Necesidades y necesitados

Tras una larga mañana tratando de abandonar la mastodóntica ciudad de Tibilisi, no a dedo, sino buscando un bus para poder hacer autostop a las afueras, nos dirigimos a la estación central de tren. Tras una pesada caminata únicamente amainada por las múltiples paradas realizadas para buscar comida, en la basura claro está, llegamos llenos de bolsas a la edificación que parece albergar nuestro ansiado transporte.

Como ya es costumbre, nos abrimos paso entre una marea de gente cuyas miradas se ven imantadas por nuestras mochilas. Conforme nos acercamos a la construcción, nuestras dudas sobre si nos dirigimos al lugar indicado se acrecentan, la edificación esta llena de carteles publicitarios y letreros luminosos de conocidas marcas. A su vez, las personas que entran y salen a través de las cristalinas puertas deslizantes, portan todas ellas grandes bolsas con la misma tipografía que los neones de la fachada. Todo apunta a que nos encontramos frente a un centro comercial.

Sin nada que perder, nos dirigimos a la entrada y, una vez dentro, nos dividimos para reconocer rápidamente el lugar. Pronto encontramos un cartel con un esquemático mapa del edificio, en el que se muestra cómo la parte exterior está conformada por tiendas y en la interior se alberga la verdadera estación. En lugar de adentrarnos en el costructo, decidimos dejar las mochilas junto a unos asientos, así uno podrá ir sin carga en busca de información mientras el otro custodia las pertenencias de ambos.
Puede que ésta sea la estrategia estrella o al menos una de las más utilizadas en todo el viaje, hasta ahora ha probado funcionar a las mil maravillas.

Sentado junto a nuestras mochilas, observo como mi compañero se aleja para explorar la zona y recopilar información, aguardo ensimismado ante el constante ir y venir de personas. Poco tiempo pasa hasta que mi mirada se ve arrastrada por un niño de apenas diez años de edad, al que no puedo evitar quitar mi foco de encima. El infante, de a penas metro veinte, camina de forma despreocupada pero con paso confiado, vistiendo vaqueros, chaqueta de piel (o imitación) y boina. Pareciera todo un hombrecito en miniatura si no fuera por un detalle delatador, la mochila de spiderman que lleva a la espalda.

De pronto, el muchacho dirige sus andares hacia mi posición. Una vez frente a frente, se dirige a mi en un idioma que no comprendo, pero a pesar de la confusión mi instinto me roba el habla y me impulsa a menear la cabeza de lado a lado, muy lentamente. Estamos ya más que acostumbrados a ver niños pidiendo dinero en la calle, por lo que no sería ninguna novedad que éste fuera el caso. Ante mi respuesta, el joven palidece de golpe y de su rostro brota una combinación de vergüenza y lástima con una expresividad pasmosa.
Tras ésto, baja la mirada y gira su cuerpecito con intención de marcharse. Le freno, un poco afectado por su reacción y por mis propios impulsos acusivos, vuelven las palabras a mi boca, justo antes de dar el primer paso. Recurro al sajón para tratar de averiguar cuales eran sus intenciones pasadas, pero el niño, aun sin levantar cabeza, lanza un “okey” al suelo y se aleja caminando, como si pateara la palabra cual balón.

Un frío y rígido índice me señala de forma acusiva, el peso de la conciencia me sopesa y no puedo evitar sentirme extremadamente cruel. Aquel chico no era merecedor de mi desconfianza ni de tal pasividad. Me siento orgulloso del estado de alerta que he desarrollado con los años y que evita que se me coga con la guardia baja, pero no me agrada tanto que mi defensa sea el mejor ataque.

El remordimiento comienza a distorsionar mi visión de la realidad, provocando que lo que apenas serían treinta segundos se conviertan en un lapso de tiempo desesperantemente largo. Pasado dicho medio minuto, el chico vuelve a aparecer ante mis ojos, emisor de la misma energía que yo creía haber fulminado. Con paso confiado y rostro alegre, deambula por las inmediaciones del parking situado frente a la estación, cual fantasma de otro tiempo.

La idea de acercarme a él de nuevo se desliza en reiteradas ocasiones entre mis pensamientos, más no actúo. En su lugar, me quedo observando desde mi puesto de vigía, como si no quisiera arruinar aquella delicada imagen que se proyecta frente a mí. Diapositiva a diapositiva, el mocete se aleja y sigo sin poder apartar la mirada de su inocente semblante.

De pronto, en uno de los fotogramas advierto algo extraño, la mirada del chico cambia, como si tratase de buscar algo de forma disimulada. Para poco después volver a mostrar inocencia en sus cristalinos y vuelta a la posición anterior. El suceso se repite en varias ocasiones en tan solo un par de segundos, por lo que desconcertado, sigo la dirección de aquel mirar intermitente. Para mi sorpresa, me topo con otro muchacho de envergadura y edad similares, aunque sin guardar una apariencia tan adorable como el primero. El chico se encuentra estático, con las manos en los bolsillos y apoyado contra una columna, pero también realiza el mismo cambio de máscaras que su semejante.

Observando la escena cual partido de tennis, soy testigo de la conversación que los dos chicos mantienen sin hacer uso de palabras ni gestos, sus habilidades están a años luz del lenguaje al que más recurrimos en este viaje. Pero la exhivición no dura demasiado, el muchacho de la columna abandona su apoyo para acercarse hasta un hombre que disfruta de su aparetivo, un hojaldre de queso típico del país. A continuación, la diminuta mano en forma de cuenco aparece entre los cuerpos de ambos, entiendo al instante lo que está ocurriendo.

La escena termina con un intento fallido de robo y una retirada inmediata por parte de los chicos. Cuánto me alegro de ser un jodido desconfiado…

A los pocos intantes del cierre de telón del suceso anterior, mi compañero aparece con una sonrisa de oreja a oreja, ha encontrado un trasporte y más barato de lo que esperábamos. Ambos recogemos las mochilas del suelo para volver a cargarlas a la espalda, no sin antes soltar un pequeño gruñido por el esfuerzo, y nos dirigimos a la dársena del bus a tomar.

Mientras nos sumergimos de nuevo en el océano humano, una chica extremadamente alta y esbelta, al menos para su edad (unos quince años), comienza a seguirnos de cerca. La muchacha no tarda ni un instante en revelar sus intenciones cuando, tan pronto como puede, estira su brazo para tratar de alcanzar la carga de mi compañero. En su mano derecha, éste porta el manojo de bolsas en las habíamos guardado los alimentos recolectados durante el trayecto del día, botín que no para de sacudir.

Tras escuchar los quejidos que acompañan a cada meneo, el muchacho se gira y sin saber muy bien que decir, trata de calmar a la chica. Ésta no cesa en su insistente ruego e, incluso frente a los atónitos ojos de mi compañero, continua zarandeando las bolsas. La situación se mantiene sin cambios durante varios segundos, hasta que por fín él consigue que la chica se calme y atienda a lo que tratan de transmitirle. El muchacho recurre a la lengua de siempre para hacerse entender, pero esto no gusta a la muchacha, quien reanuda su incesante demanda.

Mi compañero, desesperado, trata de cruzar su mirada con la mía en búsqueda de aprobación, pero yo me hayo ya tratando de preguntar al conductor del automóvil por el lugar a guardar nuestras mochilas. Con el intento de comunicación fallido, vuelve a tratar de establecer conversación con la joven, la cual sigue en sus trece.

Un tanto molesto, el más que increpado muchacho, recurre a su último recurso, la mímica. Con lo que comienza a señalar al suelo, seguídamente a las bolsas de basura, para culminar la actuación con un gesto de llevarse alimento a la boca.

La performance se repite numerosas veces, alternando en algunas ocasiones el suelo por un cubo de basura cercano. Puede que debido a la constante aliteración, en determinado momento la muchacha abandona su postura encorbada y demandante, y se queda totalmente hierática observándo el espectáculo. Su gesto cambia de forma brusca cuando entiende el mensaje de la obra, a lo que mi compañero aprovecha para confirmarle a la chica su sospecha.

Una vez conocida la verdad, la actitud insistente y constante de la flaca parecen cosa del pasado. Realiza un gesto de desinterés y se da media vuelta para alejarse, perdiéndose poco después entre la multitud.

Las necesidades de los necesitados no son siempre tan necesarias ni éstos tan necesitados. No tiene más el que menos necesita, pero puede que el que menos tiene menos necesite, o menos lo demande.

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