Dos sombras en Georgia

De noche llegamos y de noche nos perdimos,
dos sombras en la noche caminando sin camino,
buscando lugar tan barato como el aire
en el que descansar y cerrar punto y aparte.
Anhelando tierra y campo, tratamos de abandonar la urbe,
más sólo cambiamos el hierro por la herrumbre,
el cemento por la piedra y la sirena por el ladrido,
todo aparentaba abandono o tener dueño desconocido.

Andubimos de barrio en barrio sin mayor testigo que la luna,
quién brillaba bien saciada en el firmamento.
De pronto, luz fría y cálida en la tiniebla oscura,
nuestras caras se iluminan y no es de alegría,
un vehículo se aproxima raudo desde la lejanía,
no son los cannes los únicos guardianes nocturnos.
El bólido amaina su marcha y estaciona frente a nosotros,
sus ocupantes profieren palabras que desconozco
y ante la confusión recurro al sajón para dar saludo.
Caras frustadas es lo único que recibo,
a continuación un gesto de indiferencia,
pedal a fondo y acelerar hasta perder nuestra presencia,
seguimos en la misma situación y para colmo en mayor estado de alerta.
Nos disponemos a reanudar búsqueda
cuando de pronto la oscuridad huye de nuevo,
el carro se acerca dando tumbos por los huecos del pavimento.
Deja vu que se repite y misma respuesta,
esta vez nos ofrecen un teléfono que acerco a mi oreja.
Por fín recibo saludo de vuelta,
el hombre del otro lado trata de conocer el rumbo de nuestra senda
a lo que escondo intenciones y tiendo una treta:
buscamos colchón en el que apaciguar ideas
más erramos y la noche nos cubrió con su tela.
A continuación, devuelvo el dispositivo a su propietario
para que su traductor informe sobre lo transmitido.
La voz ronca susurra en su oido mientras
el comisario
no nos quita ojo, siempre con el ceño fruncido.

Minutos más tarde tachamos otro reto de nuestra lista,
la policía nos invitan a subir,
quieren hacerle un favor a un par de turistas.
El viaje es corto, la conversación más aun,
el silencio no se rompe hasta que nos piden el pasaporte,
sacamos el documento sin esperar un segun-
do-tado de ello, el conductor para el transporte.
Tras revisarlo, somo invitados a salir,
diría con amabilidad pero más
amable hubiera sido un puño en la nariz.

Frente a nosotros, una calle abarrotada de hostales,
decidimos dividirnos para llamar de puerta en puerta,
el lugar nos da igual solo queremos la mejor oferta.
Ambos somos recibidos por ojos somnolientos
colocados entre rasgos singulares,
frentes respingonas, parpados victimas de hinchamiento,
labios carnosos de proporciones colosales.
Tras ser tasado nuestro reposo,
volvemos a encontrarnos en el asfalto,
los precios no nos convencen
y discutimos sin llegar a un trato.
Hace horas que la oscuridad se esparce
y una habitación ya no suena rentable,
tres horas no separan del amanecer
y ninguna opción parece aceptable.
Es necesaria la intervención de un tercero
para salir del atolladero,
la puerta del hostal más cercano se abre
y brota de ella uno de los caseros.
Su penetrante mirada nos deja sin habla,
esperamos intervención más
interjece sin uso alguno de palabra.
Libera de sus manos unos gruesos dedos
que se despliegan lentamente
cual planta carnívora al tender cebo,
más no trata de echarnos el anzuelo,
de echo él es quién está bajo las redes
y nosotros manejamos el barco pesquero.
En breve entenderímos la propuesta,
su hostal se hallaba completamente vacío
y la única visita del día sería la nuestra.
Con el cerebro ya sobre la almohada
y los ojos en dirección al techo,
poco tardaríamos en caer en la nada
y encontrar profundo descanso en el lecho.

Anagnórisis viajerístico

Que placer. Estoy disfrutando muchísimo, sin embargo no siento que sea una persona renovada catharticamente, eso de “Me ha cambiado la vida” (Que es un poco lo que la gente esperaba de mí viaje, quizás yo también).

La catharsis experimentada por un viaje interior lo he realizado miles de veces durante la carrera, quebrándome a mi mismo para montarme a continuación. Me he escuchado tanto que he llegado a acabar exhausto de estar conmigo mismo.

Este viaje no es para conocerme, es para conocer el mundo. Para estar en escucha con el otro.

“Es un viaje físico-espiritual porque mi alma va con mi cuerpo, aunque alguna vez viaje a casa”

 

Víctor MB (Tibilisi, in a Rainbow house)

En el desierto

El amor de una madre acariciando el pensamiento de un crío.

El placer del tiempo detenido, ignorado, y la mente creciendo vorazmente, volando.

Ansiedad arraigada en tierra desconocida, que se alimenta del miedo a perder una parte de lo que soy por una de lo que seré.

Miedo a que el mundo gire sin mi.

Terror a la fecha de caducidad de la juventud, miedo a perder una pieza irremplazable.

La brisa perturba mis pensamientos, llevándolos lejos, dejando paz, calma, armonía… Dedicarme tiempo en silencio, tiempo en brisa, como mecanismo para llegar a mi mismo.

 

Víctor MB en un desierto entre Goreme y Uchisar

Pánico en el autobús (un relato de Halloween)

-¡Jodo Diego! Lo tuyo ya no es ni media normal. Solo encuentras dulces.
-Será por todos los que no me he comido durante años en España…  – Ambos comenzaron a reir.

Y vaya que si encontraría, vaya que sí…

Tras pasar varios dias en Estambul y no tener demasiado éxito haciendo dedo para salir de la ciudad, el autobús se convirtió en nuestro as en la manga al que recurrir. Por lo que nos dirigimos a la estación de buses, compramos los billetes y esperamos varias horas hasta la llegada del mismo. La espera se prorrogaría más de lo esperado hasta que finalmente conseguimos abandonar las urbanitas puertas de asia a eso de la media noche.

El destino, el pequeño pueblo de Göreme (en plena Capadoccia), distaba a unas nueve horas de trayecto, por lo que el viaje iba a estar más bien ligado al sueño y el descanso. Sentados ya en nuestros asientos (los del final del vehículo, donde suele haber cuatro) y con las luces internas del transporte apagadas, no tardamos demasiado en acomodarnos y sellar nuestros párpados.

Aún despierto, intuyo un sonido entre el ruido del motor y el vibrar de las ventanillas. Son los pasos del azafato. Sí, viajamos en autobuses de bajo coste con azafato, Turquía es así. El muchacho se aproxima tratando de manetener el equlibrio mientras se va parando pasajero por pasajero para entregarles algo. Con la escasa luz no consigo ver de que se trata hasta que se encuentra frente a mi, mostrándome en una de sus manos el emboltorio de un bollito de fresa. No tengo demasiado apetito y menos aun para ese tipo de empalagosidades (ya probamos uno en un viaje anterior, no fue como para repetir), por lo que dirigo mi mirada hacia Victor. Busco averiguar si a el le apetece comer el dulce, pero ya se encuentra arropado por Morfeo. Ante la duda, vuelvo a mirar al azafato y le cogo el paquete de la mano acompañando la acción con un gesto de agradecimiento.
Me guardo la nueva adquisición en el bolsillo. Vuelvo a cerrar los ojos y recuesto la cabeza en el asiento.

Pasado cierto tiempo, el automóvil pega un pequeño bote provocado por un bache. Victor y yo despertamos y nos miramos desconcertados, como si uno de los dos hubiera levantado al otro por algún motivo. Tras un instante y sin mediar palabra, nos damos cuenta de lo ocurrido y nuestras miradas hacen llegar al otro que hemos damos por entendido el suceso. Tras esto, palpo en mis pantalones buscando el bollo, cuando lo encuentro, introduzco la mano en mi bolsillo y le ofrezco el dulce a mi compañero de viaje.

Varios minutos después, lo único que queda del dulce son unas pocas migas repartidas por el suelo del transporte. Finalizado el aperitivo, Victor vuelve a cerrar los ojos como si nada hubiera ocurrido. Poco tiempo despúes, le imito y caigo profundamente dormido.

De pronto, noto una presencia junto a mi acompañada de un golpe en mi pierna izquierda, abro los ojos súbitamente, sin estar muy seguro de si lo que he sentido era físico o no. Para mi sorpresa, veo como el azafato me sonrie desde el asiento de mi lado, parece que se ha sentado para descansar el también. No le doy demasiada importancia y prosigo descansando. No vuelvo demasiado a caer profundamente dormido, al fín y al cabo, habíamos tenido un día muy largo.

Más desconcertado que la vez anterior, vuelvo a despertarme notando algo sobre mi pierna izquierda. Tardo bastante en poder aclarar la vista entre la oscuridad que inunda el vehículo, por lo que parpedo numerosas veces antes de conseguir discernir algo. Con la mente y la visión un poco más frescos, por fin consigo ver que es lo que había sentido con mi tacto. Para mi sorpresa, el muchacho de los bollos de fresa se encuentra acomodado, en su asiento, en posición fetal de espaldas a mi. Hasta ahí ningún problema, nada fuera de lo común. Hasta el momento en el que me percato de que se ha colocado con sus nalgas apoyadas en mi pierna izquierda, a la altura de mi pelvis. Ante tal situación, no se muy bien como reaccionar, ya que no me apetece despertar a nadie. Ni al muchacho, ni a Victor, ni a ninguna de las personas que descansan a mi al rededor, por lo que permanezco en silencio varios segundos. No tengo demasiado tiempo para pensar en que hacer, ya que vuelvo a sobresaltarme de nuevo por algo. Noto el rozar de unos dedos en mi mano izquierda, la cual había quedado entre mis piernas tras quedarme dormido hacía ya cierto tiempo. Sigo sin reaccionar, la situación me desconcierta y no se muy bien que hacer, pero no quiero despertar a nadie, por lo que sigo mudo en la oscuridad del autobús.

Permanezco estático en mi asiento, hasta que noto algo que me confirma que no soy el único que permanece despierto en el autobús. El suave tacto de unos dedos pasa a convertirse en una mano que tira de la mia. Pronto, ambas chocan contra algo, las posaderas del inesperado pasajero de mi asiento aledaño. Ahora sí que reaccionó sin lugar a dudas, aparto mi extremidad del lugar de impacto y trato de moverme para apartar de mi el peso que me retiene sentado. Poco tiempo pasa hasta que vuelvo a sentir su mano de nuevo, esta vez acercándose desde mi rodilla derecha hacia mi estómago, o algún lugar cercano. Vuelvo a apartarle la mano y giro todo mi cuerpo bruscamente para poder liberarme, hasta acabar dándole la espalda, culo con culo. Todo sin generar el menor sonido.

Para mi sorpresa, no tardo demasiado en que mi tacto deje de notar el del azafato, pues este se levanta bruscamente en dirección a la parte delantera del vehículo. Dado el momento, se sienta en uno de los asientos que quedaban libres cerca del conductor. Casi sin poder creer lo ocurrido y pensando que mi cerebro ha debido de exagerarlo todo por estar aun medio dormido, vuelvo a cerrar los ojos. Como si no hubiera ocurrido nada. Pero esta vez no soy abrazado por Morfeo tan rápido, no puedo evitar pensar en lo acontecido hace un momento. Hago un minucioso repaso de acontecimientos y unas horas más tarde consigo encontrar descanso.

Como siempre, todo queda entre risas horas más tarde, con una nueva historieta inventada. Dando explicación al profundo sueño de Victor y el porqué recibí un solo bollo para los dos…

Sí, solo encuentro dulces.

Delicias turcas

Avanzamos por una gran avenida turca.
Miremos donde miremos, no encontramos más que ojos apuntando hacia nosotros, la gran mayoría, dilatados de sorpresa. Caminamos en busca de un lugar en el que levantar pulgares y ser acercados a nuestra próxima parada. El trayecto es extenso por lo que aprovechamos para buscar bocado entre los deshechos, cual pescador lanzando sedal sin cebo tras una gran pesca. Hoy hemos comido bastante bien, pero nunca viene mal tener algo con lo que llenarse el estómago en un futuro no muy lejano.

De papelera en papelera, de contenedor en contenedor, arrojamos nuestra vista al fondo sin apenas detener el paso. Nuestro destino esta lejos y tampoco queremos llamar más aun la atención. Tras múltiples inmersiones ópticas, por fin divisamos algo, pero en este caso en la lejanía. Una barra de pan descansa sobre el borde de un cubo de basura. Cuando pasamos junto a ella la recojemos y sin aminorar la marcha, chequeamos su estado, ni si quiera está dura.

