Ascendiendo en la memoria, parte 2

A cada quiebro del camino, las gigantescas banderas coloradas parecen menguar su tamaño, hasta incluso desvanecerse entre la translucidad de un horizonte perdido desde hace varios minutos. El océano nuboso arrastra paulatinamente bestias marinas que devoran todo a su paso, desde su estómago la visibilidad está limitada a poco más que las paredes del propio órgano. Su paso es silencioso, salvo por el chocar de sus escamas con nuestros impermeables, los cuales provocan pequeñas hemorragias que llenan nuestros abrigos de minúsculas gotas cristalinas.

De pronto, una de las criaturas nos escupe y abandona el lugar. La vista se aclara y frente a nosotros se presenta una pequeña agrupación de casas, estando algunas aun en costrucción. La más cercana es un conjunto de vigas de madera y metal en la que un anciano trabaja de forma pausada pero decidida, como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacer un buen trabajo. Salvo aquel peculiar albañil, la población parece vacía y conserva el mismo callar al que el camino nos tenía acostumbrados.

Pocos metros despúes de superar el esqueleto de hierro y leño, los primeros indicios de haber escogido la senda correcta se hacen patentes. Un letrero en forma de flecha indica que nos encontramos cerca del Monte Pilav. Más por si quedaba espacio para la duda, un turco se materializa de la nada y nos pregunta por nuestro destino. Tras darle respuesta, nos señala el cartel y trata de explicarnos la forma que adopta el camino más adelante así como el tiempo que podría tomarnos recorrerlo, unas cuatro horas. Tras esto, nos informa de que podemos tomar un taxi hasta la cima, a lo que no tardamos en menear la cabeza de lado a lado y darle las gracias. Sorprendido, nos desea buena suerte y nos despedimos. Aunque la sorpresa no es solo suya, pues acabamos de entender todo lo que aquel amable caballero nos había dicho sin conocer más de tres palabras en turco. Al menos supimos decirle “hola”, “gracias” y “adios”.

Superamos el pueblo y el verde y el gris vuelven a apoderarse del decorado, aunque no por mucho tiempo ya que el camino vuelve a descubrirnos, tras una curva, un par de viviendas más.

De pronto, el eterno silencio se ve roto por el eco de una voz que resuena en todo el valle y que llega a nuestros oidos como un lejano susurro. Más la vibración no se limita a recorrer nuestros tímpanos, sino que viaja por la nuca, el cuello y la espalda hasta provocarnos un placentero escalofrío. La llamada a rezo ha comenzado y los cantares suenan al unísono por toda la montaña, como un coro que trata de contactar con su dios. Pero el mágico momento dura bien poco, ya que una chirriante y desafinada voz comienza a retransmitir desde un amplificador escondido en algún lugar entre los árboles. Caminamos un poco más entre la extraña conversación creada en apenas unos instantes, hasta que descubrimos el escondite de la fuente de aquel horrible sonido. Entre las copas de los árboles acaba de emerger un minarete desde el que varios altavoces acoplados vibran debido a la mala calidad del audio y a los altos decibelios del mismo.

Con el pueblo ya a nuestras espaldas, el estruendo vuelve a convertirse en susurro y, a pesar de no enmendar el mal sabor de boca del momento, los últimos cantos nos devuelven al estado de calma del que anteriormente disfrutábamos. De echo, se acrecenta, el asfalto comienza a convertirse gradualmente en un húmedo terreno pedregoso entre el verde y el naranja de la flora, que cada vez va tomando un aspecto más salvaje. Tras varios minutos caminando, cualquier rastro de vida humana en la zona desaparece. A nuestro al rededor unicamente pueden observarse espesas hileras de árboles, así como los arbustos que descansan a los pies de los mismos, todo ello adornado por un ambiente neblinoso que juega con las perspectivas a placer.

Tras el cambio de paisaje, el trayecto no varía demasiado, tampoco lo hacen nuestras sensaciones. Los únicos acontecimientos a destacar son el encontronazo con dos cazadores cocinando parte de su botín y un alto en el camino, durante el que aprovechamos para comer algo de fruta y admirar aún más el paisaje.

Los carteles indicando la dirección a seguir para alcanzar el monte en cuestión, se van sucediendo a lo largo del sendero, pero el dichoso momento de alcanzar el lugar parece no llegar nunca. Ni siquiera es posible vislumbrar un atisbo de cercanía a cumbre alguna, las esponjosas bestias siguen sin soltar a su presa y, por lo tanto, nosotros sin tener referencia de la meta.

De nuevo, el oleaje vuelve a arrastrar el cuerpo de una de sus criaturas, cubriendo por completo la zona e impidiendo ver más allá de unos pocos metros a la redonda. Caminamos prácticamente a ciegas, usando el sendero que pisamos cual bastón, es nuestra única referencia a confiar. Tras varios minutos caminando, la marea vuelve a fluir, apartando del camino al animal varado y permitiéndonos recobrar nuestro sentido robado de nuevo.

Sin embargo, antes de recuperar por completo la visión, algo llama la atención de otro de nuestros sentidos. Comienza a escucharse a lo lejos el tintineo de unas campanas que, debido a la suave brisa que sopla a nuestro favor, suena de forma intermitente y amortiguada, como si saltase de ventolera en ventolera cual niño entre camas elásticas. El inquietante sonido mantiene su carácter misterioso hasta que, conforme la niebla se disipa, la fuente de su origen se va revelando ante nuestros ojos. Unos pequeños cuernos se asoman sobre los arbustos contenidos tras un cercado de alambre de espino. Justo cuando ya dábamos por seguro que no tendríamos más compañía en lo que quedaba de camino.

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