Dos sombras en Georgia

De noche llegamos y de noche nos perdimos,
dos sombras en la noche caminando sin camino,
buscando lugar tan barato como el aire
en el que descansar y cerrar punto y aparte.
Anhelando tierra y campo, tratamos de abandonar la urbe,
más sólo cambiamos el hierro por la herrumbre,
el cemento por la piedra y la sirena por el ladrido,
todo aparentaba abandono o tener dueño desconocido.

Andubimos de barrio en barrio sin mayor testigo que la luna,
quién brillaba bien saciada en el firmamento.
De pronto, luz fría y cálida en la tiniebla oscura,
nuestras caras se iluminan y no es de alegría,
un vehículo se aproxima raudo desde la lejanía,
no son los cannes los únicos guardianes nocturnos.
El bólido amaina su marcha y estaciona frente a nosotros,
sus ocupantes profieren palabras que desconozco
y ante la confusión recurro al sajón para dar saludo.
Caras frustadas es lo único que recibo,
a continuación un gesto de indiferencia,
pedal a fondo y acelerar hasta perder nuestra presencia,
seguimos en la misma situación y para colmo en mayor estado de alerta.
Nos disponemos a reanudar búsqueda
cuando de pronto la oscuridad huye de nuevo,
el carro se acerca dando tumbos por los huecos del pavimento.
Deja vu que se repite y misma respuesta,
esta vez nos ofrecen un teléfono que acerco a mi oreja.
Por fín recibo saludo de vuelta,
el hombre del otro lado trata de conocer el rumbo de nuestra senda
a lo que escondo intenciones y tiendo una treta:
buscamos colchón en el que apaciguar ideas
más erramos y la noche nos cubrió con su tela.
A continuación, devuelvo el dispositivo a su propietario
para que su traductor informe sobre lo transmitido.
La voz ronca susurra en su oido mientras
el comisario
no nos quita ojo, siempre con el ceño fruncido.

Minutos más tarde tachamos otro reto de nuestra lista,
la policía nos invitan a subir,
quieren hacerle un favor a un par de turistas.
El viaje es corto, la conversación más aun,
el silencio no se rompe hasta que nos piden el pasaporte,
sacamos el documento sin esperar un segun-
do-tado de ello, el conductor para el transporte.
Tras revisarlo, somo invitados a salir,
diría con amabilidad pero más
amable hubiera sido un puño en la nariz.

Frente a nosotros, una calle abarrotada de hostales,
decidimos dividirnos para llamar de puerta en puerta,
el lugar nos da igual solo queremos la mejor oferta.
Ambos somos recibidos por ojos somnolientos
colocados entre rasgos singulares,
frentes respingonas, parpados victimas de hinchamiento,
labios carnosos de proporciones colosales.
Tras ser tasado nuestro reposo,
volvemos a encontrarnos en el asfalto,
los precios no nos convencen
y discutimos sin llegar a un trato.
Hace horas que la oscuridad se esparce
y una habitación ya no suena rentable,
tres horas no separan del amanecer
y ninguna opción parece aceptable.
Es necesaria la intervención de un tercero
para salir del atolladero,
la puerta del hostal más cercano se abre
y brota de ella uno de los caseros.
Su penetrante mirada nos deja sin habla,
esperamos intervención más
interjece sin uso alguno de palabra.
Libera de sus manos unos gruesos dedos
que se despliegan lentamente
cual planta carnívora al tender cebo,
más no trata de echarnos el anzuelo,
de echo él es quién está bajo las redes
y nosotros manejamos el barco pesquero.
En breve entenderímos la propuesta,
su hostal se hallaba completamente vacío
y la única visita del día sería la nuestra.
Con el cerebro ya sobre la almohada
y los ojos en dirección al techo,
poco tardaríamos en caer en la nada
y encontrar profundo descanso en el lecho.

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