Diario de Irán, día 13

23 de Diciembre de 2017 (Piso a las afueras de Ghalat, Shiraz)

Tal vez, tan solo tal vez, el día de hoy fue demasiado intenso. Trataré de dejar la subjetividad aparte para que cada uno saque sus propias conclusiones.

Comenzamos la jornada con los primeros rayos del sol, despertándonos frente a las tumbas de algunos de los reyes persas más importantes. Hemos pasado la noche durmiendo al raso por lo que se agradece que el astro rey nos salude con su calor.

Tras recoger nuestras pertenencias nos dirigimos a ver el primer enclave histórico. Como es costumbre, somos recibidos con una puñalada económica. El precio de la entrada para “turistas extranjeros” es casi siete veces el del ticket para locales. Por mucho que nos duela, decidimos pagar la entrada. No siempre se puede viajar a Irán para ver algo tan importante, culturalmente hablando.

Una vez finalizada nuestra visita, nos cubrimos la cabeza con pañuelos y demás coberturas, tratando de eludir de alguna manera los rayos del sol. Nos espera una caminata de unos ocho kilómetros hasta Persépolis.

Una hora después, estamos en las inmediaciones de la antigua ciudad persa, guardando nuestras mochilas en el guardaropa. Como ya es costumbre, nos destacan el gran peso de los tremendos macutos, frente a lo cual respondemos con una sonrisa y un leve cabeceo.

Llega el momento de atravesar las puertas de seguridad, donde observamos que todos los locales sacan su ticket. Al tratar de acceder, nos llaman la atención y nos informan de que no podemos comprar la entrada allí. Nos redirigen a las consignas.

De camino a las taquillas, nos encontramos por el suelo un papel con palabras y números escritos en pharsi. Se trata de un boleto usado, el cual tomamos de referencia para tratar de no ser engañados. El precio impreso indica 30.000 riales.

A la hora de pagar y, pese a haberle mostrado el papel al trabajador, nos saca un boleto totalmente distinto, completamente escrito en inglés. El precio de éste es de 200.000 riales.

La discusión tiene lugar, pero de poco sirve. Al menos sabemos que el precio está establecido y no se trata de una estafa con números aleatorios. Igualmente, el sabor agridulce permanece en nuestras papilas gustativas durante toda la visita.

Después de casi cuatro horas rondando la zona, abandonamos las instalaciones en busca de nuestras pertenencias. Hemos disfrutado muchísimo el lugar, pero la discriminación que hacen algunos locales con los turistas empieza a amargarnos cada vez más. Podría considerarse incluso racismo a como algunos iraníes nos hablan y se ríen simplemente por ser extranjeros.

Tras comer un poco de pan junto con una lata de sardinas con tomate que compramos en armenia, proseguimos camino. Aún tenemos que llegar al pueblo de Marvdasht para poder tomar desde allí un autobús hasta Shiraz, nuestra próxima ciudad destino.

Mientras andamos en dirección a la localidad próxima el atardecer nos sorprende con sus bellos tonos cálidos. Asomándonos un poco entre los árboles del camino, conseguimos presenciar una puesta de sol preciosa. Pero eso no es todo, unos lugareños reunidos en torno a una fogata nos saludan y nos invitan a tomar té juntos. Ante proposiciones así no se puede decir que no.

No solo nos llevamos un dulce recuerdo de aquella invitación, sino que además uno de los hombres nos acerca en su vehículo a la población. Una vez allí, tras ser atosigados por una manada de taxistas, conseguimos montarnos en un vehículo dirección Shiraz. Hemos vuelto a hacer autostop sin levantar un dedo, hacía tiempo que esto no ocurría.

Ya en el centro de la ciudad, un mar de posibilidades comienza a embravarse hasta azotarnos con su oleaje. Sin estar muy seguros de por qué, decidimos dirigirnos a un pueblo a las afueras de la ciudad donde un contacto de un contacto nos asegura que nos espera una habitación en la que descansar. Ante ninguna oferta mejor, hacemos lo impesable para nosotros, tomamos un taxi hasta el lugar.

Después de unos momentos bastante extraños en los que no hacemos más que ver oscuridad a nuestro alrededor, por fin llegamos a la población. Allí nos encontramos con que el precio del taxi se ha doblado según lo acordado y no hay nadie esperándonos.

Varias llamadas telefónicas después, nos informan de que un amigo de nuestro supuesto host está en camino. Va a guiarnos hasta la casa. Finalmente el hombre aparece, conduciendo una clásica motocicleta iraní.
Aquí es cuando llegamos a uno de esos momentos en los que deseas que el día hubiese acabado hace horas. O no, o simplemente sonríes y no haces más que pensar en todas los posibles caminos a los que podía haberte arrastrado el día en lugar de estar montado en una moto junto con dos personas más y dos mochilas de treinta kilos. Para colmo es el primer paseo en moto de mi vida.

Después de volcar dos veces, una haciendo un caballito debido al gran peso de las mochilas y otra en la que el conductor acabó de medio lado contra el suelo, llegamos a la casa. De no ser por nuestras mochilas, los accidentados sucesos hubieran acabado con un final mucho peor para nosotros.

Una vez en el domicilio, conocemos a nuestro host, un joven de unos veinticinco años sumamente colocado. Vive junto con varios amigos más entre porro y porro, en una casa con jardín increiblemente grandes. Pero ya todo nos da igual, tenemos una habitación y una historia acojonante que contar.

Es la última vez que confiamos ciegamente en este tipo de contactos. La primera y la última.

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