La salida

Cinco de Octubre, el sol brilla como es costumbre en la ciudad de Zaragoza. No estoy seguro de si trata de despedirnos con una sonrisa o de sofocarnos para impedirnos marchar. Llegamos a la estación de tren de Delicias y a las 15:49, tal y como estaba previsto, el transporte abandona el andén.

Llegamos a Canfranc justo antes de ponerse el sol. Antes de abandonar, el vehiculo picamos unos frutos secos y comemos un huevo duro, nos espera un largo ascenso. Los treinta kilos de peso de la mochila son más que considerables a la hora de hacer más duro un camino dificil de por sí. La noche se cierne sobre nosotros y la oscuridad nos tiende una emboscada hasta que, de pronto, la luna llena hace acto de presencia para suplir al sol. A pesar del foco improvisado, múltiples sombras nos sorprenden, provocando un pequeño parón al motor que nos impulsaba montaña arriba. Tras el breve susto, nos tranquilizamos al ver que se tratan de otros novatos en prácticas con mochila a la espalda, pero estos van armados y uniformados. Intercambios saludos y proseguimos hasta dar con una población fantasma, Candanchú.

La tranquilidad del lugar nos hace decidirnos por acampar en una ladera que, meses más tarde se llenarán de  animales deslizantes. Cenamos unos bocadillos traidos desde casa y tratamos de dormir pero, debido a la extrañeza que nos transmite nuestro nuevo hogar, no acabamos de acomodarnos en su estructura. No descansamos demasiado aquella noche.