Diario de Irán, día 17

27 de Diciembre de 2017 (Barco rumbo a Dubai)

Un punto y final perfecto para una historia de aventuras.

Nada más despertarnos con los primeros rayos del sol, abandonamos nuestra tienda y preparamos un macro-desayuno con todas las sobras de la cena anterior, hasta agotar existencias.

Una vez saciados, mientras prolongamos la conversación nacida entre bocado y bocado, escuchamos cómo una motocicleta se acerca hasta nosotros. Sin darle mayor importancia, seguimos charlando con unos pedazos de pan aún entre los dedos.

De pronto, el vehículo aparece de entre los secos matojos que envuelven al claro en el que nos instalamos la tarde anterior. Y aparca frente a nosotros.

Tras preguntar sobre nuestra procedencia, el conductor se queda observándonos sin decir palabra, de forma un tanto amenazante. Casi observándonos por encima del hombro, como si esperara a que abandonáramos el lugar.

Ante la incomprensible situación, decidimos recoger nuestras cosas mientras blandimos nuestro humor, como de costumbre. Desmontamos la tienda y embolsamos todo entre risas, tratando de hacer ver a aquel hombre que no nos molesta su presencia, pero en ningún momento de forma burlesca.

Alrededor de quince minutos después, con todo ya en su lugar, aquel mudo rompe su voto de silencio. Quiere que le demos dinero.

Trato de explicarle que no tenemos dinero; que la comida que hemos comido no era más que pan duro sacado de la basura; que dormimos en una tienda porque nuestro poder adquisitivo no es el que cree. Pero no le importa, nada ni nadie es capaz de quitarle la imagen de turista que ha proyectado sobre nuestros rostros.

Hartos de su falta de compresión y de su comportamiento chulesco, decidimos darle la espalda e irnos.
Todo queda ahí, ni repercusiones negativas ni ningún tipo de reacción violenta, tampoco le convenía. Hubiera sido peor para él a juzgar por su embergadura.

Una vez de vuelta a la civilización, encaminamos ruta hacia nuestra última parada en el país, situada a unos cinco kilómetros de la ciudad costera.

La caminata se hace dura bajo un sol aún más abrasador que el del día anterior. Pero tras otra gran sudada y algún que otro incidente con la marina nacional (pasamos junto a unas instalaciones y no son muy amigos de las personas con cámaras), llegamos a nuestro destino. Sólo queda esperar nueve horas hasta el momento del embarque.

A pesar del prolongado tiempo de aguarde, el día transcurre de forma rápida y apacible. En el puerto conocemos a dos familias que recorren el mundo con sus hijos en autocaravana, así como a un joven colombiano que conocimos en aquella tienda de alfombras de Esfahan. Incluso los matrimonios, a pesar de su prodecencia francesa, dominan el castellano de forma alucinante.

Pasamos el día de conversación en conversación con otros viajeros como nosotros, hacía tiempo que no nos sentíamos tan bien acompañados durante el viaje.

A eso de la media noche, el barco zarpa y con él nuestro paso por el país persa. Ha sido un país de altibajos bien contrastados; de frío helador y calor sofocante, tanto en el clima como en sus ciudadanos. Desde luego que ha sido un país que ha merecido la pena ser visitado.

 

Muchísimas gracias una vez más por seguirnos a lo largo de esta aventura. Lo cierto es que perdería parte del significado que posee si no fuera por todo lo que volcamos, y que a su vez, vosotros también recibís. Esperamos seguir a la altura del apoyo que demostrais de cara al futuro.

Un abrazo bien cálido desde tierras árabes en estos fríos días navideños.
Feliz año nuevo.

Diario de Irán, día 16

26 de Diciembre de 2017 (descampado a las afueras de Bandar Abbas)

2×1, extenuación y sudor por ración doble. Una de las jornadas más duras del viaje con diferencia.

Por suerte o por desgracia, el autobús llegó a su destino a eso de las 6 y media de la mañana. Tras un ininterrumpido sueño no muy reparador, abrimos los ojos entre un gentío que se disputa el abandonar el autobùs.

Medio dormidos, nos deshacemos del ya clásico banco de pirañas de chasis amarillo. Con el estómago revuelto por el hambre y los mamboleos del viaje, tratamos de ubicarnos en un ambiente húmedo y pegajoso mientras picamos algo.

El plan de hoy consiste en encontrar la agencia que la mayoría de usuarios de foros de mochileros recomienda para comprar los billetes del barco. Conocemos la calle y tenemos una fotografía de la fachada, pero los buscadores no se ponen de acuerdo en ubicarla en una dirección en concreto.

Tratamos de preguntar a varias personas, pero no sirve de nada, ni siquiera escuchan lo que tratamos de decirles. Somos turistas y claro, lo que nos indicarán son hoteles o dónde hay taxistas a los que preguntarles la dirección. Si al menos éstos conociesen sus propias ciudades y la puñalada monetaria sirviese para llegar a nuestro destino…

Decidimos jugar sobre seguro. Recorreremos la calle entera de lado a lado, hasta topar con el lugar. Alrededor de dieciseis km en línea recta, más los cinco o seis que ya llevamos a cuestas.

Volvemos a las típicas infraestructuras iraníes inaccesibles para peatones. Ciudades como Yadz o Shiraz nos habían malacostumbrado. Volvemos a caminar por arcenes y arenosas tierras, entre gritos de taxistas y demás conductores que encuentran divertido saludar a unos extranjeros. Odio sentirme a veces como un alienígena, pero es la misma baza que en otras ocasiones brinda momentos positivos. La mochila es una pesada carga que nos unde y nos alza en volandas según el observador.

Después de varias horas, llegamos a la calle principal, donde en teoría se encuentra el negocio en el que adquirir los tickets. El contraste de aquella avenida con el de cualquier otra de otros rincones del país es abrumador: mujeres vistiendo de forma super colorida, pieles marrones tirando al negro, gente agolpada alrededor de tiendas de campaña…hasta los gatos lucen distintos.

Teorizamos con que aquella gente sean inmigrantes pakistaníes, pero es tan solo eso, una mera suposición. Sin embargo, hay algo que nos choca por encima de todo lo demás: algunas mujeres llevan, además del ya común hiyab (lo que nosotros conocemos como burka pero sin cubrir por completo el rostro), una máscara totalmente lisa que llega desde los ojos hasta por debajo de la nariz. Con una superficie rectilínea que sobresale a la altura del entrecejo a lo largo de toda la careta.

Conforme recorremos las aceras de la gran avenida, la novedad acaba por convertirse en algo cotidiano, hasta pasar a ser algo anecdótico. Conforme nos adentramos en el centro de la ciudad, volvemos a ver aquellos elementos más típicos de una estampa iraní: hiyab negros, taxistas, imágenes de las figuras más importantes del país, banderas nacionales y por supuesto, ciudadanos que se dirigen a nosotros con una extraña curiosidad.

Tras un eterno mirar aquí y allá, por fin vislumbramos el deja vú en una de las fachadas. Hemos encontrado la oficina de turismo, despúes de ocho horas de sudor y cansancio bajo el sol abrasador.

Una vez dentro, consultamos el precio del ticket, parece que ha variado un poco en relación a la referencia que encontramos. Saco el fajo de billetes que nos acompaña desde la ciudad de Qom, donde sacamos dinero por segunda y última vez. Pese al encarecimiento, podemos costearnoslo con la cantidad que calculamos, hemos conseguido recorrer Irán en quince días con apenas cien euros.

Una vez entregada la suma, nos quedamos en nuestras carteras con lo sobrante, casi a modo de recuerdo.

Hemos recorrido el país entero sin gastar un rial en comida y, casi como una medalla invisible que solo nosotros somos capaces de ver, pensamos llevar tales méritos hasta el final.

Con los tickets ya en nuestra mochila, decidimos dirigirnos hasta el puerto desde el cual desembarcaremos mañana. Preferimos pegarnos la sudada hoy que ya estamos totalmente embotados y pegajosos a tener que posponer la caminata para más adelante.

Mientras caminamos, nos topamos con una tienda que vende bombonas de camping gas con la misma boquilla que la que nosotros utilizamos. Ya tenemos una excusa en la que invertir el dinero sobrante. Sin embargo, nuestro afán consumista se ve hundido por el sorprendentemente bajo precio del producto: alrededor de un euro, siete veces menos que en Europa. A saber de qué gas están rellenas…

Tras la adquisición, prolongamos la marcha haciendo algún que otro alto en el camino para descansar. En una de estas paradas, ante la ausencia de baños públicos de la zona, decido adentrarme en unas estrechas callejuelas para orinar.

Una vez inmerso en mis asuntos, acurrucado en una esquina, vislumbro a un hombre tumbado sobre el suelo al otro lado de la calle. Sin lugar a dudas se trata de un “sin techo”.

Con aquella imagen en mi mente, no paro de pensar en la ilusión y el ánimo experimentado cuando, estando en el extranjero, alguien autóctono nos ha echado una mano. Sensación que me encantaría compartir con el individuo en cuestión. Pero mi mente no hace más que encontrar escusas para no ayudarle: solo tienes comida de la basura, seguro que encuentra comida igual que lo hice yo…

Sigo dándole vueltas al asunto mientras vuelvo al banco sobre el que Victor descansa esperándome. Y, de pronto, nada más tomar asiento, mi memoria proyecta un flashazo de los billetes sobrantes después del pago del ticket de barco.
Llevo tanto tiempo sin depender del dinero que he olvidado que lo tengo, y ahora mismo, ni siquiera lo necesito.

Sin embargo, mi mente vuelve a llenarse de más escusas. Desde verlo como un premio a los esfuerzos que unicamente mi compañero y yo nos hemos ganado, hasta como algo tan insulso como un depósito para las posibles emergencias venideras. Las que puedan acontecer de hoy a mañana, claro está, después esos billetes serán tan inservibles como una servilleta de bar empapada.

Mientras sigo haciendo malabares con mis buenas intenciones y mis ridiculas escusas, una voz se dirige hacia nosotros. Se trata de un joven iraní, que tras sonreirnos nos muestra una bolsa de papel. Se trata de un regalo.
Cuando oteo el interior del cubículo, no puedo ver más que la respuesta a mis dudas en forma de pistachos.

Tras darle las gracias y estrecharle la mano, le vuelvo a pedir a Victor que me espere. Hay algo que tengo que hacer.

Vuelvo a recorrer el laberinto de callejuelas hasta reencontrarme con mi peculiar huella. Todo sigue en su sitio, menos mal.

Sin dudarlo un instante me acerco a aquella figura recostada, hasta percatarme de que no descansa sola. Se trata de dos hombres que duermen apretados contra una esquina, una escena extremadamente familiar para mí de estos últimos meses. Sin lugar a dudas he hecho bien en volver.

Pese a lo que me duele haberlos despertado, creo que ha merecido la pena para ambos. Lo que a mí me sobraba va a hacer bien a alguien.

Tras lo vivido a lo largo de la mañana, los acontecimientos vividos durante la búsqueda de descanso no tienen la menor importancia. Además, el cansancio comienza a hacerse más que palpable, por lo que la travesía está marcada por la pesadez mental y la somnolencia.

En un descampado a las afueras establecemos campamento, esta vez sin cubrir la tienda con la tela impermeable. El calor es inaguantable, pero la necesidad de descanso es aún más fuerte…y nos vence.

Diario de Irán, día 15

25 de Diciembre de 2017 (autobús Shiraz-Bandar Abbas)

Una despedida prolongada.

Debido a que nuestra siguiente parada requiere de tomar un barco, un bus y por último un avión, nuestro abandono del país se está convirtiendo en algo lento, prácticamente eterno. Cuadrar todas las fechas y horarios nos obliga a llevar a cabo una retirada de casi una semana.

Hoy toca tomar un bus desde Shiraz hasta Bandar Abass, pero primero hay que llegar a la estación. Después de hora y media, entre recogida y recogida de pan, arroz y otros regalos que la suerte nos brinda diariamente, llegamos al lugar.

Una vez en las taquillas, nos enteramos de que el viaje es un trayecto de nueve horas y no hay autobuses hasta la llegada de la noche. Llegaremos el martes 26 a eso de las siete de la mañana, lo cual nos deja un solo día para encontrar la agencia que vende los tickets para el barco y desplazarnos hasta el embarcadero.
Son las dos de la tarde, el transporte sale a las 22:00…

La supervivencia nos llama, no nos queda mucha comida y aún nos quedan muchas horas de espera.
Volvemos a optar por dividirnos: Victor lee y vigila, yo salgo a buscar algo que llevarnos a la boca.

Me encanta cómo nos hemos dividido los roles según las habilidades de cada uno. Él es el relaciones sociales (hablando con los distintos contactos que vamos recopilando), yo el que cubre las necesidades básicas de ambos (basurear la mayor parte de las veces).

Llegado el momento, subimos al transporte, comidos y con una bolsa de treinta litros llena de alimentos varios. Nos aguarda un viaje largo, es el momento pertecto para escribir, editar y demás quehaceres.

Diario de Irán, día 14

24 de Diciembre de 2017 (Habitación de hostal, Shiraz)

“Noches buenas” las hay en todas partes, puede que no al uso, pero cándidas igualmente.

Nuestra jornada da comienzo en el piso de un host bastante distante, cuya hospitalidad no llega mucho más allá de varias caladas a un porro. Igualmente agradecemos el alojarnos en su casa mientras estrechamos nuestras manos, antes de dejar el lugar.

Mientras descendemos las calles que recorrimos la noche anterior, no puedo parar de pensar en lo distinto que se ve todo desde una motocicleta con casi trescientos kilos de peso encima. Desde luego que el paisaje parece otro.

Ya en la marquesina de autobús, aguardamos a que el vehículo haga acto de presencia. El reflejo de uno de los cristales de la parada muestra una instantánea casi increible, estamos a punto de tomar un transporte público en Irán. Para nada algo habitual en el país.

Tras una hora de viaje, llegamos a la ciudad de Shiraz. Hemos quedado en cierto punto con Mohsen, el hombre que conocimos en el bus desde Yazd a Persépolis hace un par de días. Al parecer, está encantado de que le contactásemos tras nuestra extraña despedida. Estaba preocupado de que nos hubisiemos bajado en medio de aquella oscura carretera.

Después de una caminata de unos diez kilómetros hasta encontrarnos con él, nos recibe con una sonrisa y un apretón de manos. Y nos guía hasta el hostal que nos ha reservado. Nos va a pagar una noche allí ya que no puede alojarnos en su piso.

Tras mostrarnos la habitación, que él mismo se había molestado en buscar hotel por hotel el día anterior, nos encaminamos a recorrer la ciudad.

Entre monumento y monumento, historia e historia, endulzamos cada tiempo muerto con zumo de frutas o dulces típicos de la ciudad, acompañados de largas y tendidas conversaciones. Incluso le acompañamos a rezar durante el paseo. Dos minutos le son más que suficientes: “Dios está en cada uno de los actos del día a día, repetir palabras y gestos no te hace mejor persona ni te acerca más a el”.

Mientras visitamos uno de los complejos religiosos más grande de la ciudad, somos alertados por un agente de “asuntos exteriores”. Nos informa de que no podemos acceder sin un guía por ser turistas, a pesar de que Mohsen sea musulmán.

Tras esperar a que alguien nos escolte durante varios metros, para luego abandonarnos sin mediar palabra, hablamos sobre lo sucedido. Nuestro amigo no está para nada de acuerdo con que se nos restringa el acceso a no-musulmanes (que no turistas) a enclaves de alto valor religioso.

Algo en mi interior entiende el por qué de tales medidas, no paro de pensar en lo intolerantes que son algunos conocidos míos. Trato que yo no he sentido en ningún rincón del país por no compartir mismas creencias religiosas.

Al parecer es todo cosa del gobierno, quien trata de evitar posibles conductas indebidas en los santos lugares. Pero no puedo estar más de acuerdo con nuestro particular guía.

Una vez fuera del recinto, nuestro amigo se abre revelándonos la fuente de la que bebe cuando está falto de sentido o felicidad. Nos explica cuánto le llena acudir a edificaciones como en la que nos encontrábamos hace unos momentos. Y a mi cabeza viene una imagen, naturaleza.
Entonces le explico una de las diferencias que percibo entre “nuestro mundo” y el suyo, cómo los occidentales tendemos más a la soledad y a acudir a lugares tranquilos cuando percibimos cierto desequilibrio emocional. Y cómo ellos buscan refugio en el calor de la fraternidad que ofrecen sus enclaves religiosos.

La conversación evoluciona y da mil vueltas hasta terminar por hacernos pensar en hasta qué punto la religión nos influye, aunque creamos vivir al margen de ella. Cómo profesiones como la de motivador ocupacional, sólo tienen sentido en un mundo en el que la confesión hace tiempo que dejó de servir a muchos de guía espiritual.
Para los musulmanes, este acto es algo más negativo que positivo. “No hay mejor guía que seguir uno mismo la senda de Dios”.

Tras varias horas de debate, decidimos hacer un alto en el camino para cenar. Mohsen nos lleva hasta un restaurante situado en el bajo de un edificio. Y entonces el milagro navideño se produce. Nuestro amigo nos invita a una de las mejores cenas del viaje.
Hasta acompañamos los bocados de unas buenas dosis de humor negro, algo que agradezco sobremanera estando en este país.

La velada es maravillosa, hasta somos invitados a varios platos de forma totalmente gratuita. Pero lo importante es con quién la compartimos.
Una Noche Buena para el recuerdo.

Diario de Irán, día 13

23 de Diciembre de 2017 (Piso a las afueras de Ghalat, Shiraz)

Tal vez, tan solo tal vez, el día de hoy fue demasiado intenso. Trataré de dejar la subjetividad aparte para que cada uno saque sus propias conclusiones.

Comenzamos la jornada con los primeros rayos del sol, despertándonos frente a las tumbas de algunos de los reyes persas más importantes. Hemos pasado la noche durmiendo al raso por lo que se agradece que el astro rey nos salude con su calor.

Tras recoger nuestras pertenencias nos dirigimos a ver el primer enclave histórico. Como es costumbre, somos recibidos con una puñalada económica. El precio de la entrada para “turistas extranjeros” es casi siete veces el del ticket para locales. Por mucho que nos duela, decidimos pagar la entrada. No siempre se puede viajar a Irán para ver algo tan importante, culturalmente hablando.

Una vez finalizada nuestra visita, nos cubrimos la cabeza con pañuelos y demás coberturas, tratando de eludir de alguna manera los rayos del sol. Nos espera una caminata de unos ocho kilómetros hasta Persépolis.

Una hora después, estamos en las inmediaciones de la antigua ciudad persa, guardando nuestras mochilas en el guardaropa. Como ya es costumbre, nos destacan el gran peso de los tremendos macutos, frente a lo cual respondemos con una sonrisa y un leve cabeceo.

Llega el momento de atravesar las puertas de seguridad, donde observamos que todos los locales sacan su ticket. Al tratar de acceder, nos llaman la atención y nos informan de que no podemos comprar la entrada allí. Nos redirigen a las consignas.

De camino a las taquillas, nos encontramos por el suelo un papel con palabras y números escritos en pharsi. Se trata de un boleto usado, el cual tomamos de referencia para tratar de no ser engañados. El precio impreso indica 30.000 riales.

A la hora de pagar y, pese a haberle mostrado el papel al trabajador, nos saca un boleto totalmente distinto, completamente escrito en inglés. El precio de éste es de 200.000 riales.

La discusión tiene lugar, pero de poco sirve. Al menos sabemos que el precio está establecido y no se trata de una estafa con números aleatorios. Igualmente, el sabor agridulce permanece en nuestras papilas gustativas durante toda la visita.

Después de casi cuatro horas rondando la zona, abandonamos las instalaciones en busca de nuestras pertenencias. Hemos disfrutado muchísimo el lugar, pero la discriminación que hacen algunos locales con los turistas empieza a amargarnos cada vez más. Podría considerarse incluso racismo a como algunos iraníes nos hablan y se ríen simplemente por ser extranjeros.

Tras comer un poco de pan junto con una lata de sardinas con tomate que compramos en armenia, proseguimos camino. Aún tenemos que llegar al pueblo de Marvdasht para poder tomar desde allí un autobús hasta Shiraz, nuestra próxima ciudad destino.

Mientras andamos en dirección a la localidad próxima el atardecer nos sorprende con sus bellos tonos cálidos. Asomándonos un poco entre los árboles del camino, conseguimos presenciar una puesta de sol preciosa. Pero eso no es todo, unos lugareños reunidos en torno a una fogata nos saludan y nos invitan a tomar té juntos. Ante proposiciones así no se puede decir que no.

No solo nos llevamos un dulce recuerdo de aquella invitación, sino que además uno de los hombres nos acerca en su vehículo a la población. Una vez allí, tras ser atosigados por una manada de taxistas, conseguimos montarnos en un vehículo dirección Shiraz. Hemos vuelto a hacer autostop sin levantar un dedo, hacía tiempo que esto no ocurría.

Ya en el centro de la ciudad, un mar de posibilidades comienza a embravarse hasta azotarnos con su oleaje. Sin estar muy seguros de por qué, decidimos dirigirnos a un pueblo a las afueras de la ciudad donde un contacto de un contacto nos asegura que nos espera una habitación en la que descansar. Ante ninguna oferta mejor, hacemos lo impesable para nosotros, tomamos un taxi hasta el lugar.

Después de unos momentos bastante extraños en los que no hacemos más que ver oscuridad a nuestro alrededor, por fin llegamos a la población. Allí nos encontramos con que el precio del taxi se ha doblado según lo acordado y no hay nadie esperándonos.

Varias llamadas telefónicas después, nos informan de que un amigo de nuestro supuesto host está en camino. Va a guiarnos hasta la casa. Finalmente el hombre aparece, conduciendo una clásica motocicleta iraní.
Aquí es cuando llegamos a uno de esos momentos en los que deseas que el día hubiese acabado hace horas. O no, o simplemente sonríes y no haces más que pensar en todas los posibles caminos a los que podía haberte arrastrado el día en lugar de estar montado en una moto junto con dos personas más y dos mochilas de treinta kilos. Para colmo es el primer paseo en moto de mi vida.

Después de volcar dos veces, una haciendo un caballito debido al gran peso de las mochilas y otra en la que el conductor acabó de medio lado contra el suelo, llegamos a la casa. De no ser por nuestras mochilas, los accidentados sucesos hubieran acabado con un final mucho peor para nosotros.

Una vez en el domicilio, conocemos a nuestro host, un joven de unos veinticinco años sumamente colocado. Vive junto con varios amigos más entre porro y porro, en una casa con jardín increiblemente grandes. Pero ya todo nos da igual, tenemos una habitación y una historia acojonante que contar.

Es la última vez que confiamos ciegamente en este tipo de contactos. La primera y la última.

Diario de Irán, días 11 y 12

21 y 22 de Diciembre 2017 (Casa abandonada frente a la Necrópolis de los reyes persas)

En efecto, otra vez tomándome la licencia para juntar varios días en una sola entrada.
Pero lo cierto es que no hay demasiado que contar sobre la jornada de ayer. Tal vez lo único remarcable sea que, debido a los estrujones que le dí a la ropa después de lavarla cuando trataba de secarla, tengo las palmas de las manos llenas de llagas. Fue un día extremadamente tranquilo.

Tras desayunar abundantemente y dejar las llaves del apartamento sobre la mesa del mismo, partimos rumbo a la estación de autobuses de la ciudad. Hemos pasado tres noches en aquel piso y a penas conocimos a su dueño, tan solo compartimos unos minutos cuando nos entregó las llaves.

Después de casi tres horas caminando bajo el sol, conseguimos llegar a la terminal, donde comienza nuestra pesadilla rutinaria: lidiar con el enjambre de taxistas y vendedores de billetes de autobús.

Nada más poner un pie sobre la acera circundante al edificio, comienzan a escucharse los primeros zumbidos. Varios hombres comienzan a enumerar ciudades iraníes mientras otro nos sigue preguntándonos, en un inglés deconstruido, por nuestro destino.
Cometemos el error de revelarlo, ante lo cual otro hombre nos pide que le sigamos.

Aquel individuo nos lleva hasta la oficina de una agencia, cosa extraña ya que lo más común es que esta clase de empleados te meta en los transportes apresuradamente. Allí podemos ver a varias personas discutir con los recepcionistas, no es buena señal en absoluto.

Teniendo en cuenta que  ya realizamos un kilometraje similar al que nos vamos a enfrentar hoy hace varios días, preguntamos por el precio del billete. Pretenden cobrarnos más del doble del precio que tenemos como referencia.

Tras mostrar nuestro descontento, uno de nosotros abandona el lugar en busca de otra empresa de viajes. Mientras, el otro presencia cómo uno de los trabajadores, tras tratar de contactar por teléfono con la agencia de enfrente, corre hacia ella rápidamente. Con competencia no hay timo que llevar a cabo.

Con un precio un tanto más razonable entre manos, nos dirigimos los dos hacia la compañía ofertante, seguidos muy de cerca por el primer hombre que nos guió en primer lugar. En cuanto llegamos allí, nuestro “amigo” se encarga de que el precio del billete se alce incluso más que antes. Pretenden cobrarnos una suma descomunal.

Es entonces cuando el regateo comienza. Tras varios posibles precios, el ticket desciende hasta casi la mitad de la primera cifra. Sin embargo, poco tardan en arrepentirse y actuar como que se han equivocado de número. Ante lo cual, vuelvo a proponer la suma anterior mirando seriamente a los ojos a uno de los trabajadores. Puedo ver en sus ojos, esquivos constantemente, la culpa que siente un estafador no muy orgulloso de su engaño, uno consciente de que lo que hace no es lo correcto.

Hartos de tanto malabar, decidimos sacar todos los billetes que hay en nuestras carteras, con un valor un poco superior a la oferta que defendemos. Les explicamos que no tenemos más dinero, lo cual no es cierto, y que o lo toman o nos buscamos otro transporte.

Acceden a regañadientes a subirnos al autobús, sin embargo, cuando ya estamos guardando las mochilas vuelven a pedirnos más dinero. Tras una larga discusión, un local se acerca y, tras explicarle el problema, accede a tratar de convencer al vendedor. Terco como él solo, sigue sin estar contento, e incluso vemos cómo aquel iraní le entraga un billete al trabajador. Penoso…

Al menos nos llevamos una buena conversación y un buen amigo de todo aquel embrollo. El hombre que nos pagó el resto del billete (muy a nuestro pesar) resulta ser una persona majísima de la que nos llevamos varias curiosidades:

-Hasta las playas estan divididas por sexo en Irán.
-En verano las mujeres pueden cambiar sus habituales ropas negras por otras de tonos más claros. Qué detalle…
-Musulmanes o no, la mayor parte de los iraníes repele la ciudad de Qom debido a su fervor religioso.

Para terminar bien el día, culminamos con una jugada maestra. En lo personal, un pequeño sueño cumplido después de muchos años: Parar un bus en el lugar en el que te quieres bajar a pesar de que no exista parada. Despúes de lustros viendo mi casa (situada en las afueras) pasar al entrar en mi ciudad logroñesa, lo he conseguido. Estos iraníes sí que saben, haciendo honor a sus estadísticas de índices de accidentes de tráfico…esta vez animados por españoles.

Esta decisión nos ahorraría al día siguiente caminar alrededor de quince kilómetros. Creo que mereció la pena el riesgo.

Diario de Irán, día 10

20 de Diciembre de 2017 (piso de Hojjat, Yadz)

Nos ha costado, pero por fín lo hemos conseguido. Hoy hemos podido disfrutar de Irán sin sentirnos restringidos ni tratados de manera extraña. Siendo nada más y nada menos que nosotros mismos.

Llegamos anoche a esta ciudad con el nombre y apellidos de “Turistas” impreso en nuestros billetes (ni se molestaron en tratar de escribir nuestros “complicados nombres extranjeros”), y pese a seguir recibiendo este trato, hoy nos ha dado igual todo.

Abandonamos el piso tras desayunar unas rebanadas de pan con sofrito de tomate y cebolla, saciados de estómago pero hambrientos de aventuras. Nuestra primera parada fue el templo zoroastriano de la ciudad, el único poseedor de fuego sagrado en todo el país persa.
Lo cierto es que el mazdaismo es una religión que me fascina desmedidamente, por lo que fue estupendo conocer más sobre sus ritos así como contemplar un llama que, en teoría, lleva sin consumirse casi mil seiscientos años. Aún la mantienen a base de simples leños de madera.

Después nos dedicamos a explorar la ciudad sin rumbo ni plan a seguir. Desde antiguos edificios abandonados hasta las mezquitas más modernas y de decoración más cuidada. Fue sumamente interesante colarnos en lo que en su día sería una escuela femenina y olisquear en sus libros y cuadernos de estudio. Un simple dibujo de pinta y colorea puede enseñar más de lo que parece.

Tras hacer un poco el gamberro, nos volvimos a poner la máscara de turistas standar para visitar los lugares más emblemáticos de la localidad. Lo cierto es que Yadz es de las pocas ciudades del país que realmente nos ha parecido disfrutable para recorrerla paseando.

Lo mejor del día, vino a la hora de visitar la mezquita principal de la ciudad, en la que cobraban entrada por su acceso únicamente a los turistas. Como ya es costumbre, manifestamos nuestro desapruebo al custodiante de la puerta, quien cabizbajo, con una cara de vergüenza increible, nos explicó que “los forasteros tienen que pagar”. Creo que esa frase fue el detonante que necesitábamos para estallar.

Aceptando la negativa respecto a nuestro libre acceso, nos dimos media vuelta y continuamos caminando. Hasta que sin ser conscientes de ello, llegamos a una puerta de acceso lateral al recinto.

Sin pensarlo dos veces, tratamos de entrar de nuevo hasta ser frenados por un policia. Evidentemente nos hicimos los “españoles” y tratando de hacerle creer que no hablabamos inglés volvimos a abandonar el emplazamiento sin consecuencias. Se notaba que no era precisamente ilegal entrar sin ticket, tan solo se trataba de una forma de aprovecharse de los extranjeros. Pero igualmente volvimos a irnos aceptando la derrota.

Sin embargo, algo o alguien quería que entrásemos a aquel lugar. De la misma forma que la vez anterior, nos topamos de nuevo con una tercera puerta. Las carcajadas ya eran inaguantables. Esta vez entraríamos “hasta la cocina”.

Realmente fue bastante sencillo entrar pasando desapercividos. Una pena que después de tanta molestia supiera a poco lo que veríamos allí dentro. Pero no importaba, lo principal era disfrutar de nuestro juego y la adrenalina segregada. Y no hablemos de las endorfinas generadas cuando descubrimos que había una cuarta puerta de acceso totalmente desprovista de vigilancia. Desde luego que poco les importa proteger sus lugares sagrados como algunos guardas suelen argumentar…

El resto de la jornada consistió en una tranquila vuelta al piso, con un ojo en el camino y otro en busca de comida que poder carroñear. Aquella noche cenaríamos como reyes gracias a los restos de una celebración infantil.

Díario de Irán, días 8 y 9

18 de Diciembre de 2017 (sótano de Aria, Ali y Milad)

He tenido que hacer una excepción estos dos últimos días debido al trajín de acontecimientos ocurridos. Lo cierto es que hemos vivido unos momentos tan maravillosos que no quería pegar mi mirada a una pantalla para escribir y perderme lo que sucedía a mi alrededor.
Trataré de resumirlo todo de la manera más breve posible, aviso que hay cierto tinte personal en esta entrada.

La mañana del día diecisiete nos despedíamos de nuestros tres amigos artistas con la intención de alojarnos en la casa de una iraní que se ofreció a ayudarnos. Una pena que la primera pregunta que nos formulase la querida Zahra fuese: ¿Dónde pensais pasar la noche?
Lo cierto es que su labor como guía no nos aportó demasiado salvo conocer a una pareja iraní. Una pareja que hablaba perfecto castellano después de vivir treinta años en España. Estaban remodelando una casa al estilo tradicional persa por lo que pudimos ver una arquitectura auténtica e interesante.
Aunque lo mejor fue que nos invitaran a cenar en Nochebuena, a celebrar las Navidades con ellos y su familia.

No pudimos disfrutar demasiado de la sumamente turística visita guiada de Zahra, sobre todo debido a que nos confundiera con turistas de fajo en el bolsillo. Sin embargo, lo que más nos preocupaba era cómo poder volver a contactar con aquellos muchachos, intercambiamos contactos pero en el proceso olvidamos por completo pedir los suyos…
Y en el momento menos pensado, una voz nos llamó por nuestros nombres. Allí estaban, en medio de la acera, sonrientes. Desde luego que este viaje me da razones suficientes para creer en los milagros.

A pesar de volver a hospedarnos en la casa de nuestros nuevos amigos, volvimos a quedar una segunda vez con aquella mujer. Quería enseñarnos una plaza, así como presentarnos a alguna amistad suya. Tras una noche un tanto extraña con aquella gente (no disfrutamos de la mejor hospitalidad del viaje, supongo que hicieron lo que pudieron) volvimos con Aria, Ali y Milad, entonces la noche cobró un color muy distinto.

En cuanto al día de hoy no hay mucho que contar y a la vez hay mucho que transmitir… largas conversaciones, tanto artísticas como de nuestros paises de origen, tuvieron lugar. Aprendimos muchísimo y forjamos unos lazos increiblemente fuertes.
Lo cierto es que en los dos años que he estudiado Bellas Artes jamás había tenido un intercambio tan grande como este. Conectamos totalmente. Mismas inquietudes, similares formas de afrontarlas. Una pena que estudiemos a seis mil kilómetros de distancia…o tal vez no.

Por incrible que parezca, sé que estas amistades no van a ser otro grano más de arena en el camino. O al menos no pienso permitirlo. Haré todo lo que esté en mi mano por volvernos a ver. Mientras tanto, solo me queda disfrutar de lo que venga, de formarme como persona y como eso que llaman artista y con lo que sigo sin querer identificarme. Lejos de universidades y demás instituciones supuestamente educativas, aunque siga pagando por una matricula.

Cuando leía sobre esos locos que se juntaban para leer y debatir, culturizándose y enriqueciéndose intelectualmente de manera mutua, pensaba que era cosa del pasado. Ahora sé, por experiencia propia, que no hay más loco que el que se lo hace. Estoy cansado de pegarme de cabezazos contra eso que me da dolor de cabeza. Al menos ahora sé que las jaquecas son una enfermedad global que compartida, no solo duele mucho menos, sino que da fuerzas para hallar la cura.

 

Aprovechando este cambio total de estilo, nos gustaría desearos que paseis una agradable y feliz Navidad. Puede que pasemos estas fechas fuera de casa y lejos de nuestras familias, puede que incluso solos en alguna cueva iraní, mas no hay frío que pueda enfriar el calor que nos dais. Muchísimas gracias por seguirnos en esta aventura.
Un abrazo.

Victor y Diego.

 

Diario de Irán, día 7

14 de Diciembre (Misma cueva de ayer, Kashan)

Encuentros fortuitos y bienvenidas bien venidas. Esto resume en pocas palabras el día de hoy.

Tras una pequeña sesión matutina de fotografía bajo el rojo sol del amanecer, recogimos el campamento para adentrarnos de nuevo en la ciudad de Kashan.

Lo cierto es que no hemos visto muchos lugares de la ciudad, tan solo varias mezquitas y el bazar, pero hemos tenido varios encuentros interesantes a lo largo del día:

-Hemos tenido breves contactos con personas que trataban de ayudarnos a visitar la ciudad. Incluso alguna nos ha ofrecido dinero, oferta que tras dar las gracias hemos rechazado.

-Una mujer nos ha invitado a tomar té y a compartir una agradable conversación con ella. Se trataba de una mujer, de mundo, de unos sesenta años. Una mujer que había visitado múltiples paises a lo largo del mundo y que desprendía generosidad y apertura a nuevas culturas. Una mujer que se ha alarmado cuando un hombre ha gritado algo, a la lejanía, mientras hablaba con nosotros. Tras lo cual se ha recolocado el pañuelo de su frente y se ha despedido.

-Un iraní que apenas hablaba inglés nos ha guiado por una de las mezquitas de su ciudad lleno de orgullo y satisfación. Orgullo por mostrar a unos extranjeros lo que ama y respeta. Orgulloso de que esos extranjeros le presten atención y muestren curiosidad por lo que le es desconocido.

Diario de Irán, día 6

13 de Diciembre de 2017 (Cueva a las afueras de Kashan)

Un día agridulce, menos azucarado que otros pero sin dejar un mal sabor de boca.

Comenzamos la mañana caminando hasta otro gran complejo religioso situado a las afueras de la ciudad de Qom. Una larga caminata en línea recta hasta llegar al lugar, el cual se encuentra cerca del punto escogido para darle otra oportunidad al autostop en el país.

Tras los ya habituales momentos de nerviosismo de los persas de la entrada al no hacerse entender en su idioma, entramos al recinto, esta vez sin guía. Una vez vista la mezquita salimos de nuevo para recoger nuestras mochilas del guardaropa y comer algo de pan duro antes de dirigirnos a la carretera a hacer dedo.

Ya posicionados y motivados a agitar un par de neuronas, desplegamos el cartel y alzamos el brazo, esta vez sin el pulgar en alto. No queremos que nadie se sienta ofendido y tampoco saben lo que es el autostop, por lo que quien quiera parar lo hará tarde o temprano, o quizás no.

Como ya es costumbre, no llevamos ni dos minutos intentándolo y ya comienzan a acercarse los primeros iranies confusos. En respuesta les escribo con el traductor del móvil lo siguiente: “Estamos viajando alrededor del mundo pero no tenemos mucho dinero. Estamos esperando a que algún conductor que se diriga a Kashan (la ciudad escrita en el cartón) pare y nos lleve.”

El rostro del hombre se desdibuja hasta tomar una mueca de incomprensión e impasibilidad. Casi sin saber muy bien qué decir, coge aire y pronuncia una frase en persa con la palabra taxi incluida. A lo cual no tardo en decirle que no y traducirle que no tenemos dinero para un taxi.

Después de la explicación, seguimos con nuestro cartel tratando de conseguir un transporte hasta la ciudad destino. Mientras, el hombre sigue observándonos sin entender la situación, dándo vueltas en círculos junto al que parece su hijo.

Los coches comienzan a parar, pero no montamos en ninguno. Todos piden dinero a pesar de no tratarse de taxis. El hombre de antes sigue sin quitarnos ojo de encima.

Tras arrancar otro más de los coches que estacionan tratando de sacar beneficio económico, el caballero se acerca y vuelve a preguntarnos algo. A lo cual vuelvo a enseñarle el mismo texto de antes, pero con una pequeña modificación realizada para dejarles claras nuestras intenciones a los conductores. Ahora el escrito dice así: “Estamos viajando alrededor del mundo pero no tenemos mucho dinero. ¿Podría llevarnos a Kashan gratis?”. A lo cual el hombre asiente con la cabeza.

Siguiendo las señas de aquel señor, nos guía hasta el que parece su establecimiento. De allí sale su hijo con unas llaves en las manos. Parece ser que nos van a hacer el favor de acercarnos hasta la ciudad con el vehículo familiar.

Ya montados en el vehículo algo nos da mala espina. Tenemos la sensación de que nos están llevando a la estación de autobuses de Qom, aquel lugar lleno de pirañas dispuestas a sacar tanta tajada como les sea posible.

En efecto, diez minutos después nos encontramos frente a un autobús destino a Kashan. “Al menos con este hombre no nos timarán” nos decimos mutuamente. Y así fue, no nos timaron, pues fue él quien nos pagó el viaje.

Pese a agradecer el gran favor que nos hicieron, decidimos no seguir probando suerte con el autostop en este país, por más que nos duela perdernos las experiencias que éste suele aportarnos. Si todo aquí funciona con dinero, yo al menos, prefiero usar el nuestro.