Al filo del bordillo

Belgrado, Serbia, 7pm.

Caminamos por las céntricas calles de una urbe de contrastes. Los piés descalzos de los refugiados sin techo descansan junto a las galerías de un arte conceptual que parece ajeno a lo realidad en la que descansa. Los puestos de comida están en su hora punta y crean colas en las aceras que dificultan el paso.

Nos aproximamos a una zona especialmente concurrida por lo que aminoramos la velocidad de nuestro andar y nos introducimos en la marea humana. Hace días que el estómago no grita de desesperación por probar bocado, pero su memoria es duradera y trasmite a los sentidos un estado de alerta imposible de ignorar. Pipipi pipipi, entre el ir y venir de personas que a penas permte distinguir el otro lado de la calle, nuestros ojos enfocan una mesa cercana a un puesto de pizzas. Sobre la misma, una porción del delicioso alimento descansa sin mayor compañía que varias servilletas usadas y dos vasos con restos de café.

Extrañamente, el pedazo esta casi intacto, frío, pero perfectamente comestible. Pero lo más extraño de todo es la forma en la que ha sido probada la comida. La característica parte exterior, usualmente compuesta únicamente por masa de pan, es lo único que ha sido saboreado por su antiguo dueño. A pesar de la falta de hambre, cualquier aportación a nuestra dieta, basada en pan mayoritariamente, es más que agradecida. Por lo que no dudamos ni por un instante en acercanos a la mesa. Con el pedazo de comida ya en nuestras manos, el momento del visionado de la pizza entre el gentio vuelve a repetirse, pero en este caso con uno de los mendigos como punto de enfoque.

Un enorme sentimiento de remordimiento nos invade por un instante. Pero el momento, a pesar de su intensidad, es breve. No podemos evitar pensar en lo sencillo que es conseguir comida de la basura en caso de necesidad.

No llevamos ni dos semanas viajando y ya comenzanos a percatarnos de los efectos secundarios de esta aventura…al menos nos tomamos cada situación con mayor sentido del humor anterior que la anterior. Minutos después de ésta anecdata comenzamos a bromear sobre el momento y “la clase de monstruo que es capaz de comer únicamente los bordes de un pedazo de pizza”…