudas, aparto mi extremidad del lugar de impacto y trato de moverme para apartar de mi el peso que me retiene sentado. Poco tiempo pasa hasta que vuelvo a sentir su mano de nuevo, esta vez acercándose desde mi rodilla derecha hacia mi estómago, o algún lugar cercano. Vuelvo a apartarle la mano y giro todo mi cuerpo bruscamente para poder liberarme, hasta acabar dándole la espalda, culo con culo. Todo sin generar el menor sonido.

Para mi sorpresa, no tardo demasiado en que mi tacto deje de notar el del azafato, pues este se levanta bruscamente en dirección a la parte delantera del vehículo. Dado el momento, se sienta en uno de los asientos que quedaban libres cerca del conductor. Casi sin poder creer lo ocurrido y pensando que mi cerebro ha debido de exagerarlo todo por estar aun medio dormido, vuelvo a cerrar los ojos. Como si no hubiera ocurrido nada. Pero esta vez no soy abrazado por Morfeo tan rápido, no puedo evitar pensar en lo acontecido hace un momento. Hago un minucioso repaso de acontecimientos y unas horas más tarde consigo encontrar descanso.

Como siempre, todo queda entre risas horas más tarde, con una nueva historieta inventada. Dando explicación al profundo sueño de Victor y el porqué recibí un solo bollo para los dos…

Sí, solo encuentro dulces.