Diario de Irán, día 16

26 de Diciembre de 2017 (descampado a las afueras de Bandar Abbas)

2×1, extenuación y sudor por ración doble. Una de las jornadas más duras del viaje con diferencia.

Por suerte o por desgracia, el autobús llegó a su destino a eso de las 6 y media de la mañana. Tras un ininterrumpido sueño no muy reparador, abrimos los ojos entre un gentío que se disputa el abandonar el autobùs.

Medio dormidos, nos deshacemos del ya clásico banco de pirañas de chasis amarillo. Con el estómago revuelto por el hambre y los mamboleos del viaje, tratamos de ubicarnos en un ambiente húmedo y pegajoso mientras picamos algo.

El plan de hoy consiste en encontrar la agencia que la mayoría de usuarios de foros de mochileros recomienda para comprar los billetes del barco. Conocemos la calle y tenemos una fotografía de la fachada, pero los buscadores no se ponen de acuerdo en ubicarla en una dirección en concreto.

Tratamos de preguntar a varias personas, pero no sirve de nada, ni siquiera escuchan lo que tratamos de decirles. Somos turistas y claro, lo que nos indicarán son hoteles o dónde hay taxistas a los que preguntarles la dirección. Si al menos éstos conociesen sus propias ciudades y la puñalada monetaria sirviese para llegar a nuestro destino…

Decidimos jugar sobre seguro. Recorreremos la calle entera de lado a lado, hasta topar con el lugar. Alrededor de dieciseis km en línea recta, más los cinco o seis que ya llevamos a cuestas.

Volvemos a las típicas infraestructuras iraníes inaccesibles para peatones. Ciudades como Yadz o Shiraz nos habían malacostumbrado. Volvemos a caminar por arcenes y arenosas tierras, entre gritos de taxistas y demás conductores que encuentran divertido saludar a unos extranjeros. Odio sentirme a veces como un alienígena, pero es la misma baza que en otras ocasiones brinda momentos positivos. La mochila es una pesada carga que nos unde y nos alza en volandas según el observador.

Después de varias horas, llegamos a la calle principal, donde en teoría se encuentra el negocio en el que adquirir los tickets. El contraste de aquella avenida con el de cualquier otra de otros rincones del país es abrumador: mujeres vistiendo de forma super colorida, pieles marrones tirando al negro, gente agolpada alrededor de tiendas de campaña…hasta los gatos lucen distintos.

Teorizamos con que aquella gente sean inmigrantes pakistaníes, pero es tan solo eso, una mera suposición. Sin embargo, hay algo que nos choca por encima de todo lo demás: algunas mujeres llevan, además del ya común hiyab (lo que nosotros conocemos como burka pero sin cubrir por completo el rostro), una máscara totalmente lisa que llega desde los ojos hasta por debajo de la nariz. Con una superficie rectilínea que sobresale a la altura del entrecejo a lo largo de toda la careta.

Conforme recorremos las aceras de la gran avenida, la novedad acaba por convertirse en algo cotidiano, hasta pasar a ser algo anecdótico. Conforme nos adentramos en el centro de la ciudad, volvemos a ver aquellos elementos más típicos de una estampa iraní: hiyab negros, taxistas, imágenes de las figuras más importantes del país, banderas nacionales y por supuesto, ciudadanos que se dirigen a nosotros con una extraña curiosidad.

Tras un eterno mirar aquí y allá, por fin vislumbramos el deja vú en una de las fachadas. Hemos encontrado la oficina de turismo, despúes de ocho horas de sudor y cansancio bajo el sol abrasador.

Una vez dentro, consultamos el precio del ticket, parece que ha variado un poco en relación a la referencia que encontramos. Saco el fajo de billetes que nos acompaña desde la ciudad de Qom, donde sacamos dinero por segunda y última vez. Pese al encarecimiento, podemos costearnoslo con la cantidad que calculamos, hemos conseguido recorrer Irán en quince días con apenas cien euros.

Una vez entregada la suma, nos quedamos en nuestras carteras con lo sobrante, casi a modo de recuerdo.

Hemos recorrido el país entero sin gastar un rial en comida y, casi como una medalla invisible que solo nosotros somos capaces de ver, pensamos llevar tales méritos hasta el final.

Con los tickets ya en nuestra mochila, decidimos dirigirnos hasta el puerto desde el cual desembarcaremos mañana. Preferimos pegarnos la sudada hoy que ya estamos totalmente embotados y pegajosos a tener que posponer la caminata para más adelante.

Mientras caminamos, nos topamos con una tienda que vende bombonas de camping gas con la misma boquilla que la que nosotros utilizamos. Ya tenemos una excusa en la que invertir el dinero sobrante. Sin embargo, nuestro afán consumista se ve hundido por el sorprendentemente bajo precio del producto: alrededor de un euro, siete veces menos que en Europa. A saber de qué gas están rellenas…

Tras la adquisición, prolongamos la marcha haciendo algún que otro alto en el camino para descansar. En una de estas paradas, ante la ausencia de baños públicos de la zona, decido adentrarme en unas estrechas callejuelas para orinar.

Una vez inmerso en mis asuntos, acurrucado en una esquina, vislumbro a un hombre tumbado sobre el suelo al otro lado de la calle. Sin lugar a dudas se trata de un “sin techo”.

Con aquella imagen en mi mente, no paro de pensar en la ilusión y el ánimo experimentado cuando, estando en el extranjero, alguien autóctono nos ha echado una mano. Sensación que me encantaría compartir con el individuo en cuestión. Pero mi mente no hace más que encontrar escusas para no ayudarle: solo tienes comida de la basura, seguro que encuentra comida igual que lo hice yo…

Sigo dándole vueltas al asunto mientras vuelvo al banco sobre el que Victor descansa esperándome. Y, de pronto, nada más tomar asiento, mi memoria proyecta un flashazo de los billetes sobrantes después del pago del ticket de barco.
Llevo tanto tiempo sin depender del dinero que he olvidado que lo tengo, y ahora mismo, ni siquiera lo necesito.

Sin embargo, mi mente vuelve a llenarse de más escusas. Desde verlo como un premio a los esfuerzos que unicamente mi compañero y yo nos hemos ganado, hasta como algo tan insulso como un depósito para las posibles emergencias venideras. Las que puedan acontecer de hoy a mañana, claro está, después esos billetes serán tan inservibles como una servilleta de bar empapada.

Mientras sigo haciendo malabares con mis buenas intenciones y mis ridiculas escusas, una voz se dirige hacia nosotros. Se trata de un joven iraní, que tras sonreirnos nos muestra una bolsa de papel. Se trata de un regalo.
Cuando oteo el interior del cubículo, no puedo ver más que la respuesta a mis dudas en forma de pistachos.

Tras darle las gracias y estrecharle la mano, le vuelvo a pedir a Victor que me espere. Hay algo que tengo que hacer.

Vuelvo a recorrer el laberinto de callejuelas hasta reencontrarme con mi peculiar huella. Todo sigue en su sitio, menos mal.

Sin dudarlo un instante me acerco a aquella figura recostada, hasta percatarme de que no descansa sola. Se trata de dos hombres que duermen apretados contra una esquina, una escena extremadamente familiar para mí de estos últimos meses. Sin lugar a dudas he hecho bien en volver.

Pese a lo que me duele haberlos despertado, creo que ha merecido la pena para ambos. Lo que a mí me sobraba va a hacer bien a alguien.

Tras lo vivido a lo largo de la mañana, los acontecimientos vividos durante la búsqueda de descanso no tienen la menor importancia. Además, el cansancio comienza a hacerse más que palpable, por lo que la travesía está marcada por la pesadez mental y la somnolencia.

En un descampado a las afueras establecemos campamento, esta vez sin cubrir la tienda con la tela impermeable. El calor es inaguantable, pero la necesidad de descanso es aún más fuerte…y nos vence.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *