Restos del camino

18 de enero de 2018, región de Kerala (India)

Hoy partimos desde Kochi en dirección sur, nuestro destino, la ciudad de Alappuzha. Con una nueva adicción a nuestro grupo, Lior, una joven israelí.

Tras alcanzar nuestro objetivo, mochilas al hombro, recorremos las calles de una extraña ciudad costera llena de canales fluviales y lagos. O eso damos por supuesto pues la vegetación es demasiado espesa como para confirmarlo. Los nenúfares tienen todo aquello que es húmedo tomado por completo.

Tras reconocer la zona física y satelitalmente, nos damos cuenta de que no va a ser tarea sencilla encontrar un lugar en el que acampar esta noche. Es el momento de poner en práctica una nueva arma.

Perdidos entre estrechas callejuelas, el sendero nos guía hasta unos campos de cultivo de lo más variados. Arrozales y patatales conviven con pocos metros de separación, tan sólo varias viviendas colocadas en fila los distancian.

Sin pensárnoslo dos veces nos adentramos entre las parcelas hasta llegar a la última de ellas. Allí, un hombre descamisado nos saluda acompañando el bailoteo de su mano con un rostro de expresividad neutra.

Tras el clásico Namasthé, nos dirigimos a aquel individuo en inglés. Sin dar rodeo alguno, le pedimos permiso para acampar en los alrededores de su domicilio. Como respuesta, un veloz cabeceo de lado a lado. Tenemos su aprobación.

Con la tranquilidad de saber que disponemos de un lugar en el que descansar, proseguimos a conocer su seguridad. El hombre nos menciona la existencia de serpientes y cobras por la zona, pero no le da demasiada importancia. Según él, la zona es segura.

Para aumentar nuestra tranquilidad y evitar problemas con sus vecinos, se dirige hacia la parte trasera de su hogar. Resulta que su edificación no es la última de la fila.

Tras seguirle, nos presenta a sus dos vecinos, quienes dan su visto bueno al improvisado plan. Volvemos a reparar en el tema de la fauna, pero vuelven a asegurarnos que no existe peligro alguno.

Tras una breve conversación, nos despedimos y abandonamos el lugar para explorar un poco la ciudad y buscar algo de comida. Volveremos más tarde para acampar.

Durante el paseo, visitamos varios templos en los que somos muy bien recibidos por los locales que los frecuentan. Además de ampliar nuestro bestiario personal: murciélagos del tamaño de águilas sobrevuelan nuestras cabezas mientras volvemos al campamento base. Incluso agitan las alas lentamente cual poderosas aves.

Una vez de vuelta en el recinto, nos dividimos como de costumbre, pero esta vez por parejas. Una se encargará de montar el campamento mientras la otra se marcha para buscar comida. Es decir, comprarla.

Cuando nos volvemos a encontrar, ambos grupos contrastamos historias. Sin lugar a dudas la más remarcable es la de la pareja que aguardó en aquel terreno.

Nuestros amigos nos cuentan cómo fueron visitados por varias personas residentes en los alrededores, todos ellos alertándoles por el tremendo peligro que correrían si permaneciesen allí toda la noche. Parece ser que la presencia de cobras no es ninguna leyenda.

Para colmo, la manera de dar ánimo de aquellas gentes no fue del todo aliviadora: “There are cobras, but don’t worry. Nothing happens today” (mientras nuestros compañeros son persignados por uno de los lugareños). “Jesuschrist is here”.

Pero ese hombre no iva a quedar como una anécdota más de un día cualquiera, no. Poco más tarde se convertiría en el protagonista de una de las noches más inquietantes del viaje.

Tras sus bendiciones, la pareja al cargo del campamento no podía parar de pensar en su inseguridad ante los reptantes reptiles, por lo que mencionaron algo sobre pedir asilo al hombre de la casa de enfrente, el descamisado.

A pesar de no entender español, aquel cristiano entendió perfectamente a qué se referían. Y no tardaría en dejar clara su opinión.

Con un drástico cambio en la expresión de su rostro, el devoto comenzó a dirigir su mirada en todas direcciones, como si buscara algo desesperadamente.

Una vez cerciorado de no haber encontrado aquello que ansiaba. Coge aire para acercarse lentamente a los incrédulos ojos de nuestros amigos y, entre susurros, lanzar el siguiente aviso:
“Nooo, no go with the black man. Nooo”.

Casi sin saber qué hacer, totalmente mudos, siguen prestando atención a aquel hombre. -Nooo, the black man nooo. Drug dealer, drug dealer – añadió el cristiano.

Después de estos comentarios, la conversación transcurre como si se tratase de cualquier otra charla con otro hindú cualquiera: nacionalidad, edad, estudios, estado civil…

Ante la situación de encontrarnos ya en plena noche, rodeados supuestamente de silenciosos y mortales reptiles, acampados junto a una especie de versión racista (cabe destacar que aquel devoto era tan oscuro como el descamisado en cuestión) del coco mafioso, por no hablar del cristiano paranoico, las dudas comienzan a aparecer.

No es demasiado seguro abandonar el lugar puesto que ya es demasiado tarde para desplazar el campamento. La alternativa sería buscar un hostal. Sin embargo, a estas horas de la noche somos presa fácil para las pirañas hosteleras además de que nos encontramos bastante alejados de la zona residencial.

Más las dubitación no se prolonga demasiado. El miedo de algunos se siente arropado por la excitación de otros que llevaban buscando una aventura así desde hacía semanas. Somos unos masocas, y parece que a la gente que nos sigue les va la marcha…

Varios minutos más tarde, nos encontramos llamando a la puerta del buen samaritano lleno de fé y puede que algún que otro prejuicio. La puerta se abre y somos recibidos por un sorprendido rostro que pronto dibuja una sonrisa en su cara.

Tras pedirle permiso para acampar en su azotea y darnos cuenta de que ésta es inexistente, el hombre se queda pensativo, sin saber muy bien qué hacer. De pronto, cual revelación divina, se ve poseido por una energía pasmosa. Me toma la mano, la acerca a su corazón y alza la cabeza.

– You are christian. I help you! – añade el hombre tras asociar nuestra nacionalidad a nuestra supuesta fé.

Tras lo cual, sale corriendo y vuelve con una rafia sobre la que colocar nuestra tienda. Va a dejarnos acampar frente a la puerta de su casa, un área totalmente segura.

Una vez establecidos, el devoto nos abre las puertas de su casa para mostrarnos orgulloso la capilla que tiene instalada en su hogar. Ocupa casi la mitad de la vivienda.

Ante la mirada de aquel hombre, no nos queda más remedio que desempolvar un movimiento que hacía décadas que no poníamos en práctica. En una actuación genial, miramos sorprendidos hasta el último rincón del lugar persignándonos de vez en cuando, una verdadera muestra de fé no demasiado verdadera.

Tras intercambiar varios “goodnight’s”, hablamos sobre lo ocurrido en el exterior, junto a la tienda y las mosquiteras bajo las que repartiremos parejas de nuevo. Mientras comentamos los mejores momentos del surrealista final de jornada, nos dedicamos a estirar, escribir o simplemente revisar nuestros teléfonos móviles.

Al darse cuenta de que seguimos despiertos, el hombre se asoma de nuevo desde la puerta, por si necesitamos algo. Tras darle las gracias y volverle a desear que tenga una buena noche, volvemos a nuestros quehaceres.

Poco tardaría el cristiano en volver a aparecer, esta vez desde la otra puerta de la casa. Repetida la misma historia, decimos ponernos a estirar todos juntos, costumbre que mantenemos y que extendemos entre nuestras amistades a lo largo del viaje.

El hombre vuelve a asomarse a los pocos minutos, de nuevo usando un acceso distinto al anterior. En esta ocasión una puerta trasera de la que no éramos conocedores.

Despedidos una vez más de aquel extraño individuo, decidimos abandonar toda actividad y simplemente acomodarnos en nuestros lugares de descanso. No queremos que piense que estamos llevando algún tipo de ritual pagano o cualquier acto supersticioso.

Incluso ya bajo mantas y sacos de dormir, volvemos a presenciar la aparición. El lugar escogido esta vez es una ventana.

Ya no podemos aguantarlo más. La tensión es demasiada. Comenzarnos a reirnos ahogadamente mientras comparamos a quel tipo con los topos del clásico juego de salas recreativas. Solo nos falta el martillo para atizarle cada vez que saca su rostro al exterior.

Con un extraño cóctel de adrenalina y sudor, nos vamos finalmente a la cama, acalorados por las risas y la tensión de una noche llena de extraños momentos.

Echaba mucho de menos días como éste.

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