Diario de Irán, día 4

11 de Diciembre de 2017 (un descampado a las afueras de Qom)

Hechos y suposiciones

Ha sido un día muy largo, demasiado para lo enérgico que estaba hoy. Tras amanecer entre los setos de un parque en el que decidimos pegar una pequeña cabezada al llegar de madrugada a la ciudad de Qom, hemos vagado por la ciudad en busca de internet sin mucho éxito. Lo cual ha implicado explorar hasta el último de los callejones de la población.
Conforme caminábamos por la calle, podíamos notar un cambio enorme en las gentes de Qom respecto con las de Tabriz. Debido al carácter sagrado de la ciudad, sus ciudadanos visten de manera más conservadora, con chilaba, turbante y burka.

Respecto al título de la entrada de hoy, gracias a un guía con el que hemos conversado en inglés al final de la jornada, hemos sacado en claro la mayoría de los comportamientos que antes nos sorprendían. Aquí va un pequeño resumen:

Aparte de por las grandes reservas de gas del país, los iraníes se mueven en coche, taxi o moto y apenas caminan debido al concepto tan distinto que tienen de sacrificio y salud. Para ellos lo verdaderamente importante es estar en contacto con dios y obrar según su dictamen, por lo que les gusta moverse rápido para cada cosa que tienen que hacer.
Por eso no nos entienden cuando nos ven con la mochila a cuestas de sitio en sitio y nos negamos a tomar un taxi. Además, son sumamente insistentes con los taxis, a parte de por sacar buena tajada de nosotros, por que no quieren que perdamos el tiempo caminando. Incluso cuando preguntas por una dirección a apenas un kilómetro de nuestra posición te indican donde tomar un taxi para llegar. Nos ha llegado a ocurrir incluso sin las mochilas a la espalda.

Cambiando de tercio, el guía antes mencionado nos ha preguntado que si eramos alguna clase de atletas debido a nuestra forma de viajar. No saben del autostop ni entienden qué es un mochilero, a parte de por el tipo de turismo que ha atraído el país por su régimen político, por lo mencionado anteriormente. Lo cual me lleva a hablar del trato del cuerpo. Sólo se ven posturas vigorosas en soldados y policías, el resto de individuos tienen cuerpo sumamente variados, pero muy distintos del canon de salud occidental. Para ellos la salud está en otro sitio.
Incluso Saeid, quién nos contó que practicaba rugby y su porte lo confirmaba, llevaba por las calles una postura para nada acorde con su cuerpo.

Éstos son algunos de los detalles que hemos sacado en claro el día de hoy. Puede que lo último a destacar haya sido la cara de sorpresa que ha puesto un trabajador que, tras repetir “Iniesta, Iniesta” tras preguntar por nuestra nacionalidad, ha sido testigo de como basureábamos. No entendía que “dos turistas adinerados” tuvieran que recurrir a algo como eso. Lo que no sabe es que hasta disfrutamos de nuestra forma de reciclaje y ahorro. Creo que es algo difícil de ser asimilado por una mentalidad iraní.

Diario de Irán, día 3

10 de Diciembre de 2017 (autobus Tabriz-Qom)

Esta vez no tengo que pensar demasiado sobre qué título acuñar al día de hoy, ni si lo define adecuadamente. Hoy fue “El día de la piraña”.
Ha sido un día sumamente largo, por lo que lo resumiré diciendo que, pese al esfuerzo puesto para viajar a dedo, hemos tenido que tomar un autobús para abandonar la ciudad.

Aquí va el repaso de detalles del día de hoy:

-Hemos sido acosados múltiples veces por tumultos de hombres que trataban de sacarnos dinero de alguna manera. Menos mal que sabemos salir de este tipo de situaciones e incluso destapar sus fraudes…

-Hemos tenido el primer contacto con una mujer iraní, de echo ha sido con tres. Una en la universidad de Tabriz, otra mientras hacíamos dedo y la última en el autobús de huida. Su trato es mucho más amable y cercano que el de los hombres, al menos no nos tratan como alienígenas…

-Los turistas parecen ser una especie con vida al margen de los locales. Recibes mejor trato en los actos de buena fé que en los que se involucra al dinero, sin importar el servicio que sea. Incluso gente a la que te presentas con nombre y nacionalidad se dirigen hacia tí como “tourist”…

-Es posible basurear en el país. No trae problema ninguno siempre y cuando mantengas cierta actitud de respeto y delicadeza al buscar comida. La gente te mira con pena (y no con asco) e incluso te da comida. Hay que reconocer que la pobreza es algo que los musulmanes saben gestionar mejor que otras religiones…

-Hay dos factores que dificultan sumamente hacer dedo en Irán. El primero es el no poder levantar el pulgar para distinguirte de la gente que trata de parar taxis, aquí se considera un insulto. El segundo es que los locales se preocupan tanto por ti que no te dejan parar coches. Si les dices que quieres viajar sin dinero tratan de llamar a la embajada de tu país. Si les nombras la palabra autostop, la relacionan con otobus (autobus) y si les hablas de hitchhiking te entienden aún menos…

-Para rematar las dificultades afrontadas el día de hoy, mi teléfono ha sufrido las repercusiones de los cambios de temperatura bruscos entre el frío de la calle y el calor de los establecimientos. Creo que una imagen vale más que mil palabras…

No sé si habrá ahora mismo alguna estrella fugaz cruzando por el cielo nocturno, pero igualmente me encantaría pedir un deseo: me gustaría poder mezclarme entre las fascinantes gentes de estas tierras sin saltar a la vista como el turista “versión tanque a la espalda”. Pero soy consciente de que ésta es la máscara que tantos buenos momentos ha echo posibles durante este viaje. Puede que en unos años vuelva sin avergonzarme de la etiqueta que se me coloca ahora mismo.

Después de tanto punto suspensivo y del carrusel de emociones de estos primeros días, sólo queda volver a decir ese “sólo el tiempo dirá”.

Diario de Irán, dia 2

9 de Diciembre de 2017, (Mezquita Jameh de Tabriz)

Hoy sí, definitivamente hoy podemos afirmarlo, ha sido un día completamente anecdótico. Tal y como me esperaba, las cosas han cambiado. Lo que no me imaginaba es que lo hiciesen hasta tal punto.

A eso de las 6:30am hemos amanecido en una especie de garaje en medio de un descampado de las afueras de Tabriz. Tras desayunar una hogaza de pan cuyos pedazos acariciábamos contra la salsa para propongar su vida útil, hemos recogido nuestras cosas entre gemidos de dolor a causa del frío.

Tras evitar alguna que otra caida debido a las congeladas calles de la ciudad, entre un gentío de miradas confusas respecto a nuestra presencia, hemos decidido sentarnos a descansar en un banco. Allí un hombre de mediana edad, sin hablar una sola palabra de inglés, nos ha preguntado acerca de nuestra procedencia, trabajo, etc.
Lo cierto es, que debido a nuestra no tan agradable llegada al país, no hemos podido evitar rechazar sus múltiples invitaciones, muchas de las cuales requerían seguramente un gasto de dinero.
Finalmente, el caballero se ha retirado a su establecimiento para volver diez minutos después, en lo que yo diría que era un intento de sacarnos una sonrisa:
ha comenzado a poner a punto su vehículo (una motocicleta con montacargas) para que le tomara una fotografía con mi cámara. Por supuesto, he tratado de contentarle para poder sonreirnos mutuamente.

Tras el primer contacto con un local, nos hemos dirigido hacia el centro, donde un guía turístico nos ha invitado a un chai en su oficina. No estoy muy seguro de por qué aceptamos esta oferta y no la anterior, posiblemente porque éste nos lanzó la proposición en inglés y en caso de tratar de vendernos algo podríamos llegar a entendernos…el caso es que la aceptamos.
Tras escuchar decenas de ofertas con un té entre las manos, por fin nos dan algo de información útil. A la pregunta de “¿dónde os alojais?”, respondemos que dormimos en una tienda de campaña. Y tras un breve intercambio de palabras, nos recomiendan un parque en el que dormir. Con toda la tranquilidad del mundo, como si fuera lo más natural y no tuvieramos que escondernos para evitar problemas.

Después de abandonar la oficina de turismo ante semblantes uraños, nos sumergimos en el bazar de la ciudad. El paseo no dura demasiado, seguimos sintiéndonos como turistas a los que tratan de desangrar económicamente y no tardamos en llevarnos nuestra presencia a otra parte. El lugar escogido es unos servicios públicos.
Con las mochilas en el suelo y el embrollo de cables habitual prolongándose desde éstas hasta un enchufe en la pared, cargamos nuestros dispositivos electrónicos mientras almorzamos las sobras del pan del desayuno, con cariño de nuevo por supuesto.

De pronto, un hombre entra por la puerta y nos mira con cara de incompresión, que no de confusión. Rápidamente nos dice que nos vayamos con él a comer y beber, parece una invitación desinteresada, por lo que le seguimos.
Sin saber muy bien cómo, nos encontramos de pronto en el interior de una joyería, sin nuestro supuesto anfitrión pero comiendo patata cocida con huevo y pan.
Allí conocemos a un tal Saith, un joven iraní de veinticuatro años con el que establecemos comunicación gracias al traductor de su móvil, que va de mano en mano. Pese a la frialdad que solemos asociar a estos dispositivos, la conversación está llena de calidez y sinceridad. Tales son los lazos que forjamos, que termina convirtiéndose en nuestro guía por la ciudad, mostrándonos hasta el rincón más recóndito de la mezquita en la que entendemos que trabaja como ayudante.

Incluso, en un momento dado, nuestro nuevo amigo se abre y nos explica el significado de la imagen de fondo de pantalla de su smartphone. Instantánea que muestra un rostro que no corresponde con el suyo.
Saith nos explica que se trata de un amigo al que, cito textualmente: “martirizaron cuando luchaba en Siria”.

Tras lo cual, nos muestra fotografías de él vistiendo camuflaje con un fusil de asalto bajo el brazo, el también luchó en Siria.
Trato de profundizar más en el asunto a golpe de traductor. La respuesta nos deja impresionados: “Viajé como voluntario para luchar contra gente que no es musulmana, gente que solo quiere el mal hacia otras personas. Nadie nos forzó a combatir, decidí posponer mis estudios por ello.”

Después de la visita guiada, nos acompaña de nueva a la mezquita en la que echa una mano. Nos promete que volverá en unas cinco horas y que podemos esperar allí sin problemas, que incluso podemos dormir allí.
Tras darle las gracias y mostrarle nuestro respeto, nos despedimos de él mientras aguardamos en el alfombrado suelo a su regreso, con todos nuestros aparatos cargándose junto a un calefactor.
Lo cierto es que aquella mezquita dista mucho de lo visto hasta la fecha, en aquel lugar la gente se reúne para comer y conversar de forma despreocupada, mientras los devotos rezan.

Durante ese lapso de tiempo, aprovechamos para escribir sobre experiencias pasadas vividas durante el viaje, detalle que fascina sobre manera a varios locales que se acercan a hablar con nosotros. Sin darnos cuenta, nos encontramos rodeados por unos ocho jóvenes iraníes que nos lanzan preguntas en inglés, dirigiéndose de forma sumamente cortés.
Con ello descubrimos algunos detalles a destacar y tener en cuenta durante nuestro paso por el país persa:
-Respetan totalmente a los cristianos e incluso ven de forma negativa al que no sigue ninguna creencia. Las palabras empleadas son las siguientes: “Respetamos a los cristianos porque siguen el camino de Dios bajo la palabra de un profeta, como nosotros”. Menos mal que sabemos esquivar la bala explicándoles que somos agnósticos debido a la estructura de la iglesia católica…
-Nos advierten de los ciudadanos de cierta población, argumentando que son árabes y que no procesan demasiado bien otras creencias.
-Muestran una curiosidad inmensa por nuestra cultura, siendo “¿qué haceis durante vuestro tiempo libre?” la pregunta más repetida.
-“Odian a las personas que tratan de imponer su propia religión”

Las horas pasan, pero nuestro amigo no hace acto de presencia. Al menos disfrutamos de la compañía de algunas de las amistades que hemos hecho durante el día. Incluso nos dan nuevos contactos a lo largo del país y nos preparan planes para el día siguiente.
Cuando ya pensábamos que tendríamos que pasar la noche en la mezquita, Saith aparece por la puerta.

El resto de la noche, salvo por un detalle con el que contábamos de antemano (solo conocimos a los hombres de su familia), fue una noche maravillosa. Fuimos a casa de nuestra nueva amistad, donde cenamos sobre el alfombrado suelo de la vivienda al más puro estilo persa. Una cena deliciosa por cierto. Profundizamos más aún en las culturas de ambos, así como en nuestras opiniones sobre temas diversos. Todo a golpe de traductor.

Desde luego, fue un día para no olvidar. Justo cuando más lo necesitábamos.

Diario de Irán, día 1

8 de Diciembre de 2017, Tabriz (Irán)

Podría decirse que el día de hoy ha sido un día anecdótico, sin embargo, creo que sería más preciso afirmar que ha sido un día lleno de anécdotas:

-Hemos caminado en paralelo a la frontera Armenio-iraní a lo largo de ocho kilometros para poder acceder a la república islámica. Recorrido durante el cual hemos experimentado lo que es estar frente a una verdadera división política.
El vallado, conformado por un entramado lo suficientemente cerrado como para evitar el paso de un pequeño gorrión, estaba lleno de cámaras, soldados centinela, torres de vigía y carteles en ruso. Por si fuera poco, hemos sido detenidos varias veces por militares para mostrarles las imágenes tomadas con mi cámara. Sin embargo, la tensión generada se diluía cada vez que les decíamos que eramos españoles, tras lo que cambiaban el ceño fruncido por una carcajada mientras sostenian su AK-47.

-Para nuestra sorpresa, hemos sido mejor bienvenidos por las autoridades iraníes que por sus ciudadanos, quienes nos veían como meras carteras con patas. Incluso hemos podido mantener una agradable conversación con un soldado en perfecto inglés sin parecer que nos estuvieran interrogando, como otras fuerzas del orden nos tienen acostumbrados.

-La vida nos ha vuelto a enseñar que hay que echarle cara a todo en todo momento. Sin dejar de obrar con buena voluntad, por su puesto, pero sin pecar de tontos.
Un iraní de unos sesenta años ha decido unirse a nosotros para hacer autostop. Una pena que la alianza haya durado tan poco como ha tardado en aparecer el primer conductor en ofrecerse a llevarnos. El cual solo disponía de dos asientos libres que aquel individuo se ha encargado de ocupar con una bolsa de granadas y sus posaderas.
Ni siquiera se ha dignado a mirarnos mientras se acercaba corriendo al transporte.

-Hemos percibido las primeras nociones de machismo en el país. Primero en un vehículo que, tras estacionar para recoger al amable autoestopista mencionado anteriormente, del interior de la parte trasera ha salido una mujer para ocupar el asiento del copiloto. Todo por no compartir asiento con aquel desconocido.
La segunda se ha dado en el conductor que nos ha recogido y que más tarde ha resultado ser un taxista, como de costumbre. Ha mencionado lo bien que conducía una mujer a la que ha adelantado con su vehículo, entre carcajadas con sus acompañantes locales. No hemos podido entender exáctamente lo que decían, pero seguro que tenía que ver con el reciente cambio de legislación.

-Hace más frío y hay mayor cantidad de nieve en una ciudad iraní de escasa altitud, desde la que escribo a duras penas ahora mismo, que en las grandes cordilleras del sur de Armenia.
Echo de menos sus ciudades sin contaminación lumínica. Espero que tras el día de hoy no comience a echar de menos a sus amables gentes.

Igualmente me llevo a Armenia en el corazón y en mente las ganas de confrontar un país que parece no adecuarse mucho a nuestra forma de viajar. Todo quedará por ver.

Escapada armenia, parte 2

Una vez ubicados en la nueva localidad y con la mente más despejada, comenzamos a explorar la población con el objetivo de encontrar un escondite donde ocultar nuestras pertenencias. El desgaste provocado por el exceso de equipaje pronto llama a nuestra puerta, por lo que encontrar un lugar apropiado se convierte en una prioridad. Siempre es más sencillo reconocer el terreno sin la casa a cuestas.

A pesar de la clásica quema de hojas otoñal propia del paisaje rural,
la localidad resulta ser extremadamente turística, debido mayoritariamente al templo grecoromano que descansa en uno de sus acantilados. Lo cual dirige el foco de atención popular en dicho punto, y a su vez, convierte el resto del pueblo en un lugar extremadamente tranquilo.
Por suerte, la frase “ten cerca a tus amigos, pero más cerca aún a tus enemigos” encaja a la perfección con el lugar, ya que junto al templo encontramos una pequeña cueva totalmente oculta del paso de turistas y locales.

Con las mochilas ya en lugar seguro, nos decidimos a explorar. El día no puede salir mejor. Después de un agradable paseo a lo largo del valle que rodea al pueblo, encontramos un lugar en el que pasar la noche así como una ruta a traves de la cual acceder de forma totalmente gratuita al templo.

Tras un día como turistas standar, o algo por el estilo, recogemos nuestras mochilas y nos dirigimos al lugar anteriormente escogido para pernoctar. Se trata de una enorme casona familiar de dos plantas rodeada de nogales, perfectamente arrancada de las páginas de un álbum fotográfico del siglo XIX. La estampa otoñal, con el suelo totalmente lleno de hojas, nos brinda una importante pista acerca de la ocupación de la vivienda, por lo que no dudamos ni un momento en saltar el vallado que la rodea.

La construcción, pese a ser de construcción simple, salta a la vista que algún día perteneció a gente con amplia comodidad económica. Sin demasiada decoración pero de porte elegante, la edificación se divide en una sala central con conexión a las dos alas laterales reservadas para los dormitorios. Tal habitación nucléica, da paso a un enorme balcón que se extiende a lo largo de toda la fachada, con vistas al gigantesco valle sobre el que descansa la casa. El resto de habitaciones, situadas en el piso inferior, albergan una cocina, varias salas de trabajo y lo que algún día pareció ser una despensa.

Pese al evidente abandono, la casa se conserva en un estado más que decente, incluso aún manteniendo la instalación eléctrica propia de los años setenta. Todo parece indicar que se trató del hogar de veraneo de varias generaciones, quienes con el paso de las décadas, irían modernizando poco a poco la estructura de la casa. Desde la letrina exterior al edificio (casi referencial a la usada por el carismático ogro verde), pasando por las distintas infraestructuras eléctricas que podían encontrarse por la casa, hasta los modernísimos plomos de la misma.

Con la casa explorada por segunda vez, establecemos el campamento en el corazón del edificio, de tal forma que las entradas de acceso a las habitaciones adyacentes queden totalmente bloqueadas del paso del viento. Sin puertas ni ventanas, salvo en el hall de ingreso al edificio, hace tiempo que aquel lugar quedó a merced de vendavales. Y no nos gustaría que estos descendieran la temperatura del refugio.

Cual película apocalíptica, nos disponemos a taponar con colchones y somieres los puntos débiles, así como a bloquear la puerta de entrada para no ser sorprendidos en mitad de la noche. Una vez sellado todo, desplegamos la tienda, sin ser amarrada al suelo por supuesto.

A varias horas aún para el anochecer, es demasiado pronto para cenar pero tarde como para salir en busca de más aventuras, por lo que permanecemos sin abandonar nuestro escondite el resto del día. Las horas pasan mientras nos entretenemos jugando al ajedrez o charlando tranquilamente, hasta que el sol comienza a desaparecer entre los riscos y con él su calidez. Por lo que nos vemos obligados a hacer un poco de ejercicio para entrar en calor, así como para mantenernos activos y en forma.

Con la luna ya en su zenit y la cena revolucionando en nuestros estómagos, desplegamos los sacos y nos disponemos a dormir un poco, más por tratar de calentarnos que por tomar descanso. No hemos tenido un día excesivamente duro, pero al menos fue lo suficientemente excitante como para sacarnos de la rutina en la que estabamos sumergidos desde hacía días…

Acurrucados ya en nuestro habitáculo por excelencia,
somos oyentes en palco de primera fila
del rubor del arroyo en su afluencia,
banda sonora para el duelo que se libra
en el firmamento entre luna y tiniebla.
Más tal contienda no se prolonga demasiado,
pronto la luz es devorada por un pozo
de negro silencio que se posa sobre el tejado.
Establecido el portal capaz de ofrecer comunicación con el otro lado,
brota del inmenso vacío cósmico
una densa niebla que, a modo de abrigo,
nos arropa bajo un abrazo húmedo y congelador.

Sumidos en aquel oscuro paisaje de susurros y gélidas caricias,
no tardamos en poner anclaje en nuestras mareas mentales de sueño y somnolencia,
quedando profundamente dormidos en aquel decorado propio de historia ficticia.
El pálido sonido del arroyo que pasea bajo el balcón
es el único elemento que, lejos de tornarse estremecedor,
se convierte en guía y bastón
en el que ampararse entre cavilaciones de órgano elucubrador.

Con el cuerpo más relajado y el foco celeste un poco más bajo,
el frío sucumbe ante la calidez de los alientos y los ovillos emplumados,
la oscuridad pierde fuerza al verse ignorada por temores y espantos.
Todo yace sosegado entre neblina y frescura de madrugada.

De pronto y sin motivo aparente,
las pestañas abandonan su entrecruzado,
las pupilas se dilatan buscando la causa de su desvele,
más nada más que dos inquietas mentes es lo único que se ha alterado
entre la calma y el relente.
Tras reparar en ello, sin mover un solo músculo,
permanecemos inertes sobre el suelo
mientras pasan los minutos,
envueltos cual crisálidas de pies a cabello.

Con una pierna ya hundida en tierras soporíferas,
nos debatimos entre la vigilia y el sueño
en condiciones paupérrimas.
La materia gris multiplica su masa por momentos,
el cuerpo se siente cada vez más pesado
hasta pegarnos por completo al pavimento.
Todo se entumece hasta sentirnos
guiados por el globo en su movimiento.

Insconciente aún de mi adormilada consciencia,
creo escuchar el crujir de la hojarasca
siendo suavemente arrastrada con paciencia.
Gradualmente el viento se levanta,
hasta reunir la fuerza
para ahogar el fluir del arroyo
e incluso sacudir las visagras de la puerta.

Tras la débil embestida del ariete etéreo,
la brisa abandona su unilateral calma
para atacar el refugio en todo su hemisferio.
Un bullicio ensordecedor envuelve la casa,
más permitiendo auscultar unas pisadas
que depositan su carga
en la fronda que yace sobre la entrada.
Los chasquidos se suceden restallando
cada vez con mayor sonoridad,
sin duda algo trata de acceder al ojo del huracán.

Ante la misteriosa situación,
sin siquiera haber mentado palabra
mutuamente entre compañeros de acción,
intercambiamos palmadas,
tratamos de averiguar si nos hallamos inmersos en análoga ficción.
Una estampida plásmática nos caldea
los hieráticos troncos clavados al entablado,
nuestros cuerpos se preparan
más insistimos en permanecer inertes,
fingiendo que el habitáculo se encuentra desolado.

El ensordecedor sonido se acrecenta
en ciertos lugares de la habitación,
pareciera actuar como sombra de la presencia
que mora a nuestro al rededor.
De súbito, los pasos se vuelven tácitos
hasta desaparecer sin dejar huella,
sólo se escucha a la estruendosa galerna,
que gira en rápidos círculos
sobre la maltrecha vivienda.
Sumergidos en aquel vociferoso océano,
aguardamos a la calma que no llega,
seguimos sin noticias del posible aldeano
ni sus pisadas que nos mantuvieron en vela.

El suspense se rompe sin aviso previo,
una sucesión de impactos recorren los tabiques
hasta detenerse en su punto medio,
abriendo ventanas y postigos
que se flagelan sin nada que lo evite.
La construcción es un festival de mamporros y soplidos
en total anarquía,
un caos desmedido
que escupe sobre lo sublime y su terminología.
El tamaño no importa, sino la fuerza desmedida.

La exhibición de mamporros se prolonga por varios segundos
hasta que el silencio impacta en el ambiente,
el ciclón se pierde en lo más profundo
del valle y su torrente.
Música fluvial de nuevo tras el tumulto.

Sí, esto que estas leyendo ahora mismo es un repentino corte en la narración de acontecimientos que, muy probablemente, te haya sacado del clímax aflorado por lo expuesto anteriormente. Y no, no es que la desidia me haya podido a la hora de poner un punto final acorde con las sensaciones generadas. Sino todo lo contrario. Creo que ésta es la forma más adecuada de transmitirte nuestro desconcierto en aquellos instantes.

No es solo que aquel torbellino de eventos se detuviera de golpe. Lo que realmente nos extrañó y fue blanco de conversación en los días posteriores, fue el hecho de que aquella serie de acontecimientos transcurriera en un lapso de aproximadamente cuarenta segundos. Eso, exáctamente eso, es lo que nos dejó grabado a fuego la experiencia en la memoria.

Para los que sientan curiosidad por saber qué ocurrió tras el atípico suceso, lo único que aconteció en aquella deshabitada vivienda fue oscuridad y silencio. No tardaríamos demasiado en caer profundamente dormidos tras comprobar las consecuencias de aquel ventoso incidente. Ni siquiera ser testigos de nuestras pertenencias desperdigadas por el habitáculo nos privaría el sueño en absoluto.

Si lo paranormal se dió cita en aquella casa, lo hizo acompañado de fuerzas naturales, cuya manifestación puede probar una explicación racional. Más eso no me reconforta en absoluto. Precisamente es lo que más me perturba.

Hay fuerzas en este mundo capaces de provocar vivécdotas propias de otro cosmos.

Escapada armenia, parte 1

Astiados de esperar a la tramitación del visado que nos abra las puertas de Persia, decidimos abandonar la tranquilidad de nuestro campamento base. A pesar de haber conseguido lo imposible: estabilidad económica (gasto nulo) en un lugar tranquilo (y gratuito) en el que acampar con fuentes de recursos cercanas, decidimos aventurarnos en territorios menos fructíferos pero con un paisaje más inspirador. Cierto es que el parque botánico en el que nos hemos acomodado goza de cierto carácter salvaje. Tal vez se deba a lo descuidado que está, así como a la presencia del zorro y múltiples canes que se pasean por las inmediaciones. Sin embargo, todo se queda monótono en comparación con los recuerdos de aventuras pasadas entre humo y asfalto. De echo, puede que ese sea el problema, que todas estas historias empiecen a parecer lejanas memorias después de casi tres semanas de sedentarismo.

A pesar de lanzarnos de nuevo a la carretera, somos conscientes de que no nos conviene demasiado alejarnos de la capital armenia. En unos cinco dias estará forjada la llave que nos abra paso a desiertos y otras zonas indómitas, y no queremos posponer el cambio de frontera. No más de lo impuesto por la lenta burocracia y los numerosos trámites de un país que no parece esforzarse demasiado en falicitar la visita a sus vecinos, tanto lejanos como cercanos.

Con el despliegue habitual recogido y las mochilas al hombro, un tanto más pesadas que de costumbre debido a la gran recolecta basurera de los días anteriores, dejamos atrás nuestro pintoresco escondite para volver a caminar entre ajetreo y contaminación.

Pese a la falta de costumbre, no tardamos mucho en volver a sentirnos en nuestra salsa. Tras pocos minutos con cartel y pulgar en alza, un amable muchacho estaciona su vehículo frente a nosotros, para colmo hasta habla inglés. Varios minutos de conversación después y percatados de que más del cincuenta por ciento del tráfico de la zona está conformado por taxis, el joven se ofrece a llevarnos a un punto más alejado de la urbe desde el que poder seguir haciendo dedo.

Una vez realizado el favor, al poco de que el rugido del motor del buen samaritano se aleje, aún colocando nuestras mochilas para acomodarnos en el lugar, otro utiliario aparca en nuestras narices. Se trata de un modelo antiquísimo, de marca irreconocible, de cuyas ventanillas brota el sonriente rostro de un hombre de mediana edad. Tras preguntarnos, en armenio por supuesto, por nuestro lugar de destino y mostrarle el cartel como respuesta, abandona su asiento para ayudarnos a colocar las mochilas en su maletero.

Mientras ubicamos los bártulos, vislumbramos a groso modo el interior del vehículo, va a volver a tocarnos sentarnos sobre el metal de la carrocería, más no nos importa en absoluto. Dos simples palabras acompañadas de un gesto nos hacen compartir sonrisa con aquel caballero: “Niet taxi”. Es la primera vez que nos avisan de antemano de que se trata de un gesto desinteresado, sin ni siquiera tener que recurrir a preguntar o tener que analizar la situación para salir de dudas.

El viaje transcurre ameno y entrañable con la ya clásica conversación a base de gestos e intercambio de palabras clave, como aquel concurso televisivo… Una vez presentados, conocedores de la nacionalidad de ambos, así como nuestras edades y situación amorosa, la conversación decae hasta aposentarse en un apacible silencio. Con la hermosa postal de las montañas nevadas de fondo y el suave vaivén del vehículo, no tardo demasiado en sentir pesadez en los párpados y la desconexión mental típica de la modorra.
-Respira por la ventanilla. – las palabras de Victor me sacan repentinamente de mi breve estado de letargo. Sin decir más y pese a mi nefasto sentido del olfato, entiendo perfectamente a que se refiere. Como bien resumiríamos más tarde: “A aquel coche le quedaban dos telediarios…hace treinta…”

Salvando los pequeños detalles, como las roncas tosidas del motor, el viaje es un tranquilo paseo entre las nevadas cumbres. Ni siquiera el pésimo estado del asfalto es capaz de estropearnos la magia del momento, tal vez la escasa cilindrada del vehículo sea un factor a tener en consideración.

Después de una larga subida, las primeros descensos hacen acto de presencia, convirtiendo la calmada travesía en una montaña rusa de subidas y bajadas. Cambio al que, Simón, el conductor del transporte, no queda impasible, jugando con los desniveles del terreno a golpe de arranque y apagado de maquinaria.

Una vez alcanzado nuestro destino, la despedida es sobria pero sentida. Nos estrechamos la mano, a modo de agradecimiento mutuo por el favor y el momento compartido. Sin siquiera tener en mente el peligro corrido o la poca seguridad del carro. Pues, pese a las condiciones del mismo, la confianza y buen obrar de su conductor no nos habían echo sentir en mejores manos desde hacía semanas. O eso o el escape de gas nos había dejado un poco atontados…

Por amor al (moj)arte

Un rugido en los cielos se alza. Tras él, un suave repiqueteo comienza a rodear las inmediaciones del habitáculo. Pese al madrugón, llego tarde. O tal vez no.

Una vez vestido y con todo en la mochila, me cuelgo todo de hombros y cuello y cubro mi cuerpo y pertenencias con el abrigo. Acabo de coger “varios kilitos de más”.

La descarga de agua es incesante y parece encontrarse en su apogeo. Tardo poco en experimentarla en mis propias carnes tras abandonar la cobertura del aportalado hostal.

Una combinación de calor y condensación tardan poco en darse cita por todo mi cuerpo. Pese a la impermeabilidad de la vestimenta, la humedad alcanza mi piel. No tengo del todo claro cuál de los enveses está más empapado.

El adoquinado revela su pésimo estado de conservación haciendo de las aceras una suerte de archipiélagos. Rememorando programas televisivos de antaño, salto de baldosa en baldosa tratando de evitar el peligro. Pero la escasa luz provoca que evitar mojarse pierda el sentido.

El paisaje a mi al rededor muta por momentos. Cambio las calles escasamente iluminadas por oscuros túneles llenos de miradas, para poco después estar ciego en una especie de valle. Tratando de buscar el río y un puente que lo cruce, desciendo la ladera, casi en picado, apenas distingo los escalones de bajada.

Superada la hondonada, un enorme estadio brota de entre las sombras gracias al pasar de vehículos. Según el mapa y mi memoria, el camino a seguir hacia el ansiado destino no se encuentra muy lejos.

El tímido eco de las gotas de lluvia es lo único que permite orientarse en la penumbra. Aunque éstas no solo caen sobre el asfalto. Las lentes de mis gafas son un mosaico de perlas, tanto de lluvia como de cosecha propia.

Al girar una curva, el luminoso cartel de una gasolinera descubre un cruce de carriles. Tengo claro cual he de tomar, más la limitada visibilidad de la zona genera tal confusión que termino sin saber la dirección escogida.

Trato de aclarar la vista con la parte inferior de mi jersey, más la escasa iluminación no consigue sacarme de dudas. Pocos segundos más tarde, deslumbrado por los faros de un transeunte, compruebo que la lluvia ha vuelto a apoderarse de la transparencia de mis gafas.

Deambulando de farola en farola, trato de alcanzar el final de una calle que no vislumbro. La cordura baja por momentos, hasta hallarme cual tripulante a la deriva de un barco sin compás ni planisferio.

El evitar mojarme no es el único sin sentido, a éste se le suman otros cinco que no guardan mayor utilidad que la de no acabar estampado contra lo único que otorga referencia.

Hace lustros que superé el pavor que sentía hacia las tinieblas de la noche. Pensaba que dominaba sus artimañas y que incluso me resultaba cómodo su abrazo, más esta carta jamás la había descubierto antes.

No es la privación de poder ubicar mi cuerpo en el espacio lo que me abruma. Ni tampoco las posibles amenazas externas que puedan surgir. Sino la venda que, lejos de no permitirme otear, redirige el sentido de mis pupilas hacia mi interior. Hasta sentirme una llama atosigada por la humedad del aire de mi celda y la porosidad de sus paredes, las cuales impiden el paso de la tempestad pero dejan sentir su gélida caricia. Como un fuego fatuo que se desorienta a si mismo con su danzar, pero debe bailar tratando de iluminar su camino como única via de escape. Sintiéndose impotente ante la adversidad con las herramientas que dispone.

La introvisión es total, sin mayor referencia que la de mi consciencia, camino por una larga avenida que parece no terminar nunca. De pronto, la lluvia cesa. Y la borrasca recoge el manto nuboso que llevaba extendido en el cielo varias horas. Con la tregua, recupero la visión, no solo la de mis alrededores, sino también la del horizonte.

En una de las elevaciones de tierra colindantes a la ciudad, la luminosidad de una gran antena destaca entre la devoradora oscuridad de una ciudad que supera el millón de habitantes.

Por fín con algo a lo que atenerme como referencia, dibujo mentalmente un mapa mental con mi posición y el camino a tomar. Toca retroceder sobre los pasos andados.

Con la visión restablecida, el camino de vuelta se torna apacible y de una duración sorprendentemente corta. Pronto me hallo frente al cruce de mi desdicha, siguiendo a la sombra dibujada con mi cuerpo por la luz de la gasolinera.

De pronto, lo entiendo todo. Aún creyéndome conocedor de la luz y sus jugarretas, no fui capaz de evadir uno de sus más famosos trucos: sólo es posible ver entre las sombras cuando uno se ha sumergido en ellas.

Atraido cual polilla por la luna, no pude evitar acelerar mi paso la primera vez que vislumbré el aparentemente amparante fulgor del negocio. Lo cual ocasionó mi posterior estravio.

Situado en el mismo punto desde el que había advertido por primera vez la estación de servicio, esta vez de espaldas al resplandor, advierto el camino a seguir. Entre las sombras que ocultan el empedrado del muro que sigue a una ascendente calzada, el juego de perspectivas se produce y, fila a fila, las baldosas se van desplazando hasta conformar unos escalones.

Una vez sabido ver el sendero, la excitación y tormento de la aventura se transforman en un plácido paseo. El ascenso es duro, más no se trata de una dificultad desconocida, por lo que el ascenso dura más bien poco.

En la cima, el recibimiento es frío, silencioso y sutil. Un delicado paisaje de de luces artificiales me rodea hasta perderse, con la brisa, en el horizonte. En las proximidades, todo es oscuridad a excepción de una pequeña llama. El objetivo de mi búsqueda. Un fuego inextingible capaz de soportar cualquier temporal.

Pese a la belleza del momento, no puedo evitar pensar en lo vivido hasta llegar allí. En como lo que estaba pensado ser una experiencia relajante y meramente contemplativa puede llegar a exigir tal implicación. En como una sencilla excursión de apenas varios kilómetros, puede llegar a triplicar su extensión y llenarse de adversidades más allá del plano físico. En como fuerzas tan antiguas pueden seguir manipulándonos a su antojo, hasta sacar a la luz nuestras debilidades supuestamente superadas para recordarnos la indefensión que encierran. En como unos elementos tan simples albergan tamaña potencia, siendo más que suficientes para entrar en la psique humana y suscitar en ésta cualquier tipo de mensaje o emoción.

Vine buscando arte y arte fue lo que encontré. Estoy empezando a cansarme un poco de esa cita que dice: “Lo importante no es el destino, sino el camino”. Puede que se deba a que resulte ser cierta en la gran mayoría de ocasiones que es puesta a prueba. ¿A quién quiero engañar? No me canso de llenar mis piés de callos, en ambos sentidos.

La oscuridad y la máscara (The darkness and the mask)

Curiosa la idea de que hay preguntas que solo uno puede contestar. Pero ante la angustia de adentrarse en uno mismo, por la facilidad de conseguir parches temporales con respuestas ajenas o por mera incapacidad de escucharnos con un órgano atrofiado nos imposibilitamos el hallar una respuesta.
Observo que cosas me alejan de mi mismo y cuales me acercan. Cuando la gente “se encuentra a sí misma” en un viaje como el mío, no es por el viaje, sino porque se extirpan todos los estímulos que te distraen de lo que sientes y por lo tanto comienzas a buscar los causantes de tus sentimientos en lugar de enmascararlos con placebo tecnológico y social.
El viaje del Arte es el que realmente me conecta a cada momento conmigo. Para generar arte, para crear, debo ser vulnerable y sincero. Sobretodo con uno mismo (que es lo más duro de todo). Escucho mi oscuridad, eso que me aterra reconocer ante mi mismo y cuando consigo verlo como una parte igual de bella y creadora de mi existencia, la abrazo.
“Dejo que los demás contemplen mi máscara mientras yo me contemplo a mi mismo”
SUGAR

It’s curious how some questions can only be answered by oneself. However, due to the pain that can occur from looking within, the ease with which we can readily use the answers of others as a crutch, and the inability to actually listen when looking within, we prevent ourselves from finding that answer.

