El chiringuito

La siguiente narración hace referencia a una experiencia (Dos sombras en Georgia) vivida tan solo 24 horas antes de los sucesos aquí relatados, por lo que se aconseja leerla en primer lugar.

 

Una vez más, huyendo del yugo del metal,
más por gusto que por necesidad,
dos sombras deambulando por georgia
en búsqueda de algo que llamar hogar,
aunque solo sea de forma temporal.
Cargados con el ya habitual peso,
caminamos entre chiringuitos y otros bares varados,
junto al salitre, el viento arrastra ecos
a la deriva que ya creimos olvidados.
Pasito a pasito, suave suavecito,
la brisa se va izando, poquito a poquito.
Y aunque en este puzzle falten piezas
no hay hueco para dos rompecabezas.

Las bajas temperaturas se alzan, el cielo se tiñe de fuego,
la noche nos alcanza y nosotros seguimos sin velo.
El negro del mar se remarca junto al paseo,
entre éstos, un océano de cantos
sobre los que ruedan los pies entre tintineos.
Agua a nuestra izquierda,
al otro lado, el error aun la memoria,
tragados por la tierra
nos vemos embarcados en la misma historia.

Tras un exhaustivo rastreo entre luces de patrulla,
los voluminosos turistas se salen con la suya,
uno de los locales costeros desolados tras el estío
parece el lugar perfecto para resguardarse del frío.
El chiringuito es una de las muchas víctimas
de la sequía anual propia de septiembre,
cables y vasos sobre el suelo de láminas
son prueba del abandono a la servidumbre.

Bajo la barra por la que soliese correr la cerveza
hallámonos dos gusanos de saco de pluma,
quietos, ahogando hasta la más picante carraspera,
inhalador en mano cuando la humedad satura
y se torna pesada la atmósfera.
Encajados cual baterías de juguete
que no quiere ser usado,
aguardando temerosos del ariete
que desmorone nuestro descanso.

Es sábado y el jolgorio festivo no tarda en invadirnos,
la juventud rie y corre por el paseo
cuasando alboroto, jugando como niños,
tratando de alejarse del estrés y el ajetreo
propio de los estudios o la vida laboral.
Hasta hace bien poco compartíamos mismo percal…

Con la aparición de nuestros coetáneos
algo cambia en el ambiente,
no solo se rompe el silencio,
con la mera presencia de aquella gente
nos transportamos a un universo aparte,
el chiringuito transmuta menguante
hasta cambiar su madera por roca punzante.
La luz proyectada por las farolas
se ve interrumpida por ebrias sombras
que danzan burlonas por las paredes del refugio.
Temerosos ante sus movimientos,
rogamos porque este no sea el preludio
a otra noche huyendo del viento.

Acostumbrados ya al desfile de siluetas,
descubrimos que la supuesta amenaza
no era amenaza sino treta.
El inclinado de la iluminación pública,
convinado con la localización
de nuestros compañeros de quinta,
empequeñece la gran separación
que realmente nos separa.
No es buena idea llenar siempre la taza
con el manantial de los sentidos.

Aun sin hallar descanso pero con el miedo apaciguado,
permanecemos congelados, la mirada en el techo,
con la gotera haciendo de segundero
mientras tratamos tregua con el lecho.
Más la negociación es cosa compleja,
cada centenar de gotas dos agentes
merodean la zona, alimentando la congoja.
Incluso retrasando nuestro reposo
con despreocupados cánticos y silbidos,
como si supieran de nuestro escondite en el foso
y tratasen de pasar desapercibidos.

Gota a gota, la madrugada vacía su caudal,
cual losa en la nuca, el sueño nos golpea distorsionando la realidad.
A veces dormitando, a veces traspuestos,
vislumbramos siluetas de ciudadanos dispuestos
a interrumpir nuestra descabezada.
Pese a tener experiencia dormitando
en los peores lugares de acampada,
aquel suelo que una vez fue cómodo,
se convierte en motivo de dolencias de espalda.

Llegado el momento, perdemos la consciencia
en el regazo del ser mitológico
cuya presencia tanto anhelamos.
Más el abrazo pronto se hace finta,
la madre al hijo reclama,
la noche llega a su final
y con ella la labor de ambos termina…

Yo tengo un chiringuito
a orilla de la playa
allí es donde dormito
sobre el suelo sin toalla.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *