Ascenciendo en la memoria, parte 1

31 de Octubre de 2017,

Ayer acompañamos al sol en su búsqueda de descanso hasta llegar al recóndito pueblo, perdido entre nubes y montañas, de Maçka. Tras explorar un poco el lugar y hablar con algún que otro lugareño sobre nuestro lugar de origen, así como mentir sobre gustos deportivos que no compartimos, clavamos piquetas y desplegamos esterillas. Debemos esperar a que nuestro compañero de viaje despierte de su sueño. A eso de las seis de la mañana, su fulgor atraviesa la fina superficie de lona de la tienda de campaña, hay que ponerse en marcha.

Con todo recogido y la mochila llena, a diferencia de nuestro estómago, nos disponemos a encontrar un establecimiento en el que poder saciar nuestro apetito y el de nuestros seres queridos. Hace un par de días que no damos señales de vida. En plena búsqueda, una voz turca nos insta a detenernos, se trata de un militar que nos llama desde un puesto de vigilancia. Para nuestra sorpresa, es el quién se acerca a nosotros para entablar conversación, o al menos intentarlo, como ya es costumbre. Tras frustrarse al tratar de hacerse entender en su lengua materna, saca su teléfono móvil del bolsillo y da comienzo entre nosotros un chat en línea, de su mano a la mía y viceversa. Tras varias preguntas, saco mi cuaderno de la mochila y le muestro el pequeño escrito que el bueno de Ahmet transcribió hacía ya varios días. Siendo ya conocedor de nuestros motivos para visitar la población, nos advierte del temporal y nos facilita el número de emergencias del país. Un apretón de manos después, proseguimos a tratar de saciar nuestras necesidades.

Tras un breve paseo, el lugar elegido es un pequeño establecimiento regentado por una entrañable señora de cabello ya cano y oleaje en la piel. El plato más barato es una sopa cuyos ingredientes no nos quedan muy claros cuales son, pero igualmente le pedimos dos y nos acomodamos en una mesa. Varios minutos después, los humeantes cuencos descansan frente a nosotros. Antes de probar bocado, le mostramos a la mujer la pantalla de nuestro teléfono para que nos facilite la contraseña que nos separa de nuestra última tarea a tachar de la lista. Con el líquido ya apenas caliente y las huellas de varios trabajadores del local en nuestros celulares, por fin conseguimos comunicarnos con nuestras familias.

Tras varias flotas de barquitos de pan a la deriva, me dispongo a mostrarle el texto a la mesera. Al verme cuaderno en mano, llama a uno de los muchachos que previamente nos había ayudado a conectarnos a la red, quién no tarda mucho en acercarse. El joven lee un par de oraciones en voz alta hasta que, llegado cierto momento, la mujer le arrebata el cuaderno de las manos. Con los dedos mojados de estar cocinando y cierto temblor en los brazos, trata de leer lo descrito en unas páginas ya no tan blancas. Tras levantar la vista del papel, realiza varios gestos brúscamente con su mano izquierda y el trabajador abandona el establecimiento. A los pocos segundos, se asoma por la puerta y nos hace señas para que le sigamos. Sin dudarlo ni un segundo, recogo el cuaderno de manos de la señora y seguimos los pasos de su ayudante.

El muchacho nos lleva a una escaleras metálicas, las cuales rodean el local y suben hasta lo que parece el bar en el que se reunen gran parte de los pueblerinos. Entendemos que nos presenta al dueño y tras comunicarle nuestra nacionalidad le acerco el manoseado manojo de páginas. Cuando finaliza la lectura, dirige su mirada hacia una mesa que hace esquina entre dos grandes ventanales, la cual esta llena de varios caballeros disfrutando del clásico çai turco. Profiere varias palabras hacia los mismos y éstos pronto asienten con cierta pena en los rostros. Nuestro guía nos invita a acercarnos al grupo de hombres mientras estos añaden dos sillas más a la mesa.

Nos sentamos y tras presentarnos mutuamente, comienzan a narrarnos lo que creemos que es la crónica de lo sucedido hace ya catorce años.

Pese a la distancia que nos separa el idioma, sentimos extremádamente cercanas a aquellas personas y, si bien las palabras no nos aclaran nada, sus miradas y sus gestos nos sobran como explicación de lo que tratan de transmitirnos. Echo el silencio, procedemos a tratar de preguntarles si conocen a alguien que pueda llevarnos al lugar, traductor en mano, por supuesto. Nos cuentan que el lugar se encuentra a unos quince quilómetros de la población, pero que un taxi puede acercarnos a la zona sin problemas. Volvemos a preguntarles, esta vez acerca de que tal está el acceso a pie y las dificultades que pueda entrañar tal travesía. La respuesta es física antes que verbal, con el ceño fruncido profieren las primeras palabras en lengua sajona: “water”, “rain”. Y las acompañan de varios aspavientos con los brazos para hacernos entender que es una zona de niebla sumamente densa.
Damos el último sorbo al té que nos habían servido y les damos las gracias uno por uno, antes de levantarnos del asiento y despedirnos con un gesto de agradecimiento. Bajamos las escaleras metálicas y nos disponemos a recoger nuestras mochilas del local de la mesera, hay una excursión que preparar.

Tras contrastar la información recibida con nuestros mapas digitales y los datos que algunas páginas web reflejan, vemos más que necesario rebajar el peso de nuestras mochilas. Una ruta de casi treinta kilómetros (quince de subida y quince de bajada) con un peso de números similares es una locura que, aunque estoy dispuesto a llevar a cabo, no quiero arrastrar a mi amigo hacia la misma. Por lo que rebusco entre el contenido de mi mochila hasta dar con un manojo de bolsas de basura “tamaño contenedor”. Decidimos guardar en una de éstas todo lo que no sea comida, agua o material de acampada y escondemos nuestras pertencias entre unos arbustos. Con todo el material ya listo y colgado a nuestras espaldas, procedemos al ascenso.

Apenas dados los primeros pasos, comenzamos a sentir como músculos y tendones entran en calor y se preparan para la travesía que nos aguarda. Incluso nuestro compañero de viaje perdido, emerge entre el mar de nubes en el que las cumbres se hallan sumerguidas, saludándonos con una cálida caricia. Tan cálida que nuestra temperatura corporal se eleva de tal manera que no tardamos ni cinco minutos en rebajar el número de capas de abrigo. Sudores aparte, continuamos caminando por la gran calzada que sube montaña arriba, asfaltada en perfectas condiciones pero sin un quitamiedos que impida una caida tan impresionante como las vistas capaz de brindar. La escasa brisa que parece empujarnos montaña arriba, ondea las mastodónticas banderas nacionales repartidas a lo largo y ancho del valle. Si no fuera por su constante visión a lo largo del trayecto, perféctamente pudiera confundirse tal paisaje con el de la cordillera cantábrica o incluso con los Pirineos.

Los cúmulos nubosos quedan cada vez menos lejanos y la tímida brisa pasa a convertirse en un soplido que congela hasta la última gota de sudor. De pronto volvemos a quedarnos sin nuestra única compañia y la luminosa mañana se ve sumido en una gris tarde de domingo. La soledad es literal, somos las únicas almas que transitan por la zona a excepción de los pocos gatos que dormitan en los tejados. Tan solo algunos vehículos hacen el esfuerzo de ascender por la serpenteante carretera de montaña.

Curva a curva, la montaña nos regala una vista mejor que la anterior, permitíendonos tener cierta referencia de la distancia recorrida. A pesar de la hermosa panorámica, apenas puedo despegar la mirada del asfalto. Sigo sin creerme que estoy pisando la tierra que piso. Pero algo se encarga de sacarme de mi ensimismamiento, el rojo anaranjado de unos pequeños tomates creciendo al borde de la carretera llaman mi atención. Sin dudarlo un segundo, los recogemos, los lavamos y les damos el primer bocado. Llevábamos casi un mes sin probar un tomate fresco. A saber cuando volveremos a comer el próximo…

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