Sábado de cine

Viernes 9 de Febrero, 20:01, ciudad de Aurangabad (al noreste de Bombai).

Tras aceptar nuestro inevitable destino, quedar atrapados casi dos días sin posibilidad de tomar transporte alguno hasta nuestro siguiente destino, nos disponemos a acomodarnos sobre uno de los bancos de la estación de tren local.

Pese a que los indios no son famosos por su puntualidad ni por ser demasiado estrictos ante cualquier tipo de legislación, la red de ferrocarriles nacional tiene un sistema sumamente cuadriculado. Tan sólo es posible utilizar su conexión de red entre ordenadores de distintas estaciones de 08:00 a 20:00, por lo que no nos queda otra que esperar hasta mañana para comprar nuestros billetes.
De todas maneras, nos han asegurado que no es posible tomar ningún tren hasta el domingo, pero siempre es buena idea tener los tickets de antemano.

La noche, lejos de ser una situación poco habitual, se torna mucho más tranquila que de costumbre. El resto de madrugadas en las que tratamos de descansar en alguna estación de ferrocarril no pudimos evitar atestiguar alguna que otra pelea a puñetazo limpio entre locales.
En esta ocasión, salvo por el hecho de tener que dormitar con un ojo en fase REM y el otro clavado sobre nuestras mochilas, todo estuvo bastante tranquilo.

Con las primeras luces del alba, entre frío y legañas, nos levantamos vislumbrando una imagen cuanto menos interesante: dos indios duchándose en plenas vías. Bajo el chorro de una de las mangueras que normalmente se usan para darle un lavado de cara a los vagones, los dos jóvenes se refrescan sin apenas preocupación por la posible aparición de una locomotora.

Dos horas despúes, ya con los boletos en el bolsillo, las mochilas seguras en una consigna y el desayuno revolucionando en el estómago, nos diponemos a disfrutar de nuestro día de estancamiento de la mejor manera posible.

Paseamos con un pañuelo sobre el rostro tratando de filtrar torpemente la gran cantidad de polución que expulsa la pequeña urbe. Con empaparnos de la cultura ya tenemos más que suficiente.
Aun así, los químicos penetran en nuestro aparato respiratorio hasta quebrarnos ligeramente la voz y llenarnos las fosas nasales de negras mucosidades.

La caminata se resume de forma tan sencilla como: “Hi!” -Hi. “Where you go?” -No, thank you. “Rig shot?” -No, thank you. “Which country?” -Spain. “Give me money” o “kana” (comida en hindi) -No, sorry. Solo basta con tomar varios de estos ingredientes y combinarlos a placer, sin importar orden o contexto, las veces que uno desee para prepar el “Coctel India” perfecto.

Una vez cansados de chupar humo, asfalto y conversaciones con finalidades ecónomicas, de movimientos monetarios en sentido externo, de lo más variadas, decidimos cambiar un poco de aires. Nunca mejor dicho.

El lugar elegido es un pequeño edificio cuya fachada no da demasiadas pistas del negocio que alberga, un cine. Con apenas dos salas y un pequeño espacio para una máquina de palomitas y una barra de bar, el lugar da la impresión de ser algo de lo más humilde.
A pesar de todo, no puedo evitar sentirme como de vuelta al cine de al lado de mi casa, o al menos de vuelta a occidente.

Tras echar un rápido vistazo a la escueta cartelera, a penas tres películas, nos decantamos por ver la que llevamos vislumbrando semana tras semana anunciada en todos los carteles de publicidad del país, Padmaavat.

Parece ser que nuestra elección trata sobre la vida de una mujer, real o ficticia, cuya vida en la actual Afganistán es descrita en varios poemas del siglo VIII. No suena mal, al menos no parece ser típico drama amoroso propio del cine bollywoodiense.

Una vez en la sala, sentados en nuestros asientos, las luces se apagan y da comienzo la clásica retaila de anuncios varios ya clásico de cualquier cine de alrededor del globo.
Sin embargo, pasados varios de ellos, algo raro pasa. La pantalla, y por lo tanto la sala al completo, se tiñen de un negro absoluto.Y el silencio se hace dueño del momento.

De pronto, la sala vuelve a iluminarse de un azul cielo que se ve quebrado por el salpicado de nubes proyectadas sobre la gran tela. Varios segundos después, tras una lenta transición, una bandera rayada horizontalmente hace acto de presencia.

Todo el público se levanta de sus asientos firmemente, con la barbilla alta y los brazos rígidos, adheridos a los laterales de su tronco. Y entonces, el himno nacional comienza a escucharse.

Ante la inesperada situación y su extrañeza, la cual hemos seguido al dedillo por consejo de uno de los locales cercano a nuestros asientos, una sonrisa de incredulidad comienza a dibujarse en nuestro rostro.

Nos encontramos tiesos como estacas, igual que ellos, mirando a la ondeante bandera, sin tener muy claro qué está ocurriendo. Cuando uno de los dos, opta por crucarse de brazos mientras espera a que todo pase.
La reprimenda no tarda en llegar. El mismo hombre que nos instó a levantarnos con él vuelve a recomendarnos la postura estándar que todos siguen. Una imagen peculiar cuanto menos.

Tras unos largos treinta segudos, el evento llega a su fín y los títulos de crédito comienzan a aparecer en pantalla. Parece que la película va a dar comienzo.

Puede que para nosotros no sea algo demasiado común, pero a nosotros nos extraña demasiado ver tanto nombre desde un principio, si por algo se caracterizan los indios no es precisamente por su paciencia.

Sin entrar demasiado en detalles, la trama se desenvuelve o principalmente en torno a dos hombres, uno persa y otro hindù y una mujer, tambien india. Ambos individuos terminan por convertirse en grandes líderes que no tardan demasiado en hacerse enemigos, hecho que podemos ver en la mayor lucha de “quién la tiene más grande” jamás presenciada a lo largo de mi vida.

El ambiente de la sala en torno a cada mofa lanzada de personaje a personaje era más propio de una pelea de gallos (a ritmo de rap) que al de una sala de cine. Los gritos, carcajadas y silbidos, todos ellos masculinos, no paraban de repertirse cada varios minutos de metraje.

Es curioso que a pesar de la atmósfera generada, casi toda la ruidera era ocasionada por las burlas proferidas por el “pícaro e irrespetuoso” persa hacia el “noble y educado” hindú, imágenes que la película vendía. A pesar de que nosotros hallamos conocido a ambos pueblos y encontremos las descripciones totalmente invertidas…

Pero de todas formas, el decantamiento por el coetáneo amigo de punto en la frente por parte de la sala era más que evidente, por mucho que disfrutasen de las múltiples picardías persas.

Cabe destacar también que, mientras la cultura hindú es mostrada a todo color a golpe de Holi, sus enemigos son presentados como bestias sin ritos ni tradiciones. Pero perdonamos aquel detalle debido al mensaje que acompañaba a los títulos de crédito: “Esta obra no intenta representar de forma fidedigna hechos o acontecimientos históricos…”.

Tras el clásico interludio del cine indio, una vez desarrollada y casi finalizada la historia, la película nos muestra a uno de los protagonistas vencido, y por lo tanto, uno de los reinos a merced del enemigo.

Nuestros ojos de increduilidad no podían ni pestañear mientras veíamos cómo el hombre que nos indicó qué hacer en cada instante clave del “momento himno”, abandonaba la sala junto con su grupo de amigos debido a la derrota del personaje caído. Eso y el hecho de que la película comenzaba a abrir paso a la acción de la mujer mencionada anteriormente, la cual no apareció en pantalla ni una cuarta parte de veces que los otros dos protagonistas.

Literalmente, se marcharon cuando la mujer comenzaba a cobrar más peso en la historia y la sangre que tenía que correr ya habīa sido derramada.

Con el habitual fundido negro propio del final de cinta, acompañado por una voz de narrador, las luces de la sala volvieron a encenderse de nuevo. A nadie parece importar que la película haya finalizado totalmente, una vez mostrada la última imagen de metraje ya no hay nada más a lo que prestar atención según el público.

Con el buen sabor de boca de haber presenciado un espectáculo único, tanto fuera como dentro de la pantalla, abandonamos las intalaciones en busca de un lugar en el que poder cenar.

Ya con el estómago lleno y el hambre saciada, nos disponemos a volver a la estación.
Sin embargo, nuestro apetito aun está juguetón y nos hemos quedado con ganas de ver algo más.

Una vez informados de dónde se encuentra el cine más cercano y revisada su cartelera, más escasa aún que la anterior, compramos entratadas para la siguiente película de la noche: Underworld, rise of the lycans.

En efecto, una película americana. Tenemos curiosidad por ver cómo tratan el cine extranjero aquí, por conocer la calidad del doblaje, si existe censura, lo que sea.

El aspecto de este segundo edificio es muy distinto al anterior. Pese al gran tamaño de su única sala de proyección, la construcción luce mucho más antigua y descuidada. Posee incluso un gran palco de butacas, donde nuestros asientos estan situados, pero las texturas desgastadas y deshechas de paredes, embellecedores y cubretelas son más que notorias.

Más las diferencias no sólo son superficiales, la primera de ellas aparece nada más apagarse las luces del lugar. En lugar de anuncios pertenecientes a otras películas próximas a estar en cartelera como es costumbre, el fundido de la iluminación se ve precedido, sin aviso previo, por la propia cinta en sí.

Parece ser que aquí solo se repara en promocionar el producto nacional.

El metraje, filmado en el año 2009, pronto deja ver su gran vagaje. La calidad de los colores es pésima, las líneas y destellos danzan a placer de aquí a allá y de vez en cuando el sonido se ve acompañado por algún que otro molesto zumbido. Casi parece que hemos entrado a un cine de los años 80.

Sin embargo, para mi sorpresa, el doblaje esta bastante a la altura. Salvo por el echo de que el hindí es un lenguaje extremadamente veloz y abundante en palabras por frase, las elecciones de tonos y timbres son muy adecuadas.

Durante la duración del metraje, no tardan en aparecer los primeros planos de desnudos y besos. Lo cierto es que se hacen extraños de ver y no aportan absolutamente nada a la trama. Me pregunto qué pensaran al respecto los cuatro indios que nos acompañan.

El aforo también es un factor a destacar, no es para nada comparable al lleno total del metraje que visionamos hace unas horas. Sin embargo, pese a casi haber equidad de extranjeros y locales en la sala (dos a cuatro), hay tradiciones que no cambian.
De pronto, sin volver a darse aviso ninguno, las luces se encienden y la cinta es cortada en mitad de una escena importante. Es el momento del interludio…

El desarrollo del film se produce tras la pausa sin ningún evento demasiado remarcable, hasta alcanzar el final del mismo. Nada más saltar los títulos de crédito las luces iluminan la sala y el zumbido del viejo proyector cesa.

Todos pa’ fuera, ya no hay nada más que ver.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *