Ascendiendo en la memoria, parte 3

Alertado por nuestra presencia, el delicado repiqueteo cesa, para ser sustituido por un sonado mugido que rebota de ladera en ladera. A éste, pronto le siguen unos cuantos más, emitidos por los semejantes del gran animal que nos observa confundido, como si acabase de presenciar una aparición ante sus nubladas retinas. Junto a la bestia, descansa un cartel indicando la dirección a tomar para alcanzar nuestro destino, debemos rodear el vedado en toda su extensión.

Tras circundar varios metros la parcela, brota de entre las fauces de una brumosa criatura el tejado de una pequeña casa, situada tras el cercado pero contenida en otra pequeña división de tierra delimitada por alambre. El monstruo serpentea entre el humo de la chimenea colocada sobre la construcción, fuente de una fuerza que le hiere y de la que huye pero por la cual se ve tentado a abrazar. Debido a su constante recular y al avance de nuestros pasos, el cuerpo de la criatura comienza a descubrir la techumbre de varios emplazamientos más cercanos a la humeante morada.

De pronto, el camino abandona su forma envolvente para penetrar de lleno en el vallado, cuyo alambre se ve sustituido por dos pequeñas puertas de madera frente a la desembocadura del sendero.
Parece ser que el letrero que dejamos atras no era conocedor de la extensión de tierra que convive junto al mismo, como si su vecino se hubiese instalado recientemente en mitad del camino sin ni siquiera otorgar saludo alguno.

No teniendo demasiado claro que hacer a continuación, deambulamos por la zona con la esperanza de que algún residente menos peludo y más letrado se deje ver para poder disolver nuestras dudas. El azar llama a nuesta puerta, o a la del hogar que mantiene a raya a las neblinosas bestias, el caso es que del pórtico de la vivienda se asoma un rostro cuyo mirar está fijo en nosotros.

Tras el correspondiente intercambio de saludos, un individuo se materializa entre la niebla. Nuestros pasos se encuentran e introduzco mi mano en uno de los bolsillos de mi abrigo, extraigo el preciado cuaderno y realizo la búsqueda pertinente. Con el escrito en las manos, una estampida de gesticulaciones tiene lugar en la faz del hombre conforme éste avanza en su lectura. La guía con un curtido dedo índice, amigo de numerosos inviernos y conocedor de la dureza de su compañía en horas de trabajo. Cuando la yema ya descansa sobre las últimas palabras, devuelve la libreta a mis manos y recorre el vaporoso paisaje con la mirada.

Para mi sorpresa, tras cruzar su mirada con la mía, comienza a explicar el rumbo a seguir en un notable inglés, el cual pese a su marcado acento turco, resulta facilmente comprensible. Sin embargo. el granjero no dispone del vocabulario necesario para hacerse entender apropiadamente. Por lo que tras pedirnos algo con lo que poder escribir, le entrego de nuevo el cuaderno donde, varios tachones después, dibuja un esquemático mapa del camino a seguir.

A veces lo imposible se hace más que probable. En apenas unos segundos, la pesadez del pasado que flotaba en aquel mar de nubes naufragaba, para reflotar un sentimiento añejo desligado de cualquier acontecimiento acontecido.
Una descarga eléctrica recorría mi cuerpo hasta la supercie más minúscula sin hallar opisición alguna, renovando el ánimo decaido, sanando los fríos y doloridos dedos de nuestros piés.

Jamás imaginé que él guardaría una última excursión a la que aventurarse…

Ascendiendo en la memoria, parte 2

A cada quiebro del camino, las gigantescas banderas coloradas parecen menguar su tamaño, hasta incluso desvanecerse entre la translucidad de un horizonte perdido desde hace varios minutos. El océano nuboso arrastra paulatinamente bestias marinas que devoran todo a su paso, desde su estómago la visibilidad está limitada a poco más que las paredes del propio órgano. Su paso es silencioso, salvo por el chocar de sus escamas con nuestros impermeables, los cuales provocan pequeñas hemorragias que llenan nuestros abrigos de minúsculas gotas cristalinas.

De pronto, una de las criaturas nos escupe y abandona el lugar. La vista se aclara y frente a nosotros se presenta una pequeña agrupación de casas, estando algunas aun en costrucción. La más cercana es un conjunto de vigas de madera y metal en la que un anciano trabaja de forma pausada pero decidida, como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacer un buen trabajo. Salvo aquel peculiar albañil, la población parece vacía y conserva el mismo callar al que el camino nos tenía acostumbrados.

Pocos metros despúes de superar el esqueleto de hierro y leño, los primeros indicios de haber escogido la senda correcta se hacen patentes. Un letrero en forma de flecha indica que nos encontramos cerca del Monte Pilav. Más por si quedaba espacio para la duda, un turco se materializa de la nada y nos pregunta por nuestro destino. Tras darle respuesta, nos señala el cartel y trata de explicarnos la forma que adopta el camino más adelante así como el tiempo que podría tomarnos recorrerlo, unas cuatro horas. Tras esto, nos informa de que podemos tomar un taxi hasta la cima, a lo que no tardamos en menear la cabeza de lado a lado y darle las gracias. Sorprendido, nos desea buena suerte y nos despedimos. Aunque la sorpresa no es solo suya, pues acabamos de entender todo lo que aquel amable caballero nos había dicho sin conocer más de tres palabras en turco. Al menos supimos decirle “hola”, “gracias” y “adios”.

Superamos el pueblo y el verde y el gris vuelven a apoderarse del decorado, aunque no por mucho tiempo ya que el camino vuelve a descubrirnos, tras una curva, un par de viviendas más.

De pronto, el eterno silencio se ve roto por el eco de una voz que resuena en todo el valle y que llega a nuestros oidos como un lejano susurro. Más la vibración no se limita a recorrer nuestros tímpanos, sino que viaja por la nuca, el cuello y la espalda hasta provocarnos un placentero escalofrío. La llamada a rezo ha comenzado y los cantares suenan al unísono por toda la montaña, como un coro que trata de contactar con su dios. Pero el mágico momento dura bien poco, ya que una chirriante y desafinada voz comienza a retransmitir desde un amplificador escondido en algún lugar entre los árboles. Caminamos un poco más entre la extraña conversación creada en apenas unos instantes, hasta que descubrimos el escondite de la fuente de aquel horrible sonido. Entre las copas de los árboles acaba de emerger un minarete desde el que varios altavoces acoplados vibran debido a la mala calidad del audio y a los altos decibelios del mismo.

Con el pueblo ya a nuestras espaldas, el estruendo vuelve a convertirse en susurro y, a pesar de no enmendar el mal sabor de boca del momento, los últimos cantos nos devuelven al estado de calma del que anteriormente disfrutábamos. De echo, se acrecenta, el asfalto comienza a convertirse gradualmente en un húmedo terreno pedregoso entre el verde y el naranja de la flora, que cada vez va tomando un aspecto más salvaje. Tras varios minutos caminando, cualquier rastro de vida humana en la zona desaparece. A nuestro al rededor unicamente pueden observarse espesas hileras de árboles, así como los arbustos que descansan a los pies de los mismos, todo ello adornado por un ambiente neblinoso que juega con las perspectivas a placer.

Tras el cambio de paisaje, el trayecto no varía demasiado, tampoco lo hacen nuestras sensaciones. Los únicos acontecimientos a destacar son el encontronazo con dos cazadores cocinando parte de su botín y un alto en el camino, durante el que aprovechamos para comer algo de fruta y admirar aún más el paisaje.

Los carteles indicando la dirección a seguir para alcanzar el monte en cuestión, se van sucediendo a lo largo del sendero, pero el dichoso momento de alcanzar el lugar parece no llegar nunca. Ni siquiera es posible vislumbrar un atisbo de cercanía a cumbre alguna, las esponjosas bestias siguen sin soltar a su presa y, por lo tanto, nosotros sin tener referencia de la meta.