I notice which things keep me away from myself and which ones bring me closer. When people “find themselves” on a trip like the one I’m on right now, it is not because of the travel, but because they remove all the stimuli which distract them from hearing their feelings, and therefore they begin to search for the causes of their feelings instead of masking them with technological and social placebo.

The journey of art is the one that really connects me with myself in each moment. To generate art, in order to create, I should be vulnerable and sincere. Especially with myself (which is the hardest thing). I listen to my darkness what terrifies me to recognize about myself. When I am able to see it like a part of me as beautiful and creative as my existence, I embrace it.

“I let others contemplate my mask meanwhile I contemplate myself”

El chiringuito

La siguiente narración hace referencia a una experiencia (Dos sombras en Georgia) vivida tan solo 24 horas antes de los sucesos aquí relatados, por lo que se aconseja leerla en primer lugar.

 

Una vez más, huyendo del yugo del metal,
más por gusto que por necesidad,
dos sombras deambulando por georgia
en búsqueda de algo que llamar hogar,
aunque solo sea de forma temporal.
Cargados con el ya habitual peso,
caminamos entre chiringuitos y otros bares varados,
junto al salitre, el viento arrastra ecos
a la deriva que ya creimos olvidados.
Pasito a pasito, suave suavecito,
la brisa se va izando, poquito a poquito.
Y aunque en este puzzle falten piezas
no hay hueco para dos rompecabezas.

Las bajas temperaturas se alzan, el cielo se tiñe de fuego,
la noche nos alcanza y nosotros seguimos sin velo.
El negro del mar se remarca junto al paseo,
entre éstos, un océano de cantos
sobre los que ruedan los pies entre tintineos.
Agua a nuestra izquierda,
al otro lado, el error aun la memoria,
tragados por la tierra
nos vemos embarcados en la misma historia.

Tras un exhaustivo rastreo entre luces de patrulla,
los voluminosos turistas se salen con la suya,
uno de los locales costeros desolados tras el estío
parece el lugar perfecto para resguardarse del frío.
El chiringuito es una de las muchas víctimas
de la sequía anual propia de septiembre,
cables y vasos sobre el suelo de láminas
son prueba del abandono a la servidumbre.

Bajo la barra por la que soliese correr la cerveza
hallámonos dos gusanos de saco de pluma,
quietos, ahogando hasta la más picante carraspera,
inhalador en mano cuando la humedad satura
y se torna pesada la atmósfera.
Encajados cual baterías de juguete
que no quiere ser usado,
aguardando temerosos del ariete
que desmorone nuestro descanso.

Es sábado y el jolgorio festivo no tarda en invadirnos,
la juventud rie y corre por el paseo
cuasando alboroto, jugando como niños,
tratando de alejarse del estrés y el ajetreo
propio de los estudios o la vida laboral.
Hasta hace bien poco compartíamos mismo percal…

Con la aparición de nuestros coetáneos
algo cambia en el ambiente,
no solo se rompe el silencio,
con la mera presencia de aquella gente
nos transportamos a un universo aparte,
el chiringuito transmuta menguante
hasta cambiar su madera por roca punzante.
La luz proyectada por las farolas
se ve interrumpida por ebrias sombras
que danzan burlonas por las paredes del refugio.
Temerosos ante sus movimientos,
rogamos porque este no sea el preludio
a otra noche huyendo del viento.

Acostumbrados ya al desfile de siluetas,
descubrimos que la supuesta amenaza
no era amenaza sino treta.
El inclinado de la iluminación pública,
convinado con la localización
de nuestros compañeros de quinta,
empequeñece la gran separación
que realmente nos separa.
No es buena idea llenar siempre la taza
con el manantial de los sentidos.

Aun sin hallar descanso pero con el miedo apaciguado,
permanecemos congelados, la mirada en el techo,
con la gotera haciendo de segundero
mientras tratamos tregua con el lecho.
Más la negociación es cosa compleja,
cada centenar de gotas dos agentes
merodean la zona, alimentando la congoja.
Incluso retrasando nuestro reposo
con despreocupados cánticos y silbidos,
como si supieran de nuestro escondite en el foso
y tratasen de pasar desapercibidos.

Gota a gota, la madrugada vacía su caudal,
cual losa en la nuca, el sueño nos golpea distorsionando la realidad.
A veces dormitando, a veces traspuestos,
vislumbramos siluetas de ciudadanos dispuestos
a interrumpir nuestra descabezada.
Pese a tener experiencia dormitando
en los peores lugares de acampada,
aquel suelo que una vez fue cómodo,
se convierte en motivo de dolencias de espalda.

Llegado el momento, perdemos la consciencia
en el regazo del ser mitológico
cuya presencia tanto anhelamos.
Más el abrazo pronto se hace finta,
la madre al hijo reclama,
la noche llega a su final
y con ella la labor de ambos termina…

Yo tengo un chiringuito
a orilla de la playa
allí es donde dormito
sobre el suelo sin toalla.

Un café

No escribo mis experiencias, no escribo mi vida.

Será por qué no existen palabras que definan una vida y yo no soy lo suficientemente habilidoso para que, articulandolas, expresen el momento recogido en un segundo.

Yo soy actor, yo expreso un momento con otro momento, yo trabajo con equivalencias de tiempo. Revivo el momento viviendolo de nuevo, no lo escribo para que otro lo viva al leerlo (no soy tan bueno). Yo re-vivo el momento para que otro lo viva conmigo. Dicho esto. Si alguien quiere conocer qué estoy viviendo… Que me invite a un café cuando vuelva y se lo re-vivo.