Ascendiendo en la memoria, parte 3

Alertado por nuestra presencia, el delicado repiqueteo cesa, para ser sustituido por un sonado mugido que rebota de ladera en ladera. A éste, pronto le siguen unos cuantos más, emitidos por los semejantes del gran animal que nos observa confundido, como si acabase de presenciar una aparición ante sus nubladas retinas. Junto a la bestia, descansa un cartel indicando la dirección a tomar para alcanzar nuestro destino, debemos rodear el vedado en toda su extensión.

Tras circundar varios metros la parcela, brota de entre las fauces de una brumosa criatura el tejado de una pequeña casa, situada tras el cercado pero contenida en otra pequeña división de tierra delimitada por alambre. El monstruo serpentea entre el humo de la chimenea colocada sobre la construcción, fuente de una fuerza que le hiere y de la que huye pero por la cual se ve tentado a abrazar. Debido a su constante recular y al avance de nuestros pasos, el cuerpo de la criatura comienza a descubrir la techumbre de varios emplazamientos más cercanos a la humeante morada.

De pronto, el camino abandona su forma envolvente para penetrar de lleno en el vallado, cuyo alambre se ve sustituido por dos pequeñas puertas de madera frente a la desembocadura del sendero.
Parece ser que el letrero que dejamos atras no era conocedor de la extensión de tierra que convive junto al mismo, como si su vecino se hubiese instalado recientemente en mitad del camino sin ni siquiera otorgar saludo alguno.

No teniendo demasiado claro que hacer a continuación, deambulamos por la zona con la esperanza de que algún residente menos peludo y más letrado se deje ver para poder disolver nuestras dudas. El azar llama a nuesta puerta, o a la del hogar que mantiene a raya a las neblinosas bestias, el caso es que del pórtico de la vivienda se asoma un rostro cuyo mirar está fijo en nosotros.

Tras el correspondiente intercambio de saludos, un individuo se materializa entre la niebla. Nuestros pasos se encuentran e introduzco mi mano en uno de los bolsillos de mi abrigo, extraigo el preciado cuaderno y realizo la búsqueda pertinente. Con el escrito en las manos, una estampida de gesticulaciones tiene lugar en la faz del hombre conforme éste avanza en su lectura. La guía con un curtido dedo índice, amigo de numerosos inviernos y conocedor de la dureza de su compañía en horas de trabajo. Cuando la yema ya descansa sobre las últimas palabras, devuelve la libreta a mis manos y recorre el vaporoso paisaje con la mirada.

Para mi sorpresa, tras cruzar su mirada con la mía, comienza a explicar el rumbo a seguir en un notable inglés, el cual pese a su marcado acento turco, resulta facilmente comprensible. Sin embargo. el granjero no dispone del vocabulario necesario para hacerse entender apropiadamente. Por lo que tras pedirnos algo con lo que poder escribir, le entrego de nuevo el cuaderno donde, varios tachones después, dibuja un esquemático mapa del camino a seguir.

A veces lo imposible se hace más que probable. En apenas unos segundos, la pesadez del pasado que flotaba en aquel mar de nubes naufragaba, para reflotar un sentimiento añejo desligado de cualquier acontecimiento acontecido.
Una descarga eléctrica recorría mi cuerpo hasta la supercie más minúscula sin hallar opisición alguna, renovando el ánimo decaido, sanando los fríos y doloridos dedos de nuestros piés.

Jamás imaginé que él guardaría una última excursión a la que aventurarse…

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