De nuevo, el oleaje vuelve a arrastrar el cuerpo de una de sus criaturas, cubriendo por completo la zona e impidiendo ver más allá de unos pocos metros a la redonda. Caminamos prácticamente a ciegas, usando el sendero que pisamos cual bastón, es nuestra única referencia a confiar. Tras varios minutos caminando, la marea vuelve a fluir, apartando del camino al animal varado y permitiéndonos recobrar nuestro sentido robado de nuevo.

Sin embargo, antes de recuperar por completo la visión, algo llama la atención de otro de nuestros sentidos. Comienza a escucharse a lo lejos el tintineo de unas campanas que, debido a la suave brisa que sopla a nuestro favor, suena de forma intermitente y amortiguada, como si saltase de ventolera en ventolera cual niño entre camas elásticas. El inquietante sonido mantiene su carácter misterioso hasta que, conforme la niebla se disipa, la fuente de su origen se va revelando ante nuestros ojos. Unos pequeños cuernos se asoman sobre los arbustos contenidos tras un cercado de alambre de espino. Justo cuando ya dábamos por seguro que no tendríamos más compañía en lo que quedaba de camino.

Ascenciendo en la memoria, parte 1

31 de Octubre de 2017,

Ayer acompañamos al sol en su búsqueda de descanso hasta llegar al recóndito pueblo, perdido entre nubes y montañas, de Maçka. Tras explorar un poco el lugar y hablar con algún que otro lugareño sobre nuestro lugar de origen, así como mentir sobre gustos deportivos que no compartimos, clavamos piquetas y desplegamos esterillas. Debemos esperar a que nuestro compañero de viaje despierte de su sueño. A eso de las seis de la mañana, su fulgor atraviesa la fina superficie de lona de la tienda de campaña, hay que ponerse en marcha.

Con todo recogido y la mochila llena, a diferencia de nuestro estómago, nos disponemos a encontrar un establecimiento en el que poder saciar nuestro apetito y el de nuestros seres queridos. Hace un par de días que no damos señales de vida. En plena búsqueda, una voz turca nos insta a detenernos, se trata de un militar que nos llama desde un puesto de vigilancia. Para nuestra sorpresa, es el quién se acerca a nosotros para entablar conversación, o al menos intentarlo, como ya es costumbre. Tras frustrarse al tratar de hacerse entender en su lengua materna, saca su teléfono móvil del bolsillo y da comienzo entre nosotros un chat en línea, de su mano a la mía y viceversa. Tras varias preguntas, saco mi cuaderno de la mochila y le muestro el pequeño escrito que el bueno de Ahmet transcribió hacía ya varios días. Siendo ya conocedor de nuestros motivos para visitar la población, nos advierte del temporal y nos facilita el número de emergencias del país. Un apretón de manos después, proseguimos a tratar de saciar nuestras necesidades.

Tras un breve paseo, el lugar elegido es un pequeño establecimiento regentado por una entrañable señora de cabello ya cano y oleaje en la piel. El plato más barato es una sopa cuyos ingredientes no nos quedan muy claros cuales son, pero igualmente le pedimos dos y nos acomodamos en una mesa. Varios minutos después, los humeantes cuencos descansan frente a nosotros. Antes de probar bocado, le mostramos a la mujer la pantalla de nuestro teléfono para que nos facilite la contraseña que nos separa de nuestra última tarea a tachar de la lista. Con el líquido ya apenas caliente y las huellas de varios trabajadores del local en nuestros celulares, por fin conseguimos comunicarnos con nuestras familias.

Tras varias flotas de barquitos de pan a la deriva, me dispongo a mostrarle el texto a la mesera. Al verme cuaderno en mano, llama a uno de los muchachos que previamente nos había ayudado a conectarnos a la red, quién no tarda mucho en acercarse. El joven lee un par de oraciones en voz alta hasta que, llegado cierto momento, la mujer le arrebata el cuaderno de las manos. Con los dedos mojados de estar cocinando y cierto temblor en los brazos, trata de leer lo descrito en unas páginas ya no tan blancas. Tras levantar la vista del papel, realiza varios gestos brúscamente con su mano izquierda y el trabajador abandona el establecimiento. A los pocos segundos, se asoma por la puerta y nos hace señas para que le sigamos. Sin dudarlo ni un segundo, recogo el cuaderno de manos de la señora y seguimos los pasos de su ayudante.

El muchacho nos lleva a una escaleras metálicas, las cuales rodean el local y suben hasta lo que parece el bar en el que se reunen gran parte de los pueblerinos. Entendemos que nos presenta al dueño y tras comunicarle nuestra nacionalidad le acerco el manoseado manojo de páginas. Cuando finaliza la lectura, dirige su mirada hacia una mesa que hace esquina entre dos grandes ventanales, la cual esta llena de varios caballeros disfrutando del clásico çai turco. Profiere varias palabras hacia los mismos y éstos pronto asienten con cierta pena en los rostros. Nuestro guía nos invita a acercarnos al grupo de hombres mientras estos añaden dos sillas más a la mesa.

Nos sentamos y tras presentarnos mutuamente, comienzan a narrarnos lo que creemos que es la crónica de lo sucedido hace ya catorce años.

Pese a la distancia que nos separa el idioma, sentimos extremádamente cercanas a aquellas personas y, si bien las palabras no nos aclaran nada, sus miradas y sus gestos nos sobran como explicación de lo que tratan de transmitirnos. Echo el silencio, procedemos a tratar de preguntarles si conocen a alguien que pueda llevarnos al lugar, traductor en mano, por supuesto. Nos cuentan que el lugar se encuentra a unos quince quilómetros de la población, pero que un taxi puede acercarnos a la zona sin problemas. Volvemos a preguntarles, esta vez acerca de que tal está el acceso a pie y las dificultades que pueda entrañar tal travesía. La respuesta es física antes que verbal, con el ceño fruncido profieren las primeras palabras en lengua sajona: “water”, “rain”. Y las acompañan de varios aspavientos con los brazos para hacernos entender que es una zona de niebla sumamente densa.
Damos el último sorbo al té que nos habían servido y les damos las gracias uno por uno, antes de levantarnos del asiento y despedirnos con un gesto de agradecimiento. Bajamos las escaleras metálicas y nos disponemos a recoger nuestras mochilas del local de la mesera, hay una excursión que preparar.

Tras contrastar la información recibida con nuestros mapas digitales y los datos que algunas páginas web reflejan, vemos más que necesario rebajar el peso de nuestras mochilas. Una ruta de casi treinta kilómetros (quince de subida y quince de bajada) con un peso de números similares es una locura que, aunque estoy dispuesto a llevar a cabo, no quiero arrastrar a mi amigo hacia la misma. Por lo que rebusco entre el contenido de mi mochila hasta dar con un manojo de bolsas de basura “tamaño contenedor”. Decidimos guardar en una de éstas todo lo que no sea comida, agua o material de acampada y escondemos nuestras pertencias entre unos arbustos. Con todo el material ya listo y colgado a nuestras espaldas, procedemos al ascenso.

Apenas dados los primeros pasos, comenzamos a sentir como músculos y tendones entran en calor y se preparan para la travesía que nos aguarda. Incluso nuestro compañero de viaje perdido, emerge entre el mar de nubes en el que las cumbres se hallan sumerguidas, saludándonos con una cálida caricia. Tan cálida que nuestra temperatura corporal se eleva de tal manera que no tardamos ni cinco minutos en rebajar el número de capas de abrigo. Sudores aparte, continuamos caminando por la gran calzada que sube montaña arriba, asfaltada en perfectas condiciones pero sin un quitamiedos que impida una caida tan impresionante como las vistas capaz de brindar. La escasa brisa que parece empujarnos montaña arriba, ondea las mastodónticas banderas nacionales repartidas a lo largo y ancho del valle. Si no fuera por su constante visión a lo largo del trayecto, perféctamente pudiera confundirse tal paisaje con el de la cordillera cantábrica o incluso con los Pirineos.

Los cúmulos nubosos quedan cada vez menos lejanos y la tímida brisa pasa a convertirse en un soplido que congela hasta la última gota de sudor. De pronto volvemos a quedarnos sin nuestra única compañia y la luminosa mañana se ve sumido en una gris tarde de domingo. La soledad es literal, somos las únicas almas que transitan por la zona a excepción de los pocos gatos que dormitan en los tejados. Tan solo algunos vehículos hacen el esfuerzo de ascender por la serpenteante carretera de montaña.

Curva a curva, la montaña nos regala una vista mejor que la anterior, permitíendonos tener cierta referencia de la distancia recorrida. A pesar de la hermosa panorámica, apenas puedo despegar la mirada del asfalto. Sigo sin creerme que estoy pisando la tierra que piso. Pero algo se encarga de sacarme de mi ensimismamiento, el rojo anaranjado de unos pequeños tomates creciendo al borde de la carretera llaman mi atención. Sin dudarlo un segundo, los recogemos, los lavamos y les damos el primer bocado. Llevábamos casi un mes sin probar un tomate fresco. A saber cuando volveremos a comer el próximo…

En el desierto

El amor de una madre acariciando el pensamiento de un crío.

El placer del tiempo detenido, ignorado, y la mente creciendo vorazmente, volando.

Ansiedad arraigada en tierra desconocida, que se alimenta del miedo a perder una parte de lo que soy por una de lo que seré.

Miedo a que el mundo gire sin mi.

Terror a la fecha de caducidad de la juventud, miedo a perder una pieza irremplazable.

La brisa perturba mis pensamientos, llevándolos lejos, dejando paz, calma, armonía… Dedicarme tiempo en silencio, tiempo en brisa, como mecanismo para llegar a mi mismo.

 

Víctor MB en un desierto entre Goreme y Uchisar

Pánico en el autobús (un relato de Halloween)

-¡Jodo Diego! Lo tuyo ya no es ni media normal. Solo encuentras dulces.
-Será por todos los que no me he comido durante años en España…  – Ambos comenzaron a reir.

Y vaya que si encontraría, vaya que sí…

Tras pasar varios dias en Estambul y no tener demasiado éxito haciendo dedo para salir de la ciudad, el autobús se convirtió en nuestro as en la manga al que recurrir. Por lo que nos dirigimos a la estación de buses, compramos los billetes y esperamos varias horas hasta la llegada del mismo. La espera se prorrogaría más de lo esperado hasta que finalmente conseguimos abandonar las urbanitas puertas de asia a eso de la media noche.

El destino, el pequeño pueblo de Göreme (en plena Capadoccia), distaba a unas nueve horas de trayecto, por lo que el viaje iba a estar más bien ligado al sueño y el descanso. Sentados ya en nuestros asientos (los del final del vehículo, donde suele haber cuatro) y con las luces internas del transporte apagadas, no tardamos demasiado en acomodarnos y sellar nuestros párpados.

Aún despierto, intuyo un sonido entre el ruido del motor y el vibrar de las ventanillas. Son los pasos del azafato. Sí, viajamos en autobuses de bajo coste con azafato, Turquía es así. El muchacho se aproxima tratando de manetener el equlibrio mientras se va parando pasajero por pasajero para entregarles algo. Con la escasa luz no consigo ver de que se trata hasta que se encuentra frente a mi, mostrándome en una de sus manos el emboltorio de un bollito de fresa. No tengo demasiado apetito y menos aun para ese tipo de empalagosidades (ya probamos uno en un viaje anterior, no fue como para repetir), por lo que dirigo mi mirada hacia Victor. Busco averiguar si a el le apetece comer el dulce, pero ya se encuentra arropado por Morfeo. Ante la duda, vuelvo a mirar al azafato y le cogo el paquete de la mano acompañando la acción con un gesto de agradecimiento.
Me guardo la nueva adquisición en el bolsillo. Vuelvo a cerrar los ojos y recuesto la cabeza en el asiento.