De nuevo, unos ojos se sobresaltan ante nuestra presencia, dos mujeres, detenidas en medio de la acera, nos observan sin a penas pestañear. Pero esta vez, la mirada es distinta a las anteriores. Han sido téstigas de nuestro hallazgo culinario. Seguimos avanzando por la vía pública mientras charlamos de temas variados, hasta que las dos siluetas femeninas se pierden en la lejanía.

Nos disponemos a cruzar la calzada cuando, de pronto, escuchamos unas palabras que creemos van dirigidas hacia nosotros. No hablamos ni entendemos el idioma del país, pero igualmente nos giramos al sentirnos aludidos. De nuevo, ojos de sorpresa. Esta vez, los nuestros. Una de las atónitas mujeres que habíamos dejado atrás, nos habla con amabilidad, pestañeando un poco más que antes.

El diálogo de besugos da comienzo, como en la gran mayoria de ocasiones, ninguno hablamos el idioma del otro ni compartimos lengua alguna en la que comunicarnos, no al menos hablada. Mediante gestos y alguna que otra palabra anglosajona nadando entre mares de oraciones turcas, comenzamos a entendernos. Nos explica que nos ha visto recoger comida de la basura y a continuación se ofrece a ayudarnos, enseguida detalla la manera. Saca una cartera del bolsillo derecho de su abrigo acompañando el movimiento de un “money, money”. Pronto negamos con la cabeza y tratamos de darle las gracias en su lengua materna, para cuatro palabras en turco que conocemos habrá que darles uso… Pero no se da por satisfecha, sigue hablándonos, esta vez tratándo de invitarnos a comer.

La conversación se convierte en un bucle de ofertas y negaciones acompañdas de agradecimientos que se prorroga a lo largo de un minuto. Una vez llegado a su fín y con nuestra buena samaritana un poco más tranquila, un espasmo de tintes asiáticos, se apodera de nuestro cuerpo. Sin saber cómo ni porqué, nos encontramos reberenciando a la mujer con las palmas de las manos juntas. Ella responde con otro gesto totalmente distinto pero de significado ecuánime. No hay idioma más internacional que el lenguaje corporal.

Cada uno prosigue su camino, cruzamos la calzada hasta alcanzar la otra acera. No podemos evitar hablar sobre lo sucedido aun sobrecogidos por la amabilidad de aquella persona. Las dudas sobre si deberíamos haber aceptado la oferta no tardan en aparecer.
Argumentos a favor y en contra salen y en entran en escena. Por mi parte, siento que llevamos máscaras que reconocemos frente al espejo pero no frente al reflejo de otros ojos.

Un sueño eslavo

Perdidos entre sueños y alucinaciones,
con la tez acupuntada y la moral minada,
pusimos pie en tierra de dragones,
Monte hasta donde la mirada alcanza.
El hambre es una pesada carga
que jala de nuestra mochila,
más primero necesitamos buscar campa
en la que descansar de la rutina.
Los músculos vocean su dolía
al poner rumbo mapa en mano,
somos un galeón a la deriva
perdiendo tripulación a cada paso.
Tras varios bostezos echos trizas
e inundar de dolor las zapatillas,
aparcamos la vista sobre el cemento,
que cubre a un comercio no tan centrado.
Aquel constructo es lugar perfecto
para reponer carga y cargamento.
El oro brilla entre los desperdicios,
solo se necesita bucear nuestro tacto
entre cafe, cigarros y otros vicios,
todo por dar con ese tesoro invicto.
En el estómago del sucio covertizo,
escondíase frutas de racimo,
zanahorias y mazorcas color cobrizo,
receta perfecta para avivar el ánimo
del sonámbulo en su camino.

A gusano fulminado y sueño desvelado
sentido no quedaba en buscar descanso,
por lo que desguiamos de serpa nuestros pasos
hasta alcanzar el fluir del río en su remanso.
En uno de los márgenes,
el gentío eslovenio hacía un parentesis,
dejaba de lado sus estreses
mientras realizaba la fotosíntesis.
Jamás sentí tan hogareño lugar lejano
como aquel lindero europeo,
encontrar sentimientos tan sinceros
no es habitual y menos aun duradero.
Tras una breve y nóstalgica sonrisa
alejándose con el viento,
retomamos rumbo sin pausa ni prisa
apresados por la urbe y sus argumentos.
Más el brillar de la manzana
no era superficial ni falluto,
ni todo fulgor, en absoluto.
También se encontraban querubines
resguardados en rincones recónditos,
alejados del bullicio de la carcajada,
siempre en su papel de súbditos,
tratando de revivir fuerzas pasadas.
Creencias que mudaron su piel
para dar paso a emociones de gran pureza,
suaves y dulces como la piel
o insípidas cual celda de cera,
más al cabo fieles y verdaderas
a un sólo régimen,
al del individuo y su cabeza.
Si este cuento contaba con su bruja
no caímos bajo el veneno de su fruta,
hechicera o no, jamás olvidaré a aquella mujer
apenada por la empatía del que no tiene que comer,
cómo nos ofrecía parte de su frugal botín,
jamás senti mayor gratitud sin nada que recibir.

Contrastes, contrastes in crescendo,
frío en las carnes, colores cálidos sobre los monumentos,
hogares radiantes
y oscuridad en cada templo.
La noche nos arropa con su oscuro velo
lleno de sueños y luces en movimiento,
¿nuestro anhelo? soñar,
aunque sea un sueño imperfecto.
El cansancio cala hasta el tuétano
y el descanso queda aun lejano,
dos autómatas que buscan refugio
perdidos en un país eslavo.
De pronto, somos sacados de nuestro trance,
un transeunte serpentea a nuestra vera
impulsado por zapatos rodantes,
es una nave que planea
con tomos en sus falanges.
Bombardeados a preguntas
nos convertimos en blanco de proyectil,
sobre el amor nos consulta,
confundidos, optamos por callar y asentir.
En respuesta, nos coloca un libro en las manos,
brevemente lo presenta
con una sonrisa en los labios.
Punto y seguido pide aportación para una colecta,
viajamos sin dinero, es nuestra respuesta,
imprime admiración ante la negativa
y nos insta a quedarnos con los textos,
vuelve a esbozar una sonrisa,
leerlos será el pago, nos comprometemos.
Culminado el trueque sabemos
que realmente habla de corazón,
comienza a hablar de un templo
y no tarda en lanzarnos una invitación.

Y colorín colorado este relato se ha acabado,
más el final del cuento no necesitó de perdiz,
pues fueron felices cenando con david.

Al filo del bordillo

Belgrado, Serbia, 7pm.

Caminamos por las céntricas calles de una urbe de contrastes. Los piés descalzos de los refugiados sin techo descansan junto a las galerías de un arte conceptual que parece ajeno a lo realidad en la que descansa. Los puestos de comida están en su hora punta y crean colas en las aceras que dificultan el paso.

Nos aproximamos a una zona especialmente concurrida por lo que aminoramos la velocidad de nuestro andar y nos introducimos en la marea humana. Hace días que el estómago no grita de desesperación por probar bocado, pero su memoria es duradera y trasmite a los sentidos un estado de alerta imposible de ignorar. Pipipi pipipi, entre el ir y venir de personas que a penas permte distinguir el otro lado de la calle, nuestros ojos enfocan una mesa cercana a un puesto de pizzas. Sobre la misma, una porción del delicioso alimento descansa sin mayor compañía que varias servilletas usadas y dos vasos con restos de café.

Extrañamente, el pedazo esta casi intacto, frío, pero perfectamente comestible. Pero lo más extraño de todo es la forma en la que ha sido probada la comida. La característica parte exterior, usualmente compuesta únicamente por masa de pan, es lo único que ha sido saboreado por su antiguo dueño. A pesar de la falta de hambre, cualquier aportación a nuestra dieta, basada en pan mayoritariamente, es más que agradecida. Por lo que no dudamos ni por un instante en acercanos a la mesa. Con el pedazo de comida ya en nuestras manos, el momento del visionado de la pizza entre el gentio vuelve a repetirse, pero en este caso con uno de los mendigos como punto de enfoque.

Un enorme sentimiento de remordimiento nos invade por un instante. Pero el momento, a pesar de su intensidad, es breve. No podemos evitar pensar en lo sencillo que es conseguir comida de la basura en caso de necesidad.

No llevamos ni dos semanas viajando y ya comenzanos a percatarnos de los efectos secundarios de esta aventura…al menos nos tomamos cada situación con mayor sentido del humor anterior que la anterior. Minutos después de ésta anecdata comenzamos a bromear sobre el momento y “la clase de monstruo que es capaz de comer únicamente los bordes de un pedazo de pizza”…


 

No tutte le strade portano a Roma

 

Músculos que gimotean,
Ampolla cabalgando ampolla,
Mil cuestas infinitas.
Esfuerzo para alcanzar descanso.
Buscar basura para encontrar bocado.
Ilusión, dedo en alto, cartel en mano y frío en los huesos.
Caras frías, algunas risas y miradas incómodas como respuesta.
Tiempos muertos que oxidan nuestros cuerpos.

Venecia el gran escaparate… con su verdadera belleza ocultada entre bambalinas: ancianas fumadoras, niños de desgastado balon, los canales el patio de juego.
El arte histórico abraza el contemporáneo, lo cobija en su seno. La cascara de la escaparatista Venecia sedimentada sobre un turismo que drena su vitalidad, se desvanece, y ante nosotros brota la vitalidad de una madre dando a luz nuevos placeres y experiencias a los sentidos.
Date el tiempo de abrazar Venecia y te arropara en su seno.

Merci et au revoir

Un nuevo día por delante, el sol pronto nos lo hace saber. El día anterior se nos alargó demasiado y a penas hemos tenido tiempo de comer y descansar. Pero tenemos que seguir.

Calentamos un cazo de agua caliente con canela para hidratar los copos de avena, esparcimos nueces y pasas por encima y, tras desayunar, procedemos a buscar un cartón. Rotulamos el nombre de nuestra siguiente parada, Nice, y comenzamos a probar suerte como cada día.

Tras varios minutos, nos percatamos de que ninguno de los conductores que pasan frente a nosotros se dirige a nuestra ciudad destino, por lo que decidimos cambiar el cartel e incluir el nombre de una población a medio camino, Fréjus. Leyendo el mapa se entiende que el acceso desde ésta hasta Nice es mucho más sencillo que desde nuestra actual posición, por lo que es posible que alcancemos nuestro objetivo antes de este modo. En efecto, varios minutos después estamos en una furgoneta camino a Fréjus.

Llegamos, llenamos las cantimploras de agua y volvemos a sacar el cartel de Nice para mostrárselo al tráfico. Cinco minutos después, ante nuestra incrédula mirada, estaciona en el arcén un flamante BMW de color plateado. Conforme podemos ver mejor a su conductor y el interior del vehículo, tapizado en piel, la incredulidad se dispara. Es nuestro día de suerte, el también viajó como nosotros en su juventud.

Durante el trayecto tenemos una de las conversaciones más agradables e interesantes del viaje y al llegar a la ciudad, aquel amable hombre nos indica donde está el mejor punto para seguir a dedo hasta Italia.

Comenzamos a caminar por la ciudad y tras pocos pasos nos llama la atención una papelera, o más bien su contenido. Alguien ha dejado allí varios paquetes de pan de molde en perfecto estado, su fecha de caducidad coincide con el día de hoy, ya tenemos almuerzo. Tras comer el pan con un poco de fuet que llevábamos en la mochila, decidimos patear un poco la ciudad para ver si merece la pena pasar algún día más en ella y, de paso, acercarnos al punto de salida.

Varias horas y gotas de sudor en nuestra frente después (la mochila sigue siendo sumamente pesada) nos encontramos en la entrada a la autovía dirección Italia. Volvemos a rotular un cartón y volemos a probar suerte. Pronto leemos en las caras de la gente que no se dirigen al país vecino, sino a poblaciones francesas cercanas a la frontera.

Tras nuestra espera más larga haciendo autostop, decidimos cambiar de destino y rotulamos “Menton” en el letrero. Poco después para frente a nosotros un pequeño vehículo en el que, contra todo pronóstico caben nuestras mochilas, su conductor está dispuesto a acercarnos al municipio galo.

Veinte minutos después, nos encontramos con nuestro cartón con destino “Italia” frente a carísimos coches de lujo que vuelven de regreso al país de la pasta. El tiempo pasa pero seguimos sin conseguir resultados. Por lo que decidimos explorar el pueblo.

Tras una larga caminata llegamos a una estación de ferrocarril. La caida del sol se acerca y decidimos no complicarnos, hay un un tren hasta Ventimiglia (Italia) por 2,40€. Ya en el trasporte y con la vista en el exterior, comenzamos a escuchar como los idiomas se mezclan y los acentos se tambalean entre lengua y lengua. Nos bajamos y tal mezcla homogénea comienza a disolverse. Por fin, lo hemos conseguido. Nuestra aventura en Francia ha llegado a su fín.