Por amor al (moj)arte

Un rugido en los cielos se alza. Tras él, un suave repiqueteo comienza a rodear las inmediaciones del habitáculo. Pese al madrugón, llego tarde. O tal vez no.

Una vez vestido y con todo en la mochila, me cuelgo todo de hombros y cuello y cubro mi cuerpo y pertenencias con el abrigo. Acabo de coger “varios kilitos de más”.

La descarga de agua es incesante y parece encontrarse en su apogeo. Tardo poco en experimentarla en mis propias carnes tras abandonar la cobertura del aportalado hostal.

Una combinación de calor y condensación tardan poco en darse cita por todo mi cuerpo. Pese a la impermeabilidad de la vestimenta, la humedad alcanza mi piel. No tengo del todo claro cuál de los enveses está más empapado.

El adoquinado revela su pésimo estado de conservación haciendo de las aceras una suerte de archipiélagos. Rememorando programas televisivos de antaño, salto de baldosa en baldosa tratando de evitar el peligro. Pero la escasa luz provoca que evitar mojarse pierda el sentido.

El paisaje a mi al rededor muta por momentos. Cambio las calles escasamente iluminadas por oscuros túneles llenos de miradas, para poco después estar ciego en una especie de valle. Tratando de buscar el río y un puente que lo cruce, desciendo la ladera, casi en picado, apenas distingo los escalones de bajada.

Superada la hondonada, un enorme estadio brota de entre las sombras gracias al pasar de vehículos. Según el mapa y mi memoria, el camino a seguir hacia el ansiado destino no se encuentra muy lejos.

El tímido eco de las gotas de lluvia es lo único que permite orientarse en la penumbra. Aunque éstas no solo caen sobre el asfalto. Las lentes de mis gafas son un mosaico de perlas, tanto de lluvia como de cosecha propia.

Al girar una curva, el luminoso cartel de una gasolinera descubre un cruce de carriles. Tengo claro cual he de tomar, más la limitada visibilidad de la zona genera tal confusión que termino sin saber la dirección escogida.

Trato de aclarar la vista con la parte inferior de mi jersey, más la escasa iluminación no consigue sacarme de dudas. Pocos segundos más tarde, deslumbrado por los faros de un transeunte, compruebo que la lluvia ha vuelto a apoderarse de la transparencia de mis gafas.

Deambulando de farola en farola, trato de alcanzar el final de una calle que no vislumbro. La cordura baja por momentos, hasta hallarme cual tripulante a la deriva de un barco sin compás ni planisferio.

El evitar mojarme no es el único sin sentido, a éste se le suman otros cinco que no guardan mayor utilidad que la de no acabar estampado contra lo único que otorga referencia.

Hace lustros que superé el pavor que sentía hacia las tinieblas de la noche. Pensaba que dominaba sus artimañas y que incluso me resultaba cómodo su abrazo, más esta carta jamás la había descubierto antes.

No es la privación de poder ubicar mi cuerpo en el espacio lo que me abruma. Ni tampoco las posibles amenazas externas que puedan surgir. Sino la venda que, lejos de no permitirme otear, redirige el sentido de mis pupilas hacia mi interior. Hasta sentirme una llama atosigada por la humedad del aire de mi celda y la porosidad de sus paredes, las cuales impiden el paso de la tempestad pero dejan sentir su gélida caricia. Como un fuego fatuo que se desorienta a si mismo con su danzar, pero debe bailar tratando de iluminar su camino como única via de escape. Sintiéndose impotente ante la adversidad con las herramientas que dispone.

La introvisión es total, sin mayor referencia que la de mi consciencia, camino por una larga avenida que parece no terminar nunca. De pronto, la lluvia cesa. Y la borrasca recoge el manto nuboso que llevaba extendido en el cielo varias horas. Con la tregua, recupero la visión, no solo la de mis alrededores, sino también la del horizonte.

En una de las elevaciones de tierra colindantes a la ciudad, la luminosidad de una gran antena destaca entre la devoradora oscuridad de una ciudad que supera el millón de habitantes.

Por fín con algo a lo que atenerme como referencia, dibujo mentalmente un mapa mental con mi posición y el camino a tomar. Toca retroceder sobre los pasos andados.

Con la visión restablecida, el camino de vuelta se torna apacible y de una duración sorprendentemente corta. Pronto me hallo frente al cruce de mi desdicha, siguiendo a la sombra dibujada con mi cuerpo por la luz de la gasolinera.

De pronto, lo entiendo todo. Aún creyéndome conocedor de la luz y sus jugarretas, no fui capaz de evadir uno de sus más famosos trucos: sólo es posible ver entre las sombras cuando uno se ha sumergido en ellas.

Atraido cual polilla por la luna, no pude evitar acelerar mi paso la primera vez que vislumbré el aparentemente amparante fulgor del negocio. Lo cual ocasionó mi posterior estravio.

Situado en el mismo punto desde el que había advertido por primera vez la estación de servicio, esta vez de espaldas al resplandor, advierto el camino a seguir. Entre las sombras que ocultan el empedrado del muro que sigue a una ascendente calzada, el juego de perspectivas se produce y, fila a fila, las baldosas se van desplazando hasta conformar unos escalones.

Una vez sabido ver el sendero, la excitación y tormento de la aventura se transforman en un plácido paseo. El ascenso es duro, más no se trata de una dificultad desconocida, por lo que el ascenso dura más bien poco.

En la cima, el recibimiento es frío, silencioso y sutil. Un delicado paisaje de de luces artificiales me rodea hasta perderse, con la brisa, en el horizonte. En las proximidades, todo es oscuridad a excepción de una pequeña llama. El objetivo de mi búsqueda. Un fuego inextingible capaz de soportar cualquier temporal.

Pese a la belleza del momento, no puedo evitar pensar en lo vivido hasta llegar allí. En como lo que estaba pensado ser una experiencia relajante y meramente contemplativa puede llegar a exigir tal implicación. En como una sencilla excursión de apenas varios kilómetros, puede llegar a triplicar su extensión y llenarse de adversidades más allá del plano físico. En como fuerzas tan antiguas pueden seguir manipulándonos a su antojo, hasta sacar a la luz nuestras debilidades supuestamente superadas para recordarnos la indefensión que encierran. En como unos elementos tan simples albergan tamaña potencia, siendo más que suficientes para entrar en la psique humana y suscitar en ésta cualquier tipo de mensaje o emoción.

Vine buscando arte y arte fue lo que encontré. Estoy empezando a cansarme un poco de esa cita que dice: “Lo importante no es el destino, sino el camino”. Puede que se deba a que resulte ser cierta en la gran mayoría de ocasiones que es puesta a prueba. ¿A quién quiero engañar? No me canso de llenar mis piés de callos, en ambos sentidos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *