Escapada armenia, parte 2

Una vez ubicados en la nueva localidad y con la mente más despejada, comenzamos a explorar la población con el objetivo de encontrar un escondite donde ocultar nuestras pertenencias. El desgaste provocado por el exceso de equipaje pronto llama a nuestra puerta, por lo que encontrar un lugar apropiado se convierte en una prioridad. Siempre es más sencillo reconocer el terreno sin la casa a cuestas.

A pesar de la clásica quema de hojas otoñal propia del paisaje rural,
la localidad resulta ser extremadamente turística, debido mayoritariamente al templo grecoromano que descansa en uno de sus acantilados. Lo cual dirige el foco de atención popular en dicho punto, y a su vez, convierte el resto del pueblo en un lugar extremadamente tranquilo.
Por suerte, la frase “ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos” encaja a la perfección con el lugar, ya que junto al templo encontramos una pequeña cueva totalmente oculta del paso de turistas y locales.

Con las mochilas ya en lugar seguro, nos decidimos a explorar. El día no puede salir mejor. Después de un agradable paseo a lo largo del valle que rodea al pueblo, encontramos un lugar en el que pasar la noche así como una ruta a traves de la cual acceder de forma totalmente gratuita al templo.

Tras un día como turistas standar, o algo por el estilo, recogemos nuestras mochilas y nos dirigimos al lugar anteriormente escogido para pernoctar. Se trata de una enorme casona familiar de dos plantas rodeada de nogales, perfectamente arrancada de las páginas de un álbum fotográfico del siglo XIX. La estampa otoñal, con el suelo totalmente lleno de hojas, nos brinda una importante pista acerca de la ocupación de la vivienda, por lo que no dudamos ni un momento en saltar el vallado que la rodea.

La construcción, pese a ser de construcción simple, salta a la vista que algún día perteneció a gente con amplia comodidad económica. Sin demasiada decoración pero de porte elegante, la edificación se divide en una sala central con conexión a las dos alas laterales reservadas para los dormitorios. Tal habitación nucléica, da paso a un enorme balcón que se extiende a lo largo de toda la fachada, con vistas al gigantesco valle sobre el que descansa la casa. El resto de habitaciones, situadas en el piso inferior, albergan una cocina, varias salas de trabajo y lo que algún día pareció ser una despensa.

Pese al evidente abandono, la casa se conserva en un estado más que decente, incluso aún manteniendo la instalación eléctrica propia de los años setenta. Todo parece indicar que se trató del hogar de veraneo de varias generaciones, quienes con el paso de las décadas, irían modernizando poco a poco la estructura de la casa. Desde la letrina exterior al edificio (casi referencial a la usada por el carismático ogro verde), pasando por las distintas infraestructuras eléctricas que podían encontrarse por la casa, hasta los modernísimos plomos de la misma.

Con la casa explorada por segunda vez, establecemos el campamento en el corazón del edificio, de tal forma que las entradas de acceso a las habitaciones adyacentes queden totalmente bloqueadas del paso del viento. Sin puertas ni ventanas, salvo en el hall de ingreso al edificio, hace tiempo que aquel lugar quedó a merced de vendavales. Y no nos gustaría que estos descendieran la temperatura del refugio.

Cual película apocalíptica, nos disponemos a taponar con colchones y somieres los puntos débiles, así como a bloquear la puerta de entrada para no ser sorprendidos en mitad de la noche. Una vez sellado todo, desplegamos la tienda, sin ser amarrada al suelo por supuesto.

A varias horas aún para el anochecer, es demasiado pronto para cenar pero tarde como para salir en busca de más aventuras, por lo que permanecemos sin abandonar nuestro escondite el resto del día. Las horas pasan mientras nos entretenemos jugando al ajedrez o charlando tranquilamente, hasta que el sol comienza a desaparecer entre los riscos y con él su calidez. Por lo que nos vemos obligados a hacer un poco de ejercicio para entrar en calor, así como para mantenernos activos y en forma.

Con la luna ya en su zenit y la cena revolucionando en nuestros estómagos, desplegamos los sacos y nos disponemos a dormir un poco, más por tratar de calentarnos que por tomar descanso. No hemos tenido un día excesivamente duro, pero al menos fue lo suficientemente excitante como para sacarnos de la rutina en la que estabamos sumergidos desde hacía días…

Acurrucados ya en nuestro habitáculo por excelencia,
somos oyentes en palco de primera fila
del rubor del arroyo en su afluencia,
banda sonora para el duelo que se libra
en el firmamento entre luna y tiniebla.
Más tal contienda no se prolonga demasiado,
pronto la luz es devorada por un pozo
de negro silencio que se posa sobre el tejado.
Establecido el portal capaz de ofrecer comunicación con el otro lado,
brota del inmenso vacío cósmico
una densa niebla que, a modo de abrigo,
nos arropa bajo un abrazo húmedo y congelador.

Sumidos en aquel oscuro paisaje de susurros y gélidas caricias,
no tardamos en poner anclaje en nuestras mareas mentales de sueño y somnolencia,
quedando profundamente dormidos en aquel decorado propio de historia ficticia.
El pálido sonido del arroyo que pasea bajo el balcón
es el único elemento que, lejos de tornarse estremecedor,
se convierte en guía y bastón
en el que ampararse entre cavilaciones de órgano elucubrador.

Con el cuerpo más relajado y el foco celeste un poco más bajo,
el frío sucumbe ante la calidez de los alientos y los ovillos emplumados,
la oscuridad pierde fuerza al verse ignorada por temores y espantos.
Todo yace sosegado entre neblina y frescura de madrugada.

De pronto y sin motivo aparente,
las pestañas abandonan su entrecruzado,
las pupilas se dilatan buscando la causa de su desvele,
más nada más que dos inquietas mentes es lo único que se ha alterado
entre la calma y el relente.
Tras reparar en ello, sin mover un solo músculo,
permanecemos inertes sobre el suelo
mientras pasan los minutos,
envueltos cual crisálidas de pies a cabello.

Con una pierna ya hundida en tierras soporíferas,
nos debatimos entre la vigilia y el sueño
en condiciones paupérrimas.
La materia gris multiplica su masa por momentos,
el cuerpo se siente cada vez más pesado
hasta pegarnos por completo al pavimento.
Todo se entumece hasta sentirnos
guiados por el globo en su movimiento.

Insconciente aún de mi adormilada consciencia,
creo escuchar el crujir de la hojarasca
siendo suavemente arrastrada con paciencia.
Gradualmente el viento se levanta,
hasta reunir la fuerza
para ahogar el fluir del arroyo
e incluso sacudir las visagras de la puerta.

Tras la débil embestida del ariete etéreo,
la brisa abandona su unilateral calma
para atacar el refugio en todo su hemisferio.
Un bullicio ensordecedor envuelve la casa,
más permitiendo auscultar unas pisadas
que depositan su carga
en la fronda que yace sobre la entrada.
Los chasquidos se suceden restallando
cada vez con mayor sonoridad,
sin duda algo trata de acceder al ojo del huracán.

Ante la misteriosa situación,
sin siquiera haber mentado palabra
mutuamente entre compañeros de acción,
intercambiamos palmadas,
tratamos de averiguar si nos hallamos inmersos en análoga ficción.
Una estampida plásmática nos caldea
los hieráticos troncos clavados al entablado,
nuestros cuerpos se preparan
más insistimos en permanecer inertes,
fingiendo que el habitáculo se encuentra desolado.

El ensordecedor sonido se acrecenta
en ciertos lugares de la habitación,
pareciera actuar como sombra de la presencia
que mora a nuestro al rededor.
De súbito, los pasos se vuelven tácitos
hasta desaparecer sin dejar huella,
sólo se escucha a la estruendosa galerna,
que gira en rápidos círculos
sobre la maltrecha vivienda.
Sumergidos en aquel vociferoso océano,
aguardamos a la calma que no llega,
seguimos sin noticias del posible aldeano
ni sus pisadas que nos mantuvieron en vela.

El suspense se rompe sin aviso previo,
una sucesión de impactos recorren los tabiques
hasta detenerse en su punto medio,
abriendo ventanas y postigos
que se flagelan sin nada que lo evite.
La construcción es un festival de mamporros y soplidos
en total anarquía,
un caos desmedido
que escupe sobre lo sublime y su terminología.
El tamaño no importa, sino la fuerza desmedida.

La exhibición de mamporros se prolonga por varios segundos
hasta que el silencio impacta en el ambiente,
el ciclón se pierde en lo más profundo
del valle y su torrente.
Música fluvial de nuevo tras el tumulto.

Sí, esto que estas leyendo ahora mismo es un repentino corte en la narración de acontecimientos que, muy probablemente, te haya sacado del clímax aflorado por lo expuesto anteriormente. Y no, no es que la desidia me haya podido a la hora de poner un punto final acorde con las sensaciones generadas. Sino todo lo contrario. Creo que ésta es la forma más adecuada de transmitirte nuestro desconcierto en aquellos instantes.

No es solo que aquel torbellino de eventos se detuviera de golpe. Lo que realmente nos extrañó y fue blanco de conversación en los días posteriores, fue el hecho de que aquella serie de acontecimientos transcurriera en un lapso de aproximadamente cuarenta segundos. Eso, exáctamente eso, es lo que nos dejó grabado a fuego la experiencia en la memoria.

Para los que sientan curiosidad por saber qué ocurrió tras el atípico suceso, lo único que aconteció en aquella deshabitada vivienda fue oscuridad y silencio. No tardaríamos demasiado en caer profundamente dormidos tras comprobar las consecuencias de aquel ventoso incidente. Ni siquiera ser testigos de nuestras pertenencias desperdigadas por el habitáculo nos privaría el sueño en absoluto.

Si lo paranormal se dió cita en aquella casa, lo hizo acompañado de fuerzas naturales, cuya manifestación puede probar una explicación racional. Más eso no me reconforta en absoluto. Precisamente es lo que más me perturba.

Hay fuerzas en este mundo capaces de provocar vivécdotas propias de otro cosmos.

Escapada armenia, parte 1

Astiados de esperar a la tramitación del visado que nos abra las puertas de Persia, decidimos abandonar la tranquilidad de nuestro campamento base. A pesar de haber conseguido lo imposible: estabilidad económica (gasto nulo) en un lugar tranquilo (y gratuito) en el que acampar con fuentes de recursos cercanas, decidimos aventurarnos en territorios menos fructíferos pero con un paisaje más inspirador. Cierto es que el parque botánico en el que nos hemos acomodado goza de cierto carácter salvaje. Tal vez se deba a lo descuidado que está, así como a la presencia del zorro y múltiples canes que se pasean por las inmediaciones. Sin embargo, todo se queda monótono en comparación con los recuerdos de aventuras pasadas entre humo y asfalto. De echo, puede que ese sea el problema, que todas estas historias empiecen a parecer lejanas memorias después de casi tres semanas de sedentarismo.

A pesar de lanzarnos de nuevo a la carretera, somos conscientes de que no nos conviene demasiado alejarnos de la capital armenia. En unos cinco dias estará forjada la llave que nos abra paso a desiertos y otras zonas indómitas, y no queremos posponer el cambio de frontera. No más de lo impuesto por la lenta burocracia y los numerosos trámites de un país que no parece esforzarse demasiado en falicitar la visita a sus vecinos, tanto lejanos como cercanos.

Con el despliegue habitual recogido y las mochilas al hombro, un tanto más pesadas que de costumbre debido a la gran recolecta basurera de los días anteriores, dejamos atrás nuestro pintoresco escondite para volver a caminar entre ajetreo y contaminación.

Pese a la falta de costumbre, no tardamos mucho en volver a sentirnos en nuestra salsa. Tras pocos minutos con cartel y pulgar en alza, un amable muchacho estaciona su vehículo frente a nosotros, para colmo hasta habla inglés. Varios minutos de conversación después y percatados de que más del cincuenta por ciento del tráfico de la zona está conformado por taxis, el joven se ofrece a llevarnos a un punto más alejado de la urbe desde el que poder seguir haciendo dedo.

Una vez realizado el favor, al poco de que el rugido del motor del buen samaritano se aleje, aún colocando nuestras mochilas para acomodarnos en el lugar, otro utiliario aparca en nuestras narices. Se trata de un modelo antiquísimo, de marca irreconocible, de cuyas ventanillas brota el sonriente rostro de un hombre de mediana edad. Tras preguntarnos, en armenio por supuesto, por nuestro lugar de destino y mostrarle el cartel como respuesta, abandona su asiento para ayudarnos a colocar las mochilas en su maletero.

Mientras ubicamos los bártulos, vislumbramos a groso modo el interior del vehículo, va a volver a tocarnos sentarnos sobre el metal de la carrocería, más no nos importa en absoluto. Dos simples palabras acompañadas de un gesto nos hacen compartir sonrisa con aquel caballero: “Niet taxi”. Es la primera vez que nos avisan de antemano de que se trata de un gesto desinteresado, sin ni siquiera tener que recurrir a preguntar o tener que analizar la situación para salir de dudas.

El viaje transcurre ameno y entrañable con la ya clásica conversación a base de gestos e intercambio de palabras clave, como aquel concurso televisivo… Una vez presentados, conocedores de la nacionalidad de ambos, así como nuestras edades y situación amorosa, la conversación decae hasta aposentarse en un apacible silencio. Con la hermosa postal de las montañas nevadas de fondo y el suave vaivén del vehículo, no tardo demasiado en sentir pesadez en los párpados y la desconexión mental típica de la modorra.
-Respira por la ventanilla. – las palabras de Victor me sacan repentinamente de mi breve estado de letargo. Sin decir más y pese a mi nefasto sentido del olfato, entiendo perfectamente a que se refiere. Como bien resumiríamos más tarde: “A aquel coche le quedaban dos telediarios…hace treinta…”

Salvando los pequeños detalles, como las roncas tosidas del motor, el viaje es un tranquilo paseo entre las nevadas cumbres. Ni siquiera el pésimo estado del asfalto es capaz de estropearnos la magia del momento, tal vez la escasa cilindrada del vehículo sea un factor a tener en consideración.

Después de una larga subida, las primeros descensos hacen acto de presencia, convirtiendo la calmada travesía en una montaña rusa de subidas y bajadas. Cambio al que, Simón, el conductor del transporte, no queda impasible, jugando con los desniveles del terreno a golpe de arranque y apagado de maquinaria.

Una vez alcanzado nuestro destino, la despedida es sobria pero sentida. Nos estrechamos la mano, a modo de agradecimiento mutuo por el favor y el momento compartido. Sin siquiera tener en mente el peligro corrido o la poca seguridad del carro. Pues, pese a las condiciones del mismo, la confianza y buen obrar de su conductor no nos habían echo sentir en mejores manos desde hacía semanas. O eso o el escape de gas nos había dejado un poco atontados…

Por amor al (moj)arte

Un rugido en los cielos se alza. Tras él, un suave repiqueteo comienza a rodear las inmediaciones del habitáculo. Pese al madrugón, llego tarde. O tal vez no.

Una vez vestido y con todo en la mochila, me cuelgo todo de hombros y cuello y cubro mi cuerpo y pertenencias con el abrigo. Acabo de coger “varios kilitos de más”.

La descarga de agua es incesante y parece encontrarse en su apogeo. Tardo poco en experimentarla en mis propias carnes tras abandonar la cobertura del aportalado hostal.

Una combinación de calor y condensación tardan poco en darse cita por todo mi cuerpo. Pese a la impermeabilidad de la vestimenta, la humedad alcanza mi piel. No tengo del todo claro cuál de los enveses está más empapado.

El adoquinado revela su pésimo estado de conservación haciendo de las aceras una suerte de archipiélagos. Rememorando programas televisivos de antaño, salto de baldosa en baldosa tratando de evitar el peligro. Pero la escasa luz provoca que evitar mojarse pierda el sentido.

El paisaje a mi al rededor muta por momentos. Cambio las calles escasamente iluminadas por oscuros túneles llenos de miradas, para poco después estar ciego en una especie de valle. Tratando de buscar el río y un puente que lo cruce, desciendo la ladera, casi en picado, apenas distingo los escalones de bajada.

Superada la hondonada, un enorme estadio brota de entre las sombras gracias al pasar de vehículos. Según el mapa y mi memoria, el camino a seguir hacia el ansiado destino no se encuentra muy lejos.

El tímido eco de las gotas de lluvia es lo único que permite orientarse en la penumbra. Aunque éstas no solo caen sobre el asfalto. Las lentes de mis gafas son un mosaico de perlas, tanto de lluvia como de cosecha propia.

Al girar una curva, el luminoso cartel de una gasolinera descubre un cruce de carriles. Tengo claro cual he de tomar, más la limitada visibilidad de la zona genera tal confusión que termino sin saber la dirección escogida.

Trato de aclarar la vista con la parte inferior de mi jersey, más la escasa iluminación no consigue sacarme de dudas. Pocos segundos más tarde, deslumbrado por los faros de un transeunte, compruebo que la lluvia ha vuelto a apoderarse de la transparencia de mis gafas.

Deambulando de farola en farola, trato de alcanzar el final de una calle que no vislumbro. La cordura baja por momentos, hasta hallarme cual tripulante a la deriva de un barco sin compás ni planisferio.

El evitar mojarme no es el único sin sentido, a éste se le suman otros cinco que no guardan mayor utilidad que la de no acabar estampado contra lo único que otorga referencia.

Hace lustros que superé el pavor que sentía hacia las tinieblas de la noche. Pensaba que dominaba sus artimañas y que incluso me resultaba cómodo su abrazo, más esta carta jamás la había descubierto antes.

No es la privación de poder ubicar mi cuerpo en el espacio lo que me abruma. Ni tampoco las posibles amenazas externas que puedan surgir. Sino la venda que, lejos de no permitirme otear, redirige el sentido de mis pupilas hacia mi interior. Hasta sentirme una llama atosigada por la humedad del aire de mi celda y la porosidad de sus paredes, las cuales impiden el paso de la tempestad pero dejan sentir su gélida caricia. Como un fuego fatuo que se desorienta a si mismo con su danzar, pero debe bailar tratando de iluminar su camino como única via de escape. Sintiéndose impotente ante la adversidad con las herramientas que dispone.

La introvisión es total, sin mayor referencia que la de mi consciencia, camino por una larga avenida que parece no terminar nunca. De pronto, la lluvia cesa. Y la borrasca recoge el manto nuboso que llevaba extendido en el cielo varias horas. Con la tregua, recupero la visión, no solo la de mis alrededores, sino también la del horizonte.

En una de las elevaciones de tierra colindantes a la ciudad, la luminosidad de una gran antena destaca entre la devoradora oscuridad de una ciudad que supera el millón de habitantes.

Por fín con algo a lo que atenerme como referencia, dibujo mentalmente un mapa mental con mi posición y el camino a tomar. Toca retroceder sobre los pasos andados.

Con la visión restablecida, el camino de vuelta se torna apacible y de una duración sorprendentemente corta. Pronto me hallo frente al cruce de mi desdicha, siguiendo a la sombra dibujada con mi cuerpo por la luz de la gasolinera.

De pronto, lo entiendo todo. Aún creyéndome conocedor de la luz y sus jugarretas, no fui capaz de evadir uno de sus más famosos trucos: sólo es posible ver entre las sombras cuando uno se ha sumergido en ellas.

Atraido cual polilla por la luna, no pude evitar acelerar mi paso la primera vez que vislumbré el aparentemente amparante fulgor del negocio. Lo cual ocasionó mi posterior estravio.

Situado en el mismo punto desde el que había advertido por primera vez la estación de servicio, esta vez de espaldas al resplandor, advierto el camino a seguir. Entre las sombras que ocultan el empedrado del muro que sigue a una ascendente calzada, el juego de perspectivas se produce y, fila a fila, las baldosas se van desplazando hasta conformar unos escalones.

Una vez sabido ver el sendero, la excitación y tormento de la aventura se transforman en un plácido paseo. El ascenso es duro, más no se trata de una dificultad desconocida, por lo que el ascenso dura más bien poco.

En la cima, el recibimiento es frío, silencioso y sutil. Un delicado paisaje de de luces artificiales me rodea hasta perderse, con la brisa, en el horizonte. En las proximidades, todo es oscuridad a excepción de una pequeña llama. El objetivo de mi búsqueda. Un fuego inextingible capaz de soportar cualquier temporal.

Pese a la belleza del momento, no puedo evitar pensar en lo vivido hasta llegar allí. En como lo que estaba pensado ser una experiencia relajante y meramente contemplativa puede llegar a exigir tal implicación. En como una sencilla excursión de apenas varios kilómetros, puede llegar a triplicar su extensión y llenarse de adversidades más allá del plano físico. En como fuerzas tan antiguas pueden seguir manipulándonos a su antojo, hasta sacar a la luz nuestras debilidades supuestamente superadas para recordarnos la indefensión que encierran. En como unos elementos tan simples albergan tamaña potencia, siendo más que suficientes para entrar en la psique humana y suscitar en ésta cualquier tipo de mensaje o emoción.

Vine buscando arte y arte fue lo que encontré. Estoy empezando a cansarme un poco de esa cita que dice: “Lo importante no es el destino, sino el camino”. Puede que se deba a que resulte ser cierta en la gran mayoría de ocasiones que es puesta a prueba. ¿A quién quiero engañar? No me canso de llenar mis piés de callos, en ambos sentidos.