Diario de Irán, día 17

27 de Diciembre de 2017 (Barco rumbo a Dubai)

Un punto y final perfecto para una historia de aventuras.

Nada más despertarnos con los primeros rayos del sol, abandonamos nuestra tienda y preparamos un macro-desayuno con todas las sobras de la cena anterior, hasta agotar existencias.

Una vez saciados, mientras prolongamos la conversación nacida entre bocado y bocado, escuchamos cómo una motocicleta se acerca hasta nosotros. Sin darle mayor importancia, seguimos charlando con unos pedazos de pan aún entre los dedos.

De pronto, el vehículo aparece de entre los secos matojos que envuelven al claro en el que nos instalamos la tarde anterior. Y aparca frente a nosotros.

Tras preguntar sobre nuestra procedencia, el conductor se queda observándonos sin decir palabra, de forma un tanto amenazante. Casi observándonos por encima del hombro, como si esperara a que abandonáramos el lugar.

Ante la incomprensible situación, decidimos recoger nuestras cosas mientras blandimos nuestro humor, como de costumbre. Desmontamos la tienda y embolsamos todo entre risas, tratando de hacer ver a aquel hombre que no nos molesta su presencia, pero en ningún momento de forma burlesca.

Alrededor de quince minutos después, con todo ya en su lugar, aquel mudo rompe su voto de silencio. Quiere que le demos dinero.

Trato de explicarle que no tenemos dinero; que la comida que hemos comido no era más que pan duro sacado de la basura; que dormimos en una tienda porque nuestro poder adquisitivo no es el que cree. Pero no le importa, nada ni nadie es capaz de quitarle la imagen de turista que ha proyectado sobre nuestros rostros.

Hartos de su falta de compresión y de su comportamiento chulesco, decidimos darle la espalda e irnos.
Todo queda ahí, ni repercusiones negativas ni ningún tipo de reacción violenta, tampoco le convenía. Hubiera sido peor para él a juzgar por su embergadura.

Una vez de vuelta a la civilización, encaminamos ruta hacia nuestra última parada en el país, situada a unos cinco kilómetros de la ciudad costera.

La caminata se hace dura bajo un sol aún más abrasador que el del día anterior. Pero tras otra gran sudada y algún que otro incidente con la marina nacional (pasamos junto a unas instalaciones y no son muy amigos de las personas con cámaras), llegamos a nuestro destino. Sólo queda esperar nueve horas hasta el momento del embarque.

A pesar del prolongado tiempo de aguarde, el día transcurre de forma rápida y apacible. En el puerto conocemos a dos familias que recorren el mundo con sus hijos en autocaravana, así como a un joven colombiano que conocimos en aquella tienda de alfombras de Esfahan. Incluso los matrimonios, a pesar de su prodecencia francesa, dominan el castellano de forma alucinante.

Pasamos el día de conversación en conversación con otros viajeros como nosotros, hacía tiempo que no nos sentíamos tan bien acompañados durante el viaje.

A eso de la media noche, el barco zarpa y con él nuestro paso por el país persa. Ha sido un país de altibajos bien contrastados; de frío helador y calor sofocante, tanto en el clima como en sus ciudadanos. Desde luego que ha sido un país que ha merecido la pena ser visitado.

 

Muchísimas gracias una vez más por seguirnos a lo largo de esta aventura. Lo cierto es que perdería parte del significado que posee si no fuera por todo lo que volcamos, y que a su vez, vosotros también recibís. Esperamos seguir a la altura del apoyo que demostrais de cara al futuro.

Un abrazo bien cálido desde tierras árabes en estos fríos días navideños.
Feliz año nuevo.

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