Diario de Irán, días 11 y 12

21 y 22 de Diciembre 2017 (Casa abandonada frente a la Necrópolis de los reyes persas)

En efecto, otra vez tomándome la licencia para juntar varios días en una sola entrada.
Pero lo cierto es que no hay demasiado que contar sobre la jornada de ayer. Tal vez lo único remarcable sea que, debido a los estrujones que le dí a la ropa después de lavarla cuando trataba de secarla, tengo las palmas de las manos llenas de llagas. Fue un día extremadamente tranquilo.

Tras desayunar abundantemente y dejar las llaves del apartamento sobre la mesa del mismo, partimos rumbo a la estación de autobuses de la ciudad. Hemos pasado tres noches en aquel piso y a penas conocimos a su dueño, tan solo compartimos unos minutos cuando nos entregó las llaves.

Después de casi tres horas caminando bajo el sol, conseguimos llegar a la terminal, donde comienza nuestra pesadilla rutinaria: lidiar con el enjambre de taxistas y vendedores de billetes de autobús.

Nada más poner un pie sobre la acera circundante al edificio, comienzan a escucharse los primeros zumbidos. Varios hombres comienzan a enumerar ciudades iraníes mientras otro nos sigue preguntándonos, en un inglés deconstruido, por nuestro destino.
Cometemos el error de revelarlo, ante lo cual otro hombre nos pide que le sigamos.

Aquel individuo nos lleva hasta la oficina de una agencia, cosa extraña ya que lo más común es que esta clase de empleados te meta en los transportes apresuradamente. Allí podemos ver a varias personas discutir con los recepcionistas, no es buena señal en absoluto.

Teniendo en cuenta que  ya realizamos un kilometraje similar al que nos vamos a enfrentar hoy hace varios días, preguntamos por el precio del billete. Pretenden cobrarnos más del doble del precio que tenemos como referencia.

Tras mostrar nuestro descontento, uno de nosotros abandona el lugar en busca de otra empresa de viajes. Mientras, el otro presencia cómo uno de los trabajadores, tras tratar de contactar por teléfono con la agencia de enfrente, corre hacia ella rápidamente. Con competencia no hay timo que llevar a cabo.

Con un precio un tanto más razonable entre manos, nos dirigimos los dos hacia la compañía ofertante, seguidos muy de cerca por el primer hombre que nos guió en primer lugar. En cuanto llegamos allí, nuestro “amigo” se encarga de que el precio del billete se alce incluso más que antes. Pretenden cobrarnos una suma descomunal.

Es entonces cuando el regateo comienza. Tras varios posibles precios, el ticket desciende hasta casi la mitad de la primera cifra. Sin embargo, poco tardan en arrepentirse y actuar como que se han equivocado de número. Ante lo cual, vuelvo a proponer la suma anterior mirando seriamente a los ojos a uno de los trabajadores. Puedo ver en sus ojos, esquivos constantemente, la culpa que siente un estafador no muy orgulloso de su engaño, uno consciente de que lo que hace no es lo correcto.

Hartos de tanto malabar, decidimos sacar todos los billetes que hay en nuestras carteras, con un valor un poco superior a la oferta que defendemos. Les explicamos que no tenemos más dinero, lo cual no es cierto, y que o lo toman o nos buscamos otro transporte.

Acceden a regañadientes a subirnos al autobús, sin embargo, cuando ya estamos guardando las mochilas vuelven a pedirnos más dinero. Tras una larga discusión, un local se acerca y, tras explicarle el problema, accede a tratar de convencer al vendedor. Terco como él solo, sigue sin estar contento, e incluso vemos cómo aquel iraní le entraga un billete al trabajador. Penoso…

Al menos nos llevamos una buena conversación y un buen amigo de todo aquel embrollo. El hombre que nos pagó el resto del billete (muy a nuestro pesar) resulta ser una persona majísima de la que nos llevamos varias curiosidades:

-Hasta las playas estan divididas por sexo en Irán.
-En verano las mujeres pueden cambiar sus habituales ropas negras por otras de tonos más claros. Qué detalle…
-Musulmanes o no, la mayor parte de los iraníes repele la ciudad de Qom debido a su fervor religioso.

Para terminar bien el día, culminamos con una jugada maestra. En lo personal, un pequeño sueño cumplido después de muchos años: Parar un bus en el lugar en el que te quieres bajar a pesar de que no exista parada. Despúes de lustros viendo mi casa (situada en las afueras) pasar al entrar en mi ciudad logroñesa, lo he conseguido. Estos iraníes sí que saben, haciendo honor a sus estadísticas de índices de accidentes de tráfico…esta vez animados por españoles.

Esta decisión nos ahorraría al día siguiente caminar alrededor de quince kilómetros. Creo que mereció la pena el riesgo.

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