Pasado cierto tiempo, el automóvil pega un pequeño bote provocado por un bache. Victor y yo despertamos y nos miramos desconcertados, como si uno de los dos hubiera levantado al otro por algún motivo. Tras un instante y sin mediar palabra, nos damos cuenta de lo ocurrido y nuestras miradas hacen llegar al otro que hemos damos por entendido el suceso. Tras esto, palpo en mis pantalones buscando el bollo, cuando lo encuentro, introduzco la mano en mi bolsillo y le ofrezco el dulce a mi compañero de viaje.

Varios minutos después, lo único que queda del dulce son unas pocas migas repartidas por el suelo del transporte. Finalizado el aperitivo, Victor vuelve a cerrar los ojos como si nada hubiera ocurrido. Poco tiempo despúes, le imito y caigo profundamente dormido.

De pronto, noto una presencia junto a mi acompañada de un golpe en mi pierna izquierda, abro los ojos súbitamente, sin estar muy seguro de si lo que he sentido era físico o no. Para mi sorpresa, veo como el azafato me sonrie desde el asiento de mi lado, parece que se ha sentado para descansar el también. No le doy demasiada importancia y prosigo descansando. No vuelvo demasiado a caer profundamente dormido, al fín y al cabo, habíamos tenido un día muy largo.

Más desconcertado que la vez anterior, vuelvo a despertarme notando algo sobre mi pierna izquierda. Tardo bastante en poder aclarar la vista entre la oscuridad que inunda el vehículo, por lo que parpedo numerosas veces antes de conseguir discernir algo. Con la mente y la visión un poco más frescos, por fin consigo ver que es lo que había sentido con mi tacto. Para mi sorpresa, el muchacho de los bollos de fresa se encuentra acomodado, en su asiento, en posición fetal de espaldas a mi. Hasta ahí ningún problema, nada fuera de lo común. Hasta el momento en el que me percato de que se ha colocado con sus nalgas apoyadas en mi pierna izquierda, a la altura de mi pelvis. Ante tal situación, no se muy bien como reaccionar, ya que no me apetece despertar a nadie. Ni al muchacho, ni a Victor, ni a ninguna de las personas que descansan a mi al rededor, por lo que permanezco en silencio varios segundos. No tengo demasiado tiempo para pensar en que hacer, ya que vuelvo a sobresaltarme de nuevo por algo. Noto el rozar de unos dedos en mi mano izquierda, la cual había quedado entre mis piernas tras quedarme dormido hacía ya cierto tiempo. Sigo sin reaccionar, la situación me desconcierta y no se muy bien que hacer, pero no quiero despertar a nadie, por lo que sigo mudo en la oscuridad del autobús.

Permanezco estático en mi asiento, hasta que noto algo que me confirma que no soy el único que permanece despierto en el autobús. El suave tacto de unos dedos pasa a convertirse en una mano que tira de la mia. Pronto, ambas chocan contra algo, las posaderas del inesperado pasajero de mi asiento aledaño. Ahora sí que reaccionó sin lugar a dudas, aparto mi extremidad del lugar de impacto y trato de moverme para apartar de mi el peso que me retiene sentado. Poco tiempo pasa hasta que vuelvo a sentir su mano de nuevo, esta vez acercándose desde mi rodilla derecha hacia mi estómago, o algún lugar cercano. Vuelvo a apartarle la mano y giro todo mi cuerpo bruscamente para poder liberarme, hasta acabar dándole la espalda, culo con culo. Todo sin generar el menor sonido.

Para mi sorpresa, no tardo demasiado en que mi tacto deje de notar el del azafato, pues este se levanta bruscamente en dirección a la parte delantera del vehículo. Dado el momento, se sienta en uno de los asientos que quedaban libres cerca del conductor. Casi sin poder creer lo ocurrido y pensando que mi cerebro ha debido de exagerarlo todo por estar aun medio dormido, vuelvo a cerrar los ojos. Como si no hubiera ocurrido nada. Pero esta vez no soy abrazado por Morfeo tan rápido, no puedo evitar pensar en lo acontecido hace un momento. Hago un minucioso repaso de acontecimientos y unas horas más tarde consigo encontrar descanso.

Como siempre, todo queda entre risas horas más tarde, con una nueva historieta inventada. Dando explicación al profundo sueño de Victor y el porqué recibí un solo bollo para los dos…

Sí, solo encuentro dulces.

Delicias turcas

Avanzamos por una gran avenida turca.
Miremos donde miremos, no encontramos más que ojos apuntando hacia nosotros, la gran mayoría, dilatados de sorpresa. Caminamos en busca de un lugar en el que levantar pulgares y ser acercados a nuestra próxima parada. El trayecto es extenso por lo que aprovechamos para buscar bocado entre los deshechos, cual pescador lanzando sedal sin cebo tras una gran pesca. Hoy hemos comido bastante bien, pero nunca viene mal tener algo con lo que llenarse el estómago en un futuro no muy lejano.

De papelera en papelera, de contenedor en contenedor, arrojamos nuestra vista al fondo sin apenas detener el paso. Nuestro destino esta lejos y tampoco queremos llamar más aun la atención. Tras múltiples inmersiones ópticas, por fin divisamos algo, pero en este caso en la lejanía. Una barra de pan descansa sobre el borde de un cubo de basura. Cuando pasamos junto a ella la recojemos y sin aminorar la marcha, chequeamos su estado, ni si quiera está dura.

De nuevo, unos ojos se sobresaltan ante nuestra presencia, dos mujeres, detenidas en medio de la acera, nos observan sin a penas pestañear. Pero esta vez, la mirada es distinta a las anteriores. Han sido téstigas de nuestro hallazgo culinario. Seguimos avanzando por la vía pública mientras charlamos de temas variados, hasta que las dos siluetas femeninas se pierden en la lejanía.

Nos disponemos a cruzar la calzada cuando, de pronto, escuchamos unas palabras que creemos van dirigidas hacia nosotros. No hablamos ni entendemos el idioma del país, pero igualmente nos giramos al sentirnos aludidos. De nuevo, ojos de sorpresa. Esta vez, los nuestros. Una de las atónitas mujeres que habíamos dejado atrás, nos habla con amabilidad, pestañeando un poco más que antes.

El diálogo de besugos da comienzo, como en la gran mayoria de ocasiones, ninguno hablamos el idioma del otro ni compartimos lengua alguna en la que comunicarnos, no al menos hablada. Mediante gestos y alguna que otra palabra anglosajona nadando entre mares de oraciones turcas, comenzamos a entendernos. Nos explica que nos ha visto recoger comida de la basura y a continuación se ofrece a ayudarnos, enseguida detalla la manera. Saca una cartera del bolsillo derecho de su abrigo acompañando el movimiento de un “money, money”. Pronto negamos con la cabeza y tratamos de darle las gracias en su lengua materna, para cuatro palabras en turco que conocemos habrá que darles uso… Pero no se da por satisfecha, sigue hablándonos, esta vez tratándo de invitarnos a comer.

La conversación se convierte en un bucle de ofertas y negaciones acompañdas de agradecimientos que se prorroga a lo largo de un minuto. Una vez llegado a su fín y con nuestra buena samaritana un poco más tranquila, un espasmo de tintes asiáticos, se apodera de nuestro cuerpo. Sin saber cómo ni porqué, nos encontramos reberenciando a la mujer con las palmas de las manos juntas. Ella responde con otro gesto totalmente distinto pero de significado ecuánime. No hay idioma más internacional que el lenguaje corporal.

Cada uno prosigue su camino, cruzamos la calzada hasta alcanzar la otra acera. No podemos evitar hablar sobre lo sucedido aun sobrecogidos por la amabilidad de aquella persona. Las dudas sobre si deberíamos haber aceptado la oferta no tardan en aparecer.
Argumentos a favor y en contra salen y en entran en escena. Por mi parte, siento que llevamos máscaras que reconocemos frente al espejo pero no frente al reflejo de otros ojos.