Diario de Irán, día 14

24 de Diciembre de 2017 (Habitación de hostal, Shiraz)

“Noches buenas” las hay en todas partes, puede que no al uso, pero cándidas igualmente.

Nuestra jornada da comienzo en el piso de un host bastante distante, cuya hospitalidad no llega mucho más allá de varias caladas a un porro. Igualmente agradecemos el alojarnos en su casa mientras estrechamos nuestras manos, antes de dejar el lugar.

Mientras descendemos las calles que recorrimos la noche anterior, no puedo parar de pensar en lo distinto que se ve todo desde una motocicleta con casi trescientos kilos de peso encima. Desde luego que el paisaje parece otro.

Ya en la marquesina de autobús, aguardamos a que el vehículo haga acto de presencia. El reflejo de uno de los cristales de la parada muestra una instantánea casi increible, estamos a punto de tomar un transporte público en Irán. Para nada algo habitual en el país.

Tras una hora de viaje, llegamos a la ciudad de Shiraz. Hemos quedado en cierto punto con Mohsen, el hombre que conocimos en el bus desde Yazd a Persépolis hace un par de días. Al parecer, está encantado de que le contactásemos tras nuestra extraña despedida. Estaba preocupado de que nos hubisiemos bajado en medio de aquella oscura carretera.

Después de una caminata de unos diez kilómetros hasta encontrarnos con él, nos recibe con una sonrisa y un apretón de manos. Y nos guía hasta el hostal que nos ha reservado. Nos va a pagar una noche allí ya que no puede alojarnos en su piso.

Tras mostrarnos la habitación, que él mismo se había molestado en buscar hotel por hotel el día anterior, nos encaminamos a recorrer la ciudad.

Entre monumento y monumento, historia e historia, endulzamos cada tiempo muerto con zumo de frutas o dulces típicos de la ciudad, acompañados de largas y tendidas conversaciones. Incluso le acompañamos a rezar durante el paseo. Dos minutos le son más que suficientes: “Dios está en cada uno de los actos del día a día, repetir palabras y gestos no te hace mejor persona ni te acerca más a el”.

Mientras visitamos uno de los complejos religiosos más grande de la ciudad, somos alertados por un agente de “asuntos exteriores”. Nos informa de que no podemos acceder sin un guía por ser turistas, a pesar de que Mohsen sea musulmán.

Tras esperar a que alguien nos escolte durante varios metros, para luego abandonarnos sin mediar palabra, hablamos sobre lo sucedido. Nuestro amigo no está para nada de acuerdo con que se nos restringa el acceso a no-musulmanes (que no turistas) a enclaves de alto valor religioso.

Algo en mi interior entiende el por qué de tales medidas, no paro de pensar en lo intolerantes que son algunos conocidos míos. Trato que yo no he sentido en ningún rincón del país por no compartir mismas creencias religiosas.

Al parecer es todo cosa del gobierno, quien trata de evitar posibles conductas indebidas en los santos lugares. Pero no puedo estar más de acuerdo con nuestro particular guía.

Una vez fuera del recinto, nuestro amigo se abre revelándonos la fuente de la que bebe cuando está falto de sentido o felicidad. Nos explica cuánto le llena acudir a edificaciones como en la que nos encontrábamos hace unos momentos. Y a mi cabeza viene una imagen, naturaleza.
Entonces le explico una de las diferencias que percibo entre “nuestro mundo” y el suyo, cómo los occidentales tendemos más a la soledad y a acudir a lugares tranquilos cuando percibimos cierto desequilibrio emocional. Y cómo ellos buscan refugio en el calor de la fraternidad que ofrecen sus enclaves religiosos.

La conversación evoluciona y da mil vueltas hasta terminar por hacernos pensar en hasta qué punto la religión nos influye, aunque creamos vivir al margen de ella. Cómo profesiones como la de motivador ocupacional, sólo tienen sentido en un mundo en el que la confesión hace tiempo que dejó de servir a muchos de guía espiritual.
Para los musulmanes, este acto es algo más negativo que positivo. “No hay mejor guía que seguir uno mismo la senda de Dios”.

Tras varias horas de debate, decidimos hacer un alto en el camino para cenar. Mohsen nos lleva hasta un restaurante situado en el bajo de un edificio. Y entonces el milagro navideño se produce. Nuestro amigo nos invita a una de las mejores cenas del viaje.
Hasta acompañamos los bocados de unas buenas dosis de humor negro, algo que agradezco sobremanera estando en este país.

La velada es maravillosa, hasta somos invitados a varios platos de forma totalmente gratuita. Pero lo importante es con quién la compartimos.
Una Noche Buena para el recuerdo.

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