Merci et au revoir

Un nuevo día por delante, el sol pronto nos lo hace saber. El día anterior se nos alargó demasiado y a penas hemos tenido tiempo de comer y descansar. Pero tenemos que seguir.

Calentamos un cazo de agua caliente con canela para hidratar los copos de avena, esparcimos nueces y pasas por encima y, tras desayunar, procedemos a buscar un cartón. Rotulamos el nombre de nuestra siguiente parada, Nice, y comenzamos a probar suerte como cada día.

Tras varios minutos, nos percatamos de que ninguno de los conductores que pasan frente a nosotros se dirige a nuestra ciudad destino, por lo que decidimos cambiar el cartel e incluir el nombre de una población a medio camino, Fréjus. Leyendo el mapa se entiende que el acceso desde ésta hasta Nice es mucho más sencillo que desde nuestra actual posición, por lo que es posible que alcancemos nuestro objetivo antes de este modo. En efecto, varios minutos después estamos en una furgoneta camino a Fréjus.

Llegamos, llenamos las cantimploras de agua y volvemos a sacar el cartel de Nice para mostrárselo al tráfico. Cinco minutos después, ante nuestra incrédula mirada, estaciona en el arcén un flamante BMW de color plateado. Conforme podemos ver mejor a su conductor y el interior del vehículo, tapizado en piel, la incredulidad se dispara. Es nuestro día de suerte, el también viajó como nosotros en su juventud.

Durante el trayecto tenemos una de las conversaciones más agradables e interesantes del viaje y al llegar a la ciudad, aquel amable hombre nos indica donde está el mejor punto para seguir a dedo hasta Italia.

Comenzamos a caminar por la ciudad y tras pocos pasos nos llama la atención una papelera, o más bien su contenido. Alguien ha dejado allí varios paquetes de pan de molde en perfecto estado, su fecha de caducidad coincide con el día de hoy, ya tenemos almuerzo. Tras comer el pan con un poco de fuet que llevábamos en la mochila, decidimos patear un poco la ciudad para ver si merece la pena pasar algún día más en ella y, de paso, acercarnos al punto de salida.

Varias horas y gotas de sudor en nuestra frente después (la mochila sigue siendo sumamente pesada) nos encontramos en la entrada a la autovía dirección Italia. Volvemos a rotular un cartón y volemos a probar suerte. Pronto leemos en las caras de la gente que no se dirigen al país vecino, sino a poblaciones francesas cercanas a la frontera.

Tras nuestra espera más larga haciendo autostop, decidimos cambiar de destino y rotulamos “Menton” en el letrero. Poco después para frente a nosotros un pequeño vehículo en el que, contra todo pronóstico caben nuestras mochilas, su conductor está dispuesto a acercarnos al municipio galo.

Veinte minutos después, nos encontramos con nuestro cartón con destino “Italia” frente a carísimos coches de lujo que vuelven de regreso al país de la pasta. El tiempo pasa pero seguimos sin conseguir resultados. Por lo que decidimos explorar el pueblo.

Tras una larga caminata llegamos a una estación de ferrocarril. La caida del sol se acerca y decidimos no complicarnos, hay un un tren hasta Ventimiglia (Italia) por 2,40€. Ya en el trasporte y con la vista en el exterior, comenzamos a escuchar como los idiomas se mezclan y los acentos se tambalean entre lengua y lengua. Nos bajamos y tal mezcla homogénea comienza a disolverse. Por fin, lo hemos conseguido. Nuestra aventura en Francia ha llegado a su fín.

Catastróficas desdichas parte 2

Caminamos varias centenas de metros en sentido opuesto al avance de los vehículos, tratando de buscar un desvío que les obligue a aminorar su marcha. Lo hay pero no les hace soltar lo suficiente el acelerador. No nos queda otra que seguir avanzando rumbo a Marsella, la cual se encuentra a unos 40km de nuestra posición. El día va a ser mucho más largo de lo que esperábamos.

Comenzamos a avanzar por el arcén pero, a pesar de nuestra cautela, los coches nos becerrean con sus claxon a modo de reprimenda. Decidimos seguir sin pisar la calzada, entre los matojos y zarzas del costado de la vía. Tras varios kilómetros, nuestro ánimo comienza a decaer progresívamente, no hay nada a la vista que nos arroje una solución a esta metedura de pata. De pronto, el terreno por el que nos movemos, comienza a estrecharse hasta convertirse en una especie de desfiladero que se recorta junto a la calzada. Tratamos de asomarnos sin que el peso de nuestra carga nos empuje hacia abajo hasta que, entre las zarzas, conseguimos distinguir lo que parece ser un hueco en aquella extraña ladera. Pronto nos damos cuenta de que tal fisura es la entrada a un abrupto tunel que cruza la atovía de lado a lado.

Sin nada más que poder perder o perdernos, decidimos tomar el oscuro atajo. Recorremos la gruta hasta alcanzar su otra boca, la cual nos arroja a un camino asfaltado rodeado de terrenos vallados sin contenido alguno. Seguimos caminando mientras el ajetreo de los motores va perdiéndose entre el azote del viento hasta que, de pronto, el sonido vuelve a escucharse. Esta vez su origen se encuentra frente a nosotros. Varios metros más tarde el camino toma una curva que, tras ser superada, desvela una gasolinera así como múltiples paradas de autobús.

Tras probar a hacer dedo en aquel lugar con nefastos resultados, decidimos tomar un bus para tratar de llegar al pueblo más cercano. El vehículo llega y hacemos nuestro primer gasto en trasporte del viaje, al menos no es muy caro. Ya en el vehículo, planeamos tomar otro transporte público que nos lleve a una localidad desde la que poder seguir viajando a dedo. La parada en la la que decidimos bajarnos parece no muy lejana a una estación desde la que poder enmendar nuestra suerte. Sin embargo, el día parece depararnos más contratiempos aun, no podemos llegar a pie a tal edificación. Ante nuestros ojos no hay más que asfalto y una arquitectura de calzadas que restringe nuestros pasos salvo en una sola dirección, el acceso a un centro comercial. Por lo que rápidamente comprendemos que solo un vehículo podrá sacarnos de tal estancamiento.

Una veza más, llamamos la atención del tráfico con nuestros pulgares, pero las gentes de aquel lugar no parecen poseer la misma generosidad de la que otros franceses habían echo gala horas antes. Incluso algunos se burlan de nosotros haciéndonos creer que están dispuestos a llevarnos para luego mofarse y pisar el acelerador.

Optamos por tomar otro bus, por lo que volvemos a la parada en busca de información de las rutas de transporte que convergen en tal punto. Los posibles destinos son Aix-en-provence y Marsella, pero no tenemos nada claro por cual de ellas decantarnos. La indecisión crece a cada segundo que transcurre y un bus acaba de estacionar frente a la parada, se dirige al primer posible destino. El auto arranca, según el letrero digital de la marquesina el próximo trasporte llegará en 59 minutos, el próximo hacia Marsella tan sólo en 10, pero es el último de la jornada.

Creemos decantarnos por tomar el vehículo de llegada más temprana, de no tener suerte a dedo siempre podríamos tomar un tren. Creemos tomar la decisión más precavida pero tal pensamiento era propio de una voluntad atemorizada y cansada. Mientras esperamos decidimos volver a probar suerte con el autostop. Seguimos sin tener la fortuna de nuestro lado, pero férreos al plan original previo al viaje, volvemos a cambiar de ciudad objetivo, creemos que desde Aix-en-provence sera mas sencillo continuar a dedo. Volvemos a mirar el letrero digital de la marquesina, faltan treinta minutos para el próximo bus.

Pasan los minutos, esperamos. Se acerca la hora pero nuestro transporte no llega. El letreo cambia de indicar “llegada inminente” a marcar 59 minutos de espara. Sigue sin llegar ningún bus.

Mientras lidiamos con la espera, se nos une a la misma otra persona que no despega el teléfono móvil de su oreja. Volvemos a mirar la marquesina y cuanto más tratamos de tener referencia de la espera más parece prolongarse ésta. De pronto, el hombre del celular comienza a proferir gritos a los vehículos que transitan frente a la parada: Garçon! Garçon! -farfulle una y otra vez. Lo hace de forma burlesca y casi agresiva, como un perro que ladra a los pájaros que vuelan por encima de su hocico.

Tras treinta minutos más largos que treinta días, el letrero indica que faltan 29 minutos de espera, pero el anterior bus sigue sin hacer acto de presencia.

Aquel loco sigue aullando al tráfico cuando, de pronto, aparece una persona que se aproxima corriendo en dirección a la parada. Se dirige en francés a nuestro “compañero de fatiga” y, tras presentarse y estrecharse la mano, salen corriendo del lugar. Lo imposible acaba de ocurrir, aquél lunático acaba de conseguir parar un coche sin levantar un solo dedo. Eso sí, no negaremos su persistencia. Aquellos individuos se suben en un vehículo con los intermitentes parpadeando y desaparecen ante nuestros incrédulos ojos.

Unos minutos más tarde, aparece otro hombre preguntando por el mismo bus al que llevamos esperando desde hace más de una hora. Le informamos de las malas noticias y seguimos esperando mientras mantenemos una torpe conversación en franglish.

La cuenta atrás del autobús vuelve a reiniciarse en la marquesina y seguimos sin tener pista de bus alguno. Nuestro nuevo acompañante se desespera, golpea un banco y saca su teléfono móvil del bolsillo. Tras una breve charla en la que escuchamos cómo le habla a alguien de nosotros, se nos acerca y nos dice que una compañera suya nos va a acercar a una estación. La noche ya hace mucho que nos abrazó y no vemos otra opción que aceptar su oferta o pasar allí la noche.

Media hora después, nos encontramos en una estación de tren buscando la forma de llegar a Aix-en-provence. Aquel hombre parece tan perdido como nosotros, pero no somos los únicos, pronto se nos suman varias personas más que parecen estar buscando el mismo transporte. De pronto, todos empiezan a correr y nuestros amigo se gira y nos hace señas para que le sigamos. Pero estamos a tales niveles de estrés, que la idea de coger un tren hasta Italia nos seduce y debido al peso y a la indecisión, le decimos al hombre que siga sin nosotros.

Tras un breve repaso de las múltiples opciones y una vuelta a la calma, veinte minutos después estamos montados en un autobús dirección Aix-Aix-en-provence. Tras bajarnos en la población gala, nos sorprende encontrar a varias personas haciendo dedo en plena noche, algo totalmente impensable para nosotros. Caminamos de parque en parque buscando agua y un lugar en el que acampar. Por fín lo encontramos. Mañana será otro día.

 

 

 

 

Catastróficas desdichas parte 1

Es Sábado y pensamos que no compensa demasiado madrugar, más aun teniendo en cuenta el cansancio acumulado del día anterior. Desayunamos  frutos secos y parte de las lentejas con arroz que preparamos la noche anterior y nos ponemos en camino. De nuevo, el siguiente punto más adecuado para viajar a dedo está al otro lado de la ciudad.

Con nuestros treinta kilos de mochila y el calor de la mañana, disfrutamos de un paseo memorable por ser digno de olvdar. Sudados y agotados, llegamos al punto en cuestión, pero no resulta ser tan bueno como esperamos, pues los coches no gozan con demasiado sitio para aparcar. A pesar de ello, rotulamos en un cartón el nombre de nuestro destino, Marsella, y, sorprendentemente volvemos a conseguir transporte en apenas unos minutos. Nos acercamos al vehículo y comenzamos a hablar con su conductora, la cual no se dirige a nuestra localidad objetivo pero puede dejarnos en otra población a medio camino, Nîmes.

Nos encontramos con la conversación más escueta hasta el momento, probablemente debido a que ninguno compartimos un lenguaje en el que comunicarnos a excepción, por parte de la propietaria del automóvil, de unas pocas palabras en inglés. Igualmente, le agradecemos el favor y nos despedimos con la mano al aire tras dejarnos en una rotonda. Comemos el resto de las lentejas con arroz que nos quedaban y seguimos caminando hasta el que creemos ser un buen punto de recodiga, siguiente objetivo: Marsella.

De pronto, nos encontramos en medio de una autovía, el camino que debiamos seguir no es lo que parecía y acabamos en un lugar donde nos es imposible conseguir nada salvo un atropello. Igualmente volvemos a sacar el cartón y lo intentamos unos minutos hasta confirmar lo evidente, tenemos que salir de allí. El mapa nos la había jugado, pero no teniamos otra opción que confiar en el mismo para llegar hasta un punto de recogida adecuado. Un peaje cercano parece ser el sitio más indicado para continuar.

Llegamos tras caminar unos kilometros, más autoestopistas se encuentran en aquel lugar, cartón en mano, tratando de conseguir un transporte. Decidimos imitarles y, pasados unos minutos, todos los viajeros que allí nos encontrábamos tenemos un vehículo con el que poder continuar. Antes de subir a la furgoneta estacionada frente a, nosotros, su conductor nos advierte de que solo puede acercanos a unos 70km de Marsella pero que nos dejará en un buen punto desde el que poder continuar. Igualmente accedemos al viaje y nos ponemos en marcha.

Tras unos cuarenta minutos, llegamos al lugar acordado y, tanto nosotros como la copiloto que acompañaba al conductor, nos bajamos del vehículo. Ella también se dirigia a la ciudad mediante autostop pero, a diferencia de nosotros, iva vestida con ropa de calle y guardaba un bolso bajo el brazo. Acordamos con la mujer repartirnos a lo largo de la rotonda para aumentar nuestras posibilidades de conseguir un automovil, pero tan solo treinta segundos después tenemos tres coches parados en el arcén. Un vehículo para cada uno de nosotros, Francia y su gente no dejan de sorprendernos. Cuando el conductor del tercer coche se da cuenta de que ya están todas las plazas cubiertas, arranca y poco después hacemos lo mismo.

Vamos montados en una furgoneta blanca con conductor y copiloto, los cuales, tras un breve intercambio de palabras en francés, resultan ser españoles. Nos cuentan que se dirigen a una convención trans en el centro de Marsella e incluso nos invitan a unirnos y a ducharnos allí. Pero, debido a nuestra experiencia pateando grandes ciudades de punta a punta y nuestras ganas de continuar, les pedimos que por favor nos dejen a las afueras de la ciudad. Jamás olvidaremos tal decisión…Aceptan nuestra petición y nos dicen que tratarán de dejarnos en algún lugar desde el que conseguir un nuevo transporte.

Nuestra próxima parada es la ciudad de Nice y al incorporarse a la autovia en dirección a la localidad, paran en mitad de la carretera pensando que nos dejan en un buen lugar. Nada más poner un pié en tierra, comenzamos a percatarnos de nuestro error, pero ya es demasiado tarde. La furgoneta se aleja y para colmo nos hemos olvidado el cartòn y nuestras provisiones de frutos secos y huevos cocidos dentro. Estamos en la misma situación que hace unas horas pero esta vez no hay camino de vuelta.

CONTINUARÁ…

Pulgares en el Pirineo

Procuramos levantarnos pronto, lo logramos a medias. Comemos un sandwich, un huevo duro y unos frutos secos, comienza la verdadera aventura.

Debido al escaso tráfico decidimos cruzar la frontera a pié, lo cual implica un largo descenso hasta una pequeña carretera comarcal. Varias horas después llegamos al lugar, por fin vemos vehículos circulando, es hora de perder la vergüenza y alzar pulgares.

Tras unos cuarenta minutos desistimos y decidimos seguir a pié hasta el pueblo más cercano. Varios minutos después, al girar una curva, distinguimos a lo lejos unas manos que nos saludan y, junto a ellas, un coche aparcado con el maletero abierto. Probablemente debido al exceso de equipaje. Nos acercamos a ellos y tras un tiroteo de palabras en múltiples idiomas, conseguimos entendernos en inglés. Contra todo pronóstico, habíamos conseguido hacer autostop sin saberlo.

Un poco cortos de espacio pero ya sobre cuatro ruedas, nos explican que nos habían visto y cómo nos habían echo señas que en el momento no comprendimos: “Paramos más adelante”. Nuestros salvadores son una pareja holandesa (la mujer es de origen germano) de unos treinta años. Al poco de presentarnos nos ponen una cazuela llena de cuscus con verduras entre las piernas y, entonces, entendemos que nuestra suerte y su generosidad estaban por las nubes.

Tras una grata conversación, nos despedimos en un área de descanso próxima a Pau, no sin antes animarnos a hablar con la gente que andaba por allí. Sin estar muy seguros de lo que hacemos, nos dirigimos al primer coche a la vista y saludamos a su conductor en francés. Para nuestra sorpresa, el hombre nos responde en inglés y tratamos de explicarle nuestra situación. Casualmente el y su esposa se dirigen en la misma dirección que nosotros y, gracias a su amabilidad y a la pareja holandesa que vuelven a aparecer para recomendarnos, consegumos volver a la carretera.

El viaje vuelve a ser sumamente ameno,  principalmente gracias al echo de compartir un idioma en común y a la simpatia de un matrimonio que resulta ser estadounidense. Tras varias horas y unos fuertes lazos forjados, los amables americanos nos invitan a visitarles a su casa en Colorado y se despiden. Ya estamos en Toulouse.

Tras dos empujones motorizados, comenzamos a ver un patrón en común, los conductores que recogen a viajeros como nosotros han estado alguna vez en la situación de éstos.

Nos sentamos para comer medio sandwich, frutos secos y un huevo duro mientras echamos un vistazo al mapa. La salida hacia la próxima ciudad, Montpellier, requiere de varios kilómetros a pié para ser alcanzada. Los cayos en nuestros pies son cada vez más palpables.

Durante el trayecto nos hacemos con un cartón en el cual rotulamos el nombre de nuestro destino y, para nuestra sorpresa no tardamos ni cinco minutos en ver una furgoneta parar frente a nosotros. Era nuestro día de suerte, las mujeres del vehículo se dirigian directamente a Montpellier.

Esta vez la conversación no es tan abundante, pero igualmente compartimos un momento agradable. Nos dejan frente a la entrada de un parque y, sin dudarlo ni una sola vez, nos adentramos en la completa oscuridad de aquel lugar con la intención de acampar. Aquella noche si que conseguimos descansar, no sin antes comer unos fideos.

Nuestros salvadores.