Diario de Irán, día 10

20 de Diciembre de 2017 (piso de Hojjat, Yadz)

Nos ha costado, pero por fín lo hemos conseguido. Hoy hemos podido disfrutar de Irán sin sentirnos restringidos ni tratados de manera extraña. Siendo nada más y nada menos que nosotros mismos.

Llegamos anoche a esta ciudad con el nombre y apellidos de “Turistas” impreso en nuestros billetes (ni se molestaron en tratar de escribir nuestros “complicados nombres extranjeros”), y pese a seguir recibiendo este trato, hoy nos ha dado igual todo.

Abandonamos el piso tras desayunar unas rebanadas de pan con sofrito de tomate y cebolla, saciados de estómago pero hambrientos de aventuras. Nuestra primera parada fue el templo zoroastriano de la ciudad, el único poseedor de fuego sagrado en todo el país persa.
Lo cierto es que el mazdaismo es una religión que me fascina desmedidamente, por lo que fue estupendo conocer más sobre sus ritos así como contemplar un llama que, en teoría, lleva sin consumirse casi mil seiscientos años. Aún la mantienen a base de simples leños de madera.

Después nos dedicamos a explorar la ciudad sin rumbo ni plan a seguir. Desde antiguos edificios abandonados hasta las mezquitas más modernas y de decoración más cuidada. Fue sumamente interesante colarnos en lo que en su día sería una escuela femenina y olisquear en sus libros y cuadernos de estudio. Un simple dibujo de pinta y colorea puede enseñar más de lo que parece.

Tras hacer un poco el gamberro, nos volvimos a poner la máscara de turistas standar para visitar los lugares más emblemáticos de la localidad. Lo cierto es que Yadz es de las pocas ciudades del país que realmente nos ha parecido disfrutable para recorrerla paseando.

Lo mejor del día, vino a la hora de visitar la mezquita principal de la ciudad, en la que cobraban entrada por su acceso únicamente a los turistas. Como ya es costumbre, manifestamos nuestro desapruebo al custodiante de la puerta, quien cabizbajo, con una cara de vergüenza increible, nos explicó que “los forasteros tienen que pagar”. Creo que esa frase fue el detonante que necesitábamos para estallar.

Aceptando la negativa respecto a nuestro libre acceso, nos dimos media vuelta y continuamos caminando. Hasta que sin ser conscientes de ello, llegamos a una puerta de acceso lateral al recinto.

Sin pensarlo dos veces, tratamos de entrar de nuevo hasta ser frenados por un policia. Evidentemente nos hicimos los “españoles” y tratando de hacerle creer que no hablabamos inglés volvimos a abandonar el emplazamiento sin consecuencias. Se notaba que no era precisamente ilegal entrar sin ticket, tan solo se trataba de una forma de aprovecharse de los extranjeros. Pero igualmente volvimos a irnos aceptando la derrota.

Sin embargo, algo o alguien quería que entrásemos a aquel lugar. De la misma forma que la vez anterior, nos topamos de nuevo con una tercera puerta. Las carcajadas ya eran inaguantables. Esta vez entraríamos “hasta la cocina”.

Realmente fue bastante sencillo entrar pasando desapercividos. Una pena que después de tanta molestia supiera a poco lo que veríamos allí dentro. Pero no importaba, lo principal era disfrutar de nuestro juego y la adrenalina segregada. Y no hablemos de las endorfinas generadas cuando descubrimos que había una cuarta puerta de acceso totalmente desprovista de vigilancia. Desde luego que poco les importa proteger sus lugares sagrados como algunos guardas suelen argumentar…

El resto de la jornada consistió en una tranquila vuelta al piso, con un ojo en el camino y otro en busca de comida que poder carroñear. Aquella noche cenaríamos como reyes gracias a los restos de una celebración infantil.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *