Un sueño eslavo

Perdidos entre sueños y alucinaciones,
con la tez acupuntada y la moral minada,
pusimos pie en tierra de dragones,
Monte hasta donde la mirada alcanza.
El hambre es una pesada carga
que jala de nuestra mochila,
más primero necesitamos buscar campa
en la que descansar de la rutina.
Los músculos vocean su dolía
al poner rumbo mapa en mano,
somos un galeón a la deriva
perdiendo tripulación a cada paso.
Tras varios bostezos echos trizas
e inundar de dolor las zapatillas,
aparcamos la vista sobre el cemento,
que cubre a un comercio no tan centrado.
Aquel constructo es lugar perfecto
para reponer carga y cargamento.
El oro brilla entre los desperdicios,
solo se necesita bucear nuestro tacto
entre cafe, cigarros y otros vicios,
todo por dar con ese tesoro invicto.
En el estómago del sucio covertizo,
escondíase frutas de racimo,
zanahorias y mazorcas color cobrizo,
receta perfecta para avivar el ánimo
del sonámbulo en su camino.

A gusano fulminado y sueño desvelado
sentido no quedaba en buscar descanso,
por lo que desguiamos de serpa nuestros pasos
hasta alcanzar el fluir del río en su remanso.
En uno de los márgenes,
el gentío eslovenio hacía un parentesis,
dejaba de lado sus estreses
mientras realizaba la fotosíntesis.
Jamás sentí tan hogareño lugar lejano
como aquel lindero europeo,
encontrar sentimientos tan sinceros
no es habitual y menos aun duradero.
Tras una breve y nóstalgica sonrisa
alejándose con el viento,
retomamos rumbo sin pausa ni prisa
apresados por la urbe y sus argumentos.
Más el brillar de la manzana
no era superficial ni falluto,
ni todo fulgor, en absoluto.
También se encontraban querubines
resguardados en rincones recónditos,
alejados del bullicio de la carcajada,
siempre en su papel de súbditos,
tratando de revivir fuerzas pasadas.
Creencias que mudaron su piel
para dar paso a emociones de gran pureza,
suaves y dulces como la piel
o insípidas cual celda de cera,
más al cabo fieles y verdaderas
a un sólo régimen,
al del individuo y su cabeza.
Si este cuento contaba con su bruja
no caímos bajo el veneno de su fruta,
hechicera o no, jamás olvidaré a aquella mujer
apenada por la empatía del que no tiene que comer,
cómo nos ofrecía parte de su frugal botín,
jamás senti mayor gratitud sin nada que recibir.

Contrastes, contrastes in crescendo,
frío en las carnes, colores cálidos sobre los monumentos,
hogares radiantes
y oscuridad en cada templo.
La noche nos arropa con su oscuro velo
lleno de sueños y luces en movimiento,
¿nuestro anhelo? soñar,
aunque sea un sueño imperfecto.
El cansancio cala hasta el tuétano
y el descanso queda aun lejano,
dos autómatas que buscan refugio
perdidos en un país eslavo.
De pronto, somos sacados de nuestro trance,
un transeunte serpentea a nuestra vera
impulsado por zapatos rodantes,
es una nave que planea
con tomos en sus falanges.
Bombardeados a preguntas
nos convertimos en blanco de proyectil,
sobre el amor nos consulta,
confundidos, optamos por callar y asentir.
En respuesta, nos coloca un libro en las manos,
brevemente lo presenta
con una sonrisa en los labios.
Punto y seguido pide aportación para una colecta,
viajamos sin dinero, es nuestra respuesta,
imprime admiración ante la negativa
y nos insta a quedarnos con los textos,
vuelve a esbozar una sonrisa,
leerlos será el pago, nos comprometemos.
Culminado el trueque sabemos
que realmente habla de corazón,
comienza a hablar de un templo
y no tarda en lanzarnos una invitación.

Y colorín colorado este relato se ha acabado,
más el final del cuento no necesitó de perdiz,
pues fueron felices cenando con